23 julio 2023

Matanzas en el Madrid republicano (y IV)

La prepotencia de las milicias frente al gobierno republicano se explica suficientemente si consideramos que la obediencia de aquellas era para los jerarcas soviéticos y no para unos ministros que estaban literalmente de adorno y a los que dichos jerarcas trataban como auténticos peleles. Dos ejemplos.

Estaba yo, sentado, de conversación con el Presidente [del Consejo de Ministros, Largo Caballero], en su despacho. De repente, se abrió la puerta, sin previo aviso, y entró un hombre con el gabán puesto y el sombrero hongo echado para atrás. Nos echó un vistazo y se sentó en un sillón sin pronunciar una palabra ni hacer el menor saludo, con el abrigo puesto y el sombrero en el cogote. Se sacó un periódico del bolsillo y se puso a leer. Yo me quedé con la boca abierta. ¡Se trataba de Rosenberg, embajador de Rusia!

[…]

Miaja [ministro de la Guerra] sentado ante su mesa de trabajo a un extremo del gran despacho y yo a su lado. En ese momento empezamos a hablar. Entonces, al otro extremo de la estancia, se abre una puerta, entra un hombre con uniforme ruso, un oficial, probablemente capitán…, nos mira y se dirige al General, sin la menor muestra de deferencia, como se habla a un ordenanza: Où est un tel (¿dónde está fulano de tal?) El General balbucea: Il est sorti par là (ha salido por allí) y señala una puerta. El ruso atraviesa la sala, sale por esa puerta, sin dignarse dirigir al General otra mirada, sin más palabras. De hecho, ni siquiera dijo ¡gracias!

El mismo Miaja, además capitán general de Madrid y presidente de la Junta de Defensa, se negó a facilitar a Ricardo de la Cierva (hermano del aviador y protegido de Schlayer) la salida de España por miedo a que los milicianos lo reconocieran en el aeropuerto. “Si en Barajas lo reconoce un miliciano lo mata sin más” …

En fin, este es el “gobierno legítimo de la República” que pudo ver en Madrid el cónsul de Noruega. Todo muy bello e instructivo, que diría el otro, si tienen la paciencia de soportar las continuas comas entre sujeto y predicado que perpetra el editor. Mejor cojan la edición de Espuela de Plata, a ver si está más cuidada.



21 julio 2023

F.Ibáñez

Tengo que interrumpir mi cadena de comentarios sobre el libro del señor Schlayer, pero qué remedio: ha muerto el hombre que más ratos divertidos me ha hecho pasar en esta vida, quizá junto a los guionistas, dibujantes y dobladores de la serie Merrie melodies de la Warner, y hay que decir algo, aunque ya se haya dicho casi todo.

Cuando me empezaron a comprar tebeos de Bruguera estaban a cinco pesetas, aunque eso duró poco: en seguida subieron a seis, siete, ocho… Bien, el caso es que en las historietas que más destacaba cada tebeo, por más largas y por ir en las primeras páginas, aparecía la firma F. Ibáñez, con un asterisco en lugar de punto. Era el primer Ibáñez que conocía, no en vano uno tenía ¿seis? ¿siete años? y no tenía noticia del señor Blasco ni del tipo que berreaba poemas de Alberti y de Góngora y que por esas mismas fechas seducía a todos los que jugaban a jugarse la vida contra el dictador.

En el DDT eran Pepe Gotera y Otilio, en el Din Dan Rompetechos, en el Tío Vivo el botones Sacarino, y en cuanto a Mortadelo y Filemón, creo que aparecían primero en Pulgarcito, antes de que saliera la revista titulada con el nombre del calvo con gafas. Se trataba de las estrellas de cada semanario y, como digo, llevaban la misma firma. Hay que decir que pillé a Ibáñez en su mejor momento, a raíz de publicar El sulfato atómico, que inauguraba las historias seriadas de la pareja de la TIA y que le consagró de modo definitivo. Si me preguntan qué selección se puede hacer de Ibáñez, mencionaría sin dudar esos títulos que van, aproximadamente, del 70 al 80, junto con las contemporáneas de los otros personajes citados.

¿Qué tenía de especial? Una capacidad sin límites para hacer un gag cuando todavía no te habías repuesto del anterior, de modo que te veías obligado a hacer una pausa para no fenecer de un shock. Y un arte sin igual para las caras de susto o de cabreo, sentimientos que eran todo el sustrato de sus historietas, y que nos servían, sin duda, de catarsis, como habrían dicho los griegos. Todo ello potenciado por los surrealistas “efectos especiales”, como los disfraces de Mortadelo o las increíbles armas ofensivas que se sacaban de la manga las víctimas de las meteduras de pata del socio.

