02 agosto 2026

Cartas sobre la educación estética del hombre

Uno lee estas cartas y cree ver el origen tanto de la razón vital orteguiana como de la filosofía del hombre que trabaja y que juega de Eugenio d´Ors. En efecto, Schiller nos muestra al ser humano (y no es nada nuevo) como dividido en dos almas: la sensitiva, que él asocia con los instintos y con la materia, y la racional, vinculada, claro es, al juicio y a lo que él llama la forma. El hombre siempre estará oscilando entre estos dos polos hasta que domine uno sobre otro y su ser, por tanto, se vuelva incompleto, a no ser que... a no ser que medie una tercera alma, la estética, relacionada con el juego y la apariencia y que él llama a veces forma viva. Pero este sentido estético hay que educarlo. Es difícil, o es peligroso, pasar del alma sensible (que es primaria) al alma racional (que es secundaria en el tiempo) sin haber educado antes estéticamente al hombre. Esta forma viva (que participa tanto de lo racional como de lo sensible) es lo que recuerda inmediatamente a la razón vital de Ortega, concepto que él acuña también para salvar la antinomia (o lo que él entendía como antinomia) entre la vida y la razón. Por otra parte, si el juego es decisivo en esta configuración del ser humano, el cual no cabe duda de que es trabajador también por naturaleza, no es difícil acordarse de la obra fundamental, en lo filosófico, de Eugenio d´Ors.

Las primeras cartas vienen a ser una exposición de motivos donde, entre otras cosas, se justifica por no tratar directamente de cuestiones sociales, siendo así que los tiempos parecen exigirlo. De esta parte le compro esto:

...la más perfecta de las obras de arte, la construcción de una verdadera libertad política.

Esto es así porque “la libertad nace cuando el hombre está completamente formado” y “la belleza es la consumación de la humanidad”. Por tanto, nulla politica sine aesthetica”, podríamos decir.

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29 julio 2026

La novela de un literato, I

Este título me recuerda inmediatamente a las Memorias de un dictador de Ernesto Giménez Caballero: es lo que hubiera querido ser cada uno. Lo digo porque, aunque Cansinos estuvo en medio de la efervescencia literaria del primer tercio del XX, animando los movimientos de vanguardia, no dejó una obra o unas obras dignas de renombre. Tan sólo estas memorias son citadas últimamente como un producto ameno y de gran interés para el conocimiento de aquella movida, como diríamos hoy, movida modernista-bohemia-vanguardista.

Este primer tomo abarca hasta el comienzo de la Primera guerra mundial. Al hilo
de su vida, Cansinos nos presenta una serie de personajes de la bohemia madrileña (poetas, periodistas, editores) a cuál más frívolo y petulante. Tan sólo los grandes (Juan Ramón, los Machado), retratados con respeto, nos libran de ver en aquel ambiente una charca de vanidades. No sé si el autor había leído mucho a Clarín, pero es quien se me viene a la mente al leer estos retratos inmisericordes. No es extraño que todos ellos hayan caído en el más justo de los olvidos. Cansinos es, en efecto, un gran retratista, y su narración es, sí, amena e incluso divertida. Probablemente le faltaron temas que llevarse a la pluma, pues (al menos en la prosa) parece que no supo salir de la crónica del mundillo en el que no tuvo más remedio que moverse si quería ser lo que nos dice en el título.

En esta novela de un literato vemos de primera mano el surgimiento del modernismo literario y su enfrentamiento con la incomprensión de los viejos, que no eran carcas desde el punto de vista político, sino republicanos y masones, como los redactores de El motín, donde hace Cansinos sus primeras armas. Pero esta incomprensión no los arredraba sino que recogían con gusto esa bandera de rebeldía que se les ofrecía. Nuestro autor hubiera querido vivir de la pluma pero al final no tuvo más remedio que acogerse al periodismo, y es en la redacción de La correspondencia española (“La Corres”) donde transcurren la mayor parte de las peripecias de la novela, junto al salón de Colombine (Carmen de Burgos), sede de la frivolidad intelectualoide de Madrid, y otros lugares de dudoso vivir por donde Cansinos pasea su mirada crítica, mostrándose (para eso es el autor) como lo más sensato que pasaba por allí.

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25 julio 2026

Agnóstico

Una de las críticas más mordaces del agnosticismo la realiza, sorprendentemente, Ortega y Gasset en el artículo “Dios a la vista”, incluido en El espectador, VI:


Es, por lo pronto, gracioso el sentido negativo del vocablo. Equivale a llamarse No-Pedro o No-Juan. Y, en efecto, agnóstico significa “el que no quiere saber ciertas cosas”. Se trata, por lo visto, de un alma que antepone a todo la cautela y la prudencia: al emprender, el evitar; al acertar, el no errar. Y el caso es que las cosas cuya ignorancia complace al agnóstico no son cualesquiera, sino precisamente las cosas ultimas y primeras; es decir, las decisivas.

Hoy empieza ya a sernos difícil revivir parejo estado de espíritu. Porque la actitud del agnóstico no consiste en proclamar la realidad inmediata y “positiva” como la única existente –cosa que no tendría sentido–, sino, al contrario: reconocer que la realidad inmediata no es la realidad completa; que más allá de lo visible tiene que haber algo, pero de condición tal, que no puede reducirse a experiencia. En vista de ello, vuelve la espalda al ultramundo y se desentiende de él.

