29 enero 2023

El cristianismo y la lucha de clases

Berdiaeff fue marxista y conserva, cuando escribe esta obra, algún respeto por su viejo maestro Marx: de hecho se la dedica a él. Quizá por ello parte de la existencia de la lucha de clases, que niegan otros, como los burgueses o los reaccionarios. La lucha de clases existe y la provoca el capitalismo, que es el enemigo a vencer si se quiere acabar también con el comunismo, pues este no existiría sin aquel. El comunismo necesita de la lucha de clases y del capitalismo como un presupuesto previo a la conquista del poder por el proletariado y como eslabón sine qua non para llegar a ese punto omega de la historia que es la sociedad sin clases. El cristianismo, en cambio, es incompatible con la lucha de clases, pues no es religión de confrontación sino de concordia. El objetivo de una acción social cristiana sería acabar con esa lucha propiciada por el capitalismo. El cristianismo, en efecto, debe tomar partido por el obrero frente al gran capital y frente a la burguesía, que deshumanizan al hombre y convierten su trabajo en mercancía. Vemos, pues, el eco de la enseñanza de los papas, aunque estos no condenen el capitalismo en bloque sino sus vicios iniciales y sus posibles derivas hacia la deshumanización del trabajador. Por cierto que Berdiaeff, dentro de su exposición, llega a hablar de pasada de la santificación del trabajo, aunque no lo desarrolla, claro. Tampoco desarrolla lo que sería su concepto de una alternativa al capitalismo y, aunque cuando habla de socialismo lo hace con más simpatía que cuando