En mis estantes luciría en lugar de honor una recopilación de toda su obra en ese período. Sin comentarios, por supuesto, y menos comentarios de listillos que quieran incidir en lo sociológico, como es tan desafortunadamente habitual.



14 julio 2023

Matanzas en el Madrid republicano (III)

De hecho, una vez en las checas, uno no podía esperar nada de la policía, que “quedaba limitada a registrar la masa de personas denunciadas o traídas al azar”.

La custodia y vigilancia de los presos en las cárceles ya no incumbía a los órganos policiales sino a los milicianos de cada partido político […] Nadie controlaba estas cuevas de bandidos, nadie sabía la identidad de los hombres y mujeres que allí languidecían injustamente […] En calidad de jueces actuaban, en parte, golfillos de dieciocho a veinte años.

Tampoco se trataba de algo que al gobierno se le hubiera ido de las manos. En realidad,

tan perfecta era la conexión entre el gobierno y los asesinos, que [a raíz de una protesta del propio Schlayer ante Álvarez del Vayo, ministro de Estado, por la profusión de cadáveres en la vía pública] toda la organización existente se transformó en pocas horas: ahora ejecutaban a las víctimas fuera de Madrid, en lugares apartados…

Una tragedia añadida, de la que había oído hablar poco, fue la de los que abandonaron sus pueblos por instigación de las milicias, cuando la llegada de los nacionales era inminente. Abandonaban todos sus bienes y constituían largas columnas de refugiados, que en buena parte alimentaron luego las propias milicias, al carecer de otro modo de ganarse la vida; pero también suponían un lastre para los propios rojos, que los empujaban cada vez más lejos. Los nacionales “encontraban a su paso siempre pueblos vacíos”.

Las milicias entraron en el pueblo y nos dijeron: “dentro de dos horas os tenéis que marchar todos, y al que se quede lo fusilamos.”

Este afán por dar gusto al gatillo no lo era tanto cuando había que enfrentarse cara a cara al enemigo. Regresando a su pueblo, Schlayer se encuentra con unos guardias de asalto de su confianza, que le cuentan que se hallan allí con la misión de disparar contra los suyos que escapan del combate:

Tan pronto como los otros empiezan a disparar, echan a correr, escapando.

El responsable político de aquella posición se hallaba a dos kilómetros del frente, con el Estado Mayor:

No quería que fuéramos hasta allí [hasta la línea del frente] porque había demasiado peligro. (Probablemente para él…)

Y quizá el peligro no era solo de los nacionales, porque las milicias eran poco receptivas a las órdenes:

…unos milicianos, a quienes el Director General de Seguridad recibió en su pomposo despacho para reprocharles unas acciones nada honrosas, le hicieron la siguiente declaración: “Si no cierras el pico, te damos a ti el paseo”.

Sin las Brigadas Internacionales, dice Schlayer, “las milicias se hubieran dispersado ya a finales de 1936”. Lo que no deja de tocarme un poco el orgullo patrio, pero hay que tener en cuenta que los Internacionales venían con el objetivo expreso de combatir y estaban sometidos a una disciplina férrea, al contrario que los milicianos, que se encontraron de repente con un fusil en la mano.



 

10 julio 2023

Matanzas en el Madrid republicano (II)

Ni que decir tiene que, ante el espectáculo diario de los paseos, las pretensiones culturales de ciertos grupos resultasen un sarcasmo:

¡Cómo se profanaba el nombre clásico de Atenas, en todos los barrios de la ciudad, al asociarlo con los “ateneos libertarios”, cuya única finalidad consistía en el robo y el asesinato colectivo!

No se trataba ya solo del asesinato, sino del ensañamiento:

Invitaban a las víctimas a que se escaparan para salvarse, a continuación les herían con disparos sueltos y, al caer, les mataban, disparando a bocajarro.

[…]

Prefiero no describir en qué circunstancias tan horrendas, con qué bestialidad y en medio de qué tormentos físicos y psíquicos se practicaron muchos de dichos asesinatos.

A lo que se añadía la exhibición de la muerte:

Hombres, mujeres y niños peregrinaban cada mañana, sobre todo en el propio Madrid, a los lugares, concretos y conocidos, donde se perpetraban los asesinatos nocturnos y contemplaban, con interés y con toda clase de comentarios, el “botín” de la cacería. Se había convertido aquello en un horrendo espectáculo popular, en el que así se destruía todo sentimiento de respeto hacia el carácter sagrado de la muerte, en un país en el que, antes, no había nombre, ni maduro ni joven, que pasara cerca de un coche mortuorio sin descubrirse.