La consecuencia de ello es que el paisaje agnóstico no tiene últimos términos. Todo en él es primer plano, con lo cual falta a la ley elemental de la perspectiva. Es un paisaje de miope y un panorama mutilado. Se elimina todo lo primario y decisivo. La atención se fija exclusivamente en lo secundario y flotante.

Se renuncia con laudables pretextos de cordura a descubrir el secreto de las últimas cosas, de las cosas “fundamentales”, y se mantiene la mirada fija exclusivamente en “este mundo”. Porque “este mundo” es lo que queda del universo cuando le hemos extirpado todo lo fundamental; por tanto, un mundo sin fundamento, sin asiento, ni cimiento, islote que flota a la deriva sobre un misterioso elemento.



 

22 julio 2026

Primer Hipias

De esta obra platónica me voy a quedar con la filigrana esa de introducir un diálogo dentro del diálogo: en efecto, pues, al inicio de la conversación con Hipias, Sócrates le relata su previo coloquio con Eudico, discípulo de aquél, también en forma dialógica.

El diálogo principal, por así decir, es una refutación de ciertos errores acerca de la belleza (¿ha de tomarse a la mujer por referente?, ¿hay que identificarlo con la vida buena?, ¿tal vez con el oro?), pero acaba sin una respuesta concreta por parte de Sócrates. La belleza, ese misterio...

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19 julio 2026

La perla

No es Al este del Edén, pero es una gran novelita, que reúne dos temas eternos: el hombre que resiste a brazo partido contra la adversidad (como en El viejo y el mar o El coronel no tiene quién le escriba) y el objeto que te absorbe y pugna por llevarte a la perdición, como el tolkieniano anillo de poder. Feliz por haber hallado aquella perla que le serviría para pagar los servicios de un médico para su hijo moribundo, Kino ve atado su destino a ese objeto precioso que puede, en efecto, sacarle para siempre de la pobreza pero que es codiciado por mucha gente a la que no le importaría matar por poseerlo. Una mala venta podría proporcionarle una vida más que digna; sin embargo, ese comprensible sentido de la justicia que le lleva a no aceptar semejante trato hace que Kino se vea abocado a ser la víctima de una despiadada caza del hombre. La partida quedará en tablas, cuando la pérdida de lo más querido (el hijo) le convenza al fin de destruir la perla. Muy bien, como siempre, Steinbeck en la narración y en la descripción de ambientes.

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17 julio 2026

Un camino inesperado

Como sabe todo tolkieniano, el autor de El señor de los anillos no quiso que su obra se leyera como una alegoría. Diego Blanco Albarova acepta el envite y nos propone nada menos que “desvelar la parábola” latente en la obra: una interpretación en clave cristiana por supuesto, porque eso sí que lo dijo Tolkien, que se trataba de una obra religiosa y católica. La empresa de Frodo y sus socios sería una paráfrasis de la vida del cristiano, de la lucha por la santidad y contra el pecado. Frodo no es un héroe, sino un mortal común a quien en un momento dado se le encomienda una misión que, desde luego, supera ampliamente sus capacidades y sus disposiciones. Todo saldrá bien, sin embargo, mientras sea dócil a Jesucristo (Aragorn) y al Papa (Gandalf). La custodia del anillo no supone sino mantener a raya el fomes peccati (Blanco no utiliza esta expresión, pero se deduce) hasta hacerlo morir llegado el momento, dejando con un palmo de narices al enemigo (Sauron) y a sus secuaces (Saruman, jinetes negros, orcos...). Y así, Blanco hace partícipes de su interpretación alegórica a los principales personajes y elementos de la obra (Gimli, los judíos; elfos, la vieja cristiandad; Galadriel, María; Tom Bombadil, el monje...). Todo sorprende a los que no somos muy devotos de la saga, y en particular me encantó (ya no recordaba bien el final) el modo de acabar con el anillo: no merced a los esfuerzos de Frodo, pues en el momento culminante el hobbit está a punto de sucumbir, sino a través de un fallo de otro ente hostil como es Gollum; lo cual, aparte de darle a la historia una emoción muy hollywoodiana, muestra a la providencia divina actuando a través del mal, convirtiéndolo en bien y cortando de raíz todo posible engreimiento del héroe (o del santo).

El libro sirve, también, para recordar los episodios principales de una historia que algunos leímos a marchas forzadas, como la propia comunidad del anillo.

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13 julio 2026

Cuanto sé de mí

Me refiero, no a la compilación que publicó Hierro con el mismo título, sino al volumen así titulado aparecido en 1957. Comienza muy juanramonianamente, sugiriendo como su oficio el nombrar las cosas para poseerlas, aunque él insiste en lo perecedero de las cosas frente al anhelo de eternidad del de Moguer. Maneja bien los metros tradicionales y llama la atención su maestría con el eneasílabo, esa rareza. Divide su libro en cuatro partes encabezadas por versos de La vida es sueño, lo que debería ser una pista para el contenido de sus poemas, supongo. De ese contenido no puedo hablar más que de “Requiem”, quizá la más famosa de las piezas aquí contenidas, y lo digo porque lo he visto reproducido en otro sitio, ahora no recuerdo dónde. Creo que lo relacionaban con la poesía social. En todo caso, es un poema más existencial que otra cosa, el enésimo planto sobre el sinsentido de la muerte, partiendo de la de un ciudadano español fallecido en accidente en New Jersey.

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