(Se me ocurren dos cosas: una, la comparación con algo que cuenta Andrés Trapiello con cierta sorna, sobre un llamamiento hecho desde El Norte de Castilla para que la gente no acudiese a las ejecuciones públicas, hechas por los nacionales, claro: “…son públicos, en verdad, tales actos, pero la enorme gravedad de los mismos, el respeto que se debe a los desgraciados…”. Otra, el espectáculo dado por los socialistas de hoy con su afán sacar de sus tumbas a los enemigos políticos de ayer, en antítesis a ese “respeto hacia el carácter sagrado de la muerte”. Llamad hipocresía a lo del Norte, si queréis. Para lo otro hay nombres mucho peores.)

Hemos aludido a la entrega de la autoridad por parte del gobierno. Hay que añadir que la judicatura tampoco estaba en condiciones de impartir justicia, pues, aunque se dieran casos de jueces que se atrevieran a detener a criminales (Schlayer relata un caso) la mayoría se inhibían: sabían que

eran muy pocos los que salían con vida, una vez que caían en una de esas semioficiales “checas”, como en Madrid las llamaba la gente.

Eran, también, conscientes de que la policía colaboraba con los asesinos:

Un bandido de 28 años, García Atadell, estaba al frente de una brigada de la Policía estatal, por medio de la cual no solamente cometía los más inauditos desvalijamientos, sino que, en cientos de casos, entregaba a las víctimas de los mismos, no a la Policía sino a las “checas” sanguinarias.

 


 

 

 

 

07 julio 2023

Matanzas en el Madrid republicano (I)

Es la versión que hicieron en Áltera (2005, o por ahí), anterior a la que titularon con el original, Diplomático en el Madrid rojo, a cargo del sello Espuela de Plata (2021). Son las memorias de Felix Schlayer, que, aunque era alemán, ejercía de cónsul de Noruega, y que fue testigo de los modos democráticos de la parte de España donde fracasó el alzamiento fascista. El título de Áltera es sensacionalista, desde luego, aunque es cierto que las matanzas (los modos democráticos a los que antes me refería, por si alguien no lo ha pillado) ocupan una gran parte del libro. De hecho, él mismo habría podido ser asesinado si no hubiera resistido con gallardía a las presiones de las fuerzas gubernamentales que hasta el último momento trataron de impedirle su salida de España:

Pasados unos días, los policías aseguraron a uno de mis compañeros diplomáticos que, si hubieran podido apoderarse de mí, “no hubiera durado ni cinco minutos”.

Salida que hubo de aceptar como inevitable, pues se había hecho persona bastante ingrata para el gobierno y las milicias que real y criminalmente ejercían el poder.

Empieza Schlayer caracterizando a estas masas a las que el gobierno armó temerariamente. Salvo casos aislados (Melchor Rodríguez, por ejemplo), no se trataba de idealistas, sino de gente sin más aspiración que

el vivir bien emparejado con el no hacer nada. Tal era la consigna tentadora con la que, con habilidad, el comunismo seducía a la masa inculta, carente hasta el presente de ambiciones y hecha ya a la mezquindad de su vida, empujándola a actuaciones fanáticas con un seguimiento ciego: “Quitadle todo a los que lo tienen y así podréis ser tan gandules y vivir tan bien como ellos ahora”.

El hecho es que estas turbas de gandules establecieron un régimen de terror donde, para vivir tranquilo, había que disponer de carnet de algunos de los sindicatos afectos al gobierno, como la UGT o la CNT. Y estas turbas gozaban de total impunidad, al contrario, según Schlayer, de lo que ocurría en la otra zona, donde, por ejemplo,

condenaron a muerte a ocho falangistas de un pueblo, por crímenes que habían cometido en las primeras semanas contra otros habitantes del lugar.

El factor masa contribuyó, una vez más, a que “personas que hasta entonces nunca hubieran pensado en ello” se lanzaran al asesinato indiscriminado. El gobierno de Giral, “con notable falta de sensatez, entregó las armas y, con ellas, la autoridad”. Pronto las cárceles se llenaron de presuntos enemigos políticos y para hacer sitio hubo que liberar a los presos comunes, que no pusieron reparos a la hora de ser investidos como “hermanos proletarios”. Consecuencia lógica: saqueo de tiendas y de restaurantes en nombre del pueblo. “¡UHP (Uníos hermanos proletarios) se convirtió en una especie de contraseña sustitutoria del pago”. Cuando al comerciante no le parecía suficiente, el hermano proletario “le ponía la boca del revólver delante de la suya”.

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03 julio 2023

La hermana

Fue una recomendación de Carmen Laforet, no a mí, claro, sino a Elena Fortún. En su primera edición española se tituló, al parecer, Música en Florencia. La “acción” transcurre, en efecto, en esa ciudad italiana, y la protagoniza un pianista que ha dejado de ejercer de tal por culpa de una enfermedad nerviosa que le paraliza los dedos. El arranque tiene lugar en un hotel donde algunos viajeros se hallan detenidos a causa de un temporal de nieve. Me recordó inmediatamente a otro arranque, el de la película Alarma en el expreso de Hitchcock, aunque, claro, el tema es muy diferente. El hecho es que a partir del segundo capítulo la novela cambia de narrador, y es el propio músico quien relata las vivencias de su enfermedad, en un manuscrito que le deja en herencia al primer narrador.

No sé, realmente, si es un libro que se deba recomendar a un enfermo grave, como era Elena Fortún en aquella circunstancia. Bastante tenía la pobre con sus propios dolores, y la verdad es que el pianista de marras no es ningún santo que eleve el dolor a lo sobrenatural. Lo que es cierto es que, como en La montaña mágica de Thomas Mann, la enfermedad se convierte en ocasión para reflexionar sobre la vida y la muerte. Z. (no tiene más nombre nuestro hombre) es internado en un hospital de Florencia porque la enfermedad cursa con dolores abominables (lo de los dedos es solo una secuela) y es atendido por dos médicos que filosofan junto a él y por cuatro monjas que no filosofan sino que cuidan. Una de ellas imagino que será la que dé título a la novela, aunque no puedo adivinar si se tratará de la bella Cherubina (un ángel, sí), que casi le sana con su mera presencia, o de la muy confusa Carissima, cuya propia enfermedad la lleva al exceso de celo caritativo con nuestro hombre, al administrarle la droga que él pedía pero los médicos desaconsejaban.

No sé, quizá tenga razón la Laforet cuando ve en esta obra eso, la posibilidad de sostenernos los unos a los otros. Es cuando una de las monjas, que Z. nunca llegará a identificar, le susurra “no quiero que te mueras” cuando amanece la esperanza para el protagonista. Esa era la definición de amor, según no sé quién: es bueno que tú existas.

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29 junio 2023

A ratos perdidos

Bueno, otra vez Cela y el franquismo y tal. Pero qué Umbral. Mintiendo como un bellaco y sabiéndolo. Es que me pongo a ojear Las palabras de la tribu y leo que el Pascual Duarte desentonaba mostrando la España negra en medio de un coro triunfal, o algo así. Sería la España negra, pero la que había… antes de Franco, puesto que la acción de la novela acaba con la guerra civil. Umbral… Espero que recapacitara en… los umbrales de la muerte. Me voy luego al Valverde, a ver qué dice sobre James. “El novelista de la gente bien”. No sabías decir otra cosa, tu, Valverde. Con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más allá, ¿no? De ánde habrán sacado su riqueza, ¿eh?, de ánde. Se marca un pie de foto con esa preguntita como de pasada. Ya podías ser menos sectario al menos en un libro como ese, que se supone que es un manual. Pero soy injusto: por otro lado, me encuentro a Valverde diciendo más o menos lo mismo que yo sobre James: mucha sutileza psicológica (thinness), y poca moral y poca trascendencia, casi con mis mismas palabras, incluyendo el contraejemplo de Dostoievski, mecachis, que critico estoy hecho.

El arte de aprovechar nuestras faltas: me distraigo aquí y allá, última semana de junio, bendita sea, pero las distracciones me sirven para ir llenando este blog, que no se apolille.



26 junio 2023

Descortés Henry James

La claridad es la cortesía del filósofo, decía Ortega. Podía añadirse que también es la del novelista. Si es así, Henry James, en sus últimas novelas, es un descortés de tomo y lomo. Y por eso le digo adiós muy buenas. No se pueden escribir cuatrocientas páginas en este plan:

…cuando el pobre Strether se planteó que la maldad referida era, en última instancia, o tal vez incluso en última insolencia, lo que una escena como la que tenía ante sus propias barbas había, por así decir, construido, apenas si pudo soslayar el dilema de auscultar un eco indirecto de aquellas presencias plurales en casi todo cuanto acontecía. (Los embajadores, libro tercero, I)

No, señor, que no se te entienda nada no es un mérito literario. Pero además todas esas sutilezas se quedan en la superficialidad. James nos narra punto por punto cada reacción del personaje, como un psicólogo con buena pluma que siguiese a su paciente allá donde va y tomase nota. Pero se queda en eso, en la psicología, sin que asome por ninguna parte la moral o la metafísica, como en un Dostoievski, por ejemplo, que ese sí que es profundo sin ser ininteligible, o como en un Bernanos. Y cuatrocientas páginas de psicología pura me interesan tendiendo a cero. Me siento perdiendo miserablemente el tiempo.

Le dejo alrededor de la página ciento* sin haber entendido maldita la cosa y me meto en Sandor Marai (La hermana). ¡Uf, qué descanso! Aquí tenemos moral, tenemos metafísica… y tenemos peripecia. Es como volver a pisar tierra firme después de haber andado entre nubes extrañas.

Volveré a Los embajadores, pero a pequeños trancos. “No es para lectores impacientes”, dice Carabante. Será eso.


*Supongo que la Academia habrá cedido a los hechos consumados y permitirá ya decir cien aunque a continuación no vaya un nombre. Pero yo le tengo simpatía al uso antiguo. 




22 junio 2023

No pido prisión mayor

para todo aquel que confunda el régimen de los adverbios porque eso nos privaría de las meditaciones de don José Brage y de las charlas del obispo Munilla. Pero alguien debería decirle al primero que lo de detrás nuestra suena todavía peor que detrás nuestro, quizá porque el masculino va por defecto, es el término no marcado, que decimos en gramática, y lo de detrás nuestra supone pensar, no sé por qué, que detrás es femenino. Y alguien debería decir también al segundo que después mío es una nueva herejía que se añade a las ya detestables del delante y el detrás mío. Y ya puestos con Munilla, que alguien le diga también que el verbo compartir rige la preposición con y no complemento indirecto, vamos, que decir os comparto este vídeo, o algo así, es otro abominable crimen de lesa gramática.

Cada vez que lo repitan musitaré un perdónalos porque no saben lo que hacen y seguiré oyendo las meditaciones del uno y los programas del otro, que son de lo mejor que ofrece ivoox.



19 junio 2023

El jardín de las víboras

Campmany cuenta, en breves notas sin orden ni concierto, esas “anécdotas y epigramas desvergonzados” que dice el subtítulo. Algunas son muy conocidas, como la de Romanones (“j…, qué tropa”), otras inéditas, otras ni tanto ni tan calvo. Me parece que la mayoría de estas ocurrencias no son para tanto. Me quedo con las composiciones del propio Campmany, como el genial soneto a Emilio Romero o la nana a la hija de Isabel Preysler, y con las caídas de Adolfo Muñoz Alonso, que debía de ser un tipo impagable en cualquier reunión. Iban a echar a Agustín García Calvo de la universidad por actividades contra el régimen, y alguien dijo que no era conveniente porque era un tío con mucho ascendiente con sus alumnos; a lo que don Adolfo replicó que a él solo le constaba que tenía algún descendiente con una alumna; lo cual era rigurosamente cierto, según nos atestigua previamente Campmany.

Pero, más que por las anécdotas y los ripios, el libro me ha parecido interesante por las noticias que nos da de gente de la época, periodistas, políticos, artistas, muchos hoy olvidados, como Eugenio Montes, Vicente Cebrián (el padre de Janli), Julia Maura, Jacinto Miquelarena, Antonio Díaz-Cañabate, etc. Gente inteligente e ingeniosa, fuera de las historias literarias por haber escrito en los periódicos, donde, como bien sabemos, se ha hecho la mejor literatura del último siglo.

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16 junio 2023

La presencia

A Claudio, arquitecto, le convence su amigo Mariano para que se convierta en su socio de cara a promocionar Mas Porta como un centro de atracción turística. Para ello utiliza como cebo a su hija Cristina, la cual se enamora de verdad de Claudio y él de ella. Claudio no tiene ojos para los problemas mentales de la damisela, y aunque sí los tiene para ver el daño que está haciendo a su matrimonio, sigue adelante, con altos y bajos, en sus devaneos, lo que acabará en catástrofe.

Es tópico decir que en nuestro tiempo los “géneros menores” de la narrativa (policíaco, romántico, aventura…) se han elevado a la mayoría de edad gracias a autores de talento que los han cultivado. En ese sentido, podría decirse que La presencia es una novela rosa de altura, gracias a su técnica narrativa y a la fuerza de los caracteres. Mercedes Salisachs utiliza un contrapunto entre los puntos de vista de Claudio (en tercera persona, aunque con frases en primera, entrecomilladas) y de Cristina (en primera persona), cuya peripecia se nos cuenta desde un presente en que todo ha terminado, aunque no se olvidará nunca. Hay otra originalidad en la técnica, que es narrar en gran parte en infinitivo (“Ver la enorme extensión de Mas Porta… Percibir en la piel el frío de la mañana… Seguir hacia el acantilado, contemplar la playa desde allí…”), lo que nos deja la conciencia de Claudio en penumbra, mientras que la de Cristina aparece nítida, ingenua como es, aunque perturbada.

Estamos ante un drama tremendo, pero si dije que era una novela rosa es por los tintes idílicos con que se nos pinta la pasión, sobre todo por parte de ella, chiflada por Claudio además de chiflada a secas, mientras que los demás, egoístas o medio lelos, quedan a años luz de la parejita. Lo que no dejaba de provocarme cierto malestar, porque ya estamos saciados de apología del adulterio y del si se quieren qué.

[destripe] Por cierto, la autora nos deja un poco con la miel en los labios con respecto a la hermana siamesa. Cristina nació “con una hermana pegada al hombro”, a la que todos, salvo Cristina, dan por muerta y que es responsable, en el sentir de la muchacha, de gran parte de sus trastornos, pues de alguna manera la siente a su lado (“la presencia”) y sufre cuando ella sufre, hasta el punto de vivir un embarazo y un parto “fantasmas”. Intuimos una existencia desgraciada pero nada más. En todo caso, todo ello es determinante en el naufragio de la relación amorosa entre Claudio y Cristina. [fin del destripe]

En otro sentido, leyendo esta novela me acuerdo de la famosa “literatura social” de la posguerra y me río, pues pienso que Mercedes Salisachs, de la alta burguesía barcelonesa y en las antípodas ideológicas de los realistas sociales, resulta más eficaz que todos ellos en la pintura de los vicios de esa burguesía. Tipos como Mariano Bradan y sus socios representan bien aquello que hacía decir al personaje de Chumy Chúmez: “la moral consiste en tener quieta la bragueta mientras se roba”. Pero la Salisachs envuelve su crítica en una narración apasionante, lejana de los brochazos gordos de los de la “escuela de la berza”. Y encima los retratados la leían.

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14 junio 2023

El sínodo de Macarena

La sombra del camino sinodal es alargada: hasta Macarena Olona se ha inventado un partido que es un sínodo: “Caminamos Juntos”. Recuerdo a Leo Harlem: ah, aquellos tiempos en que los gimnasios se llamaban Espartaco, Shotokan…, en vez de raros combinados de letras y números. Hubo un tiempo en que los partidos se llamaban Partido comunista de España, Acción Popular, todavía hoy PSOE, PP… Cómo vamos a tomar en serio una política donde los partidos se llaman Podemos, Sumar, Caminamos juntos… Todavía Vox tiene una reminiscencia clásica que le da cierto empaque… Es la adolescencia prolongada de nuestros días, llevada a la política.

Por cierto, qué hago yo oyendo un reportaje-tertulia sobre si Podemos y Sumar presentan o no candidaturas conjuntas (Al tanto, tertulia semanal de The Objective)… Solo por el prestigio del medio, claro. Algo nos rentará o dejará de rentarnos, cuando esta gente (Constantini, Garat…) se ocupa de ello.

                                                                                ...

Más interesante me resulta la conferencia de Marta Pessarrodona sobre el Grupo de Bloomsbury, el de Virginia Woolf, Keynes y otros plumíferos que fueron germen de la izquierda actual (homosexuales, pacifistas…). La escritora catalana, de ideas nada afines a las mías, me temo, se mantiene en un campo puramente intelectual (“no sé cuál fue la clase de relación de Virginia Woolf con Vita Sackville-West, ni me importa”) y traza una buena semblanza de lo que fue el grupo.



10 junio 2023

Cortesía

 Me hizo gracia esto de Hofmansthal, porque yo también lo he utilizado a veces.

Los campesinos austríacos, cuando quieren ser corteses y amables y cuando en la conversación no está indicado ni el tú ni el usted, utilizan el nosotros.

(En El libro de los amigos)



09 junio 2023

No lo sabía

José Ramón Ayllón diserta sobre Etty Hillesum, Edith Stein y Natalia Ginzburg. Autoras de grandes virtudes humanas. Dice de la Ginzburg que su comunismo fue de tipo romántico, o algo así. Lo sería. Pero me resulta difícil concebir cómo una persona de la calidad que nos muestra aquí el conferenciante puede abrazar esa ideología con ingenuidad. Sobre todo una persona que se ha visto envuelta en las convulsiones de aquellos años. Por aquel entonces (segunda guerra mundial) estaba bien claro lo que significaba el comunismo. Y, como vio bien Nicolae Steinhardt, decir “no lo sabía” no es una excusa válida. No le aplicaré las duras palabras que siguen, tal vez por aquello de C. S. Lewis de que el diablo manda los errores a pares, para que queriendo escapar de uno caigamos de lleno en el otro.



06 junio 2023

Ropa

 A  través de la ropa, las mujeres dan a entender muchas cosas que, por lo demás, mantendrían ocultas; en ella ni el detalle más insignificante se ha añadido o quitado sin premeditación, ni siquiera en la muchacha más pobre.

Aforismo de Hugo von Hofmannsthal, en El libro de los amigos.

No digamos ya los detalles significantes. Si alguien quiere comprar la mercancía al uso, según la cual una se viste para agradarse a sí misma, allá con su inteligencia.



02 junio 2023

El beso al leproso

[contiene destripes, a veces llamados spoilers]


Jean Péloueyre es un tipo bastante poco agraciado físicamente al que casan con Noémi Artiailh para que la familia de esta tenga un buen pasar, porque la familia de Jean es de posibles. La tragedia en este caso viene porque Jean es consciente de la repulsión que causa en su novia, de modo que no le exige el débito conyugal y ambos se pasan la vida medio llorando por la noche, evitándose y queriendo hacerse perdonar mutuamente. En un momento dado, él le concede a ella una tregua yéndose a París con el pretexto de escribir un trabajo de tipo histórico que alguna vez había comenzado. Noémi resiste los embates de un médico caradura y de buen ver mientras Jean rechaza a su vez los cantos de sirena de las cabareteras, allá junto al Sena.

Vuelto Jean a casa, contrae una tisis que, se acaba descubriendo, ha sido contagiada por un enfermo al que ha estado cuidando por su cuenta. Noémi culmina su existencia de renuncia cuidando a su vez de su marido hasta que muere (eso es el beso al leproso del título).

Historia, pues, de sacrificio y de amor conyugal sui generis. Lo que no entiendo es por qué Mauriac va y le añade un capítulo extra, años después (así se dice, al menos, en la edición que utilizo), en la cual Noémi, convertida en fundadora y monitora de un tinglado para niños pobres, acaba asesinando a su suegro (una lata de señor, no hay duda) haciendo que ceda a la tentación de comer conejo, lo que no podía hacer por su enfermedad coronaria. Es un pegote infame. Si encuentro por ahí alguna explicación, se lo cuento.

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31 mayo 2023

...que algo queda.

Mercedes Monmany tiene una cultura literaria fuera de lo común, pero no puede decirse que sea una crítica literaria, al menos en el sentido más coloquial de la palabra crítica. Lees Por las fronteras de Europa y todos los autores y todos los libros son prodigiosos, por emplear el calificativo que hizo famoso Garci. Supongo que el libro es un ejercicio de selección, pero no recuerdo haberle leído una palabra que indique que tal obra flaquea por aquí o por allá, antes bien, todo es entusiasmo en sus comentarios, hasta el punto de identificarse totalmente con los puntos de vista de cada autor. No es que esto sea difícil, pues en una gran parte estamos ante autores que denuncian los totalitarismos del siglo pasado. Pero, alguna vez, ese entusiasmo la lleva a injusticias notorias, como cuando se refiere al filonazismo de Pío XII (¡!) al glosar una obra de una autora italiana que, al parecer, abunda en la ya más que enterrada calumnia. Podría echar un vistazo a esto, por ejemplo.



24 mayo 2023

Salambó

Salambó es una vasta colección de cromos sobre la guerra de los mercenarios cartagineses, con una sencilla trama que tiene a la princesa como motivo decorativo. Cromos, digo, de soldados, armas, batallas y espectáculo histórico a lo Cecil B. de Mille. “Hoy nadie la lee”, decía José María Valverde. Yo he tenido la paciencia de hacerlo porque Flaubert es Flaubert, y además porque uno de los tebeos que más me fascinaron de pequeño se ambientaba, en parte, en aquel escenario, con los sacrificios al dios Moloch de fondo: La tumba etrusca, uno de los episodios de la colección Alix, de Jacques Martin, de feliz memoria.

Flaubert narra en tercera persona con aliento de historiador clásico. Su princesa Salambó está pidiendo una morenaza del Hollywood clásico, tipo Jane Russell o Ava Gardner (desconozco si se ha llevado al cine). De hecho, en la danza con la pitón, Flaubert tuvo una intuición hollywoodiana que podría haber hecho sombra a Gilda si alguien lo hubiera llevado con talento a la pantalla.

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20 mayo 2023

Vetera et nova

Ni siquiera había mirado el índice de la Antología de prosistas españoles de Menéndez Pidal, cuando lo compré en Re-read. Pensé que se limitaría a autores antiguos (medievales, alguno del Siglo de Oro) y poco conocidos. No. La verdad es que es un libro que vendría muy bien en la enseñanza media, para los alumnos, ya que recoge unos textos fundamentales, desde Alfonso X hasta Jovellanos, incluyendo el Quijote y el Lazarillo. Fragmentos, claro. Habría que reeditarlo. Disponer de todo eso en un solo tomo facilitaría el conocimiento de los autores y la curiosidad por conocer las obras íntegras.

…

Inmensa conferencia del padre Olivera Ravasi en una iglesia de Florida, en español. Nada nuevo, pero qué oratoria la de este hombre, al que más que nada había oído entrevistando a otros en su canal. Y qué atrevimiento. ¿Qué hacemos las que estamos imbuidas de feminismo sin habernos dado cuenta?, va y pregunta una. Y el padre diciéndole, por vía indirecta, que se case y sea madre cuanto antes, que ya se le pasarán todo tipo de manías, y le recomienda el Cásate y sé sumisa de la otra, que no me acuerdo de la autora.

Tendré que pillar un día de estos ese Salvaje de corazón. Promete.

Y lo único, alguien tendrá que decirle al padre Olivera que la v y la b suenan igual en español.

…

Parece ser que llaman clickbait a esos titulares que te prometen una noticia sabrosona que luego se queda en una bobada. Ahora todo tiene nombre en pitinglis. El caso es que yo estaba picando en esos clickbait como un salmonete, a veces entre sorbo y sorbo de café, y casi siempre me quedo con la miel en los labios a causa de la falta de cobertura en el bar. Bueno, mi informador sobre todo esto es Fernando Díaz Villanueva, en un programa dedicado a la caída del imperio Vice Media, cuya existencia ni conocía. Un servidor de noticias idiotas, al parecer, de esas que llaman virales (bueno, no todos los nombres son en pitinglis), y, por supuesto, destinado a la juventud, que es quien más idioteces consume. El programa de FDV, en cambio, derrocha sentido común.



17 mayo 2023

Doña Inés

Doña Inés (que no es la de Zorrilla) llega a Segovia como para olvidar un pasado que nunca se nos revela. Encuentra una Segovia azoriniana, lo que es decir que se encuentra a sí misma, melancólica, meditativa, en ese limbo ajeno al cambio que son los espacios de Azorín. Soñadora doña Inés, sin embargo (podría ser la de Zorrilla), es vulnerable a un nombre: Diego el de Garcellán, poeta. Y (no sabemos con qué voluntad de autodestrucción) se deja besar por él a la puerta de una iglesia, lo que provoca una tolvanera en el limbo (tolvanera es el título de un capítulo). Es el destierro de hecho: doña Inés termina su peripecia vital en Argentina, como promotora de un colegio para pobres.

Historia pobre donde las haya, servida con una técnica innovadora donde las haya, aunque esto solo unos vargasllosas y unos julianmarías que pululan o pululaban por ahí se lo reconocen. La trama cediendo ante los otros elementos novelísticos, como quería Ortega. Julián Marías, en concreto, que la tenía como su novela favorita de Azorín, habla de una novela cinematográfica por excelencia, y lo explica en esta interesante conferencia. Cada capítulo, para Marías, es un plano cinematográfico: unos planos que se encadenan, como en el cine, no por contigüidad de cosas materiales, sino por contigüidad vital: el barrio de Segovia, Madrid; el retrato de doña Inés; la habitación; la carta...

Hay comentarios totalmente desenfocados que arruinan una obra; otros que te la iluminan totalmente. Así esto último con la conferencia de don Julián sobre Doña Inés. Oh, internet…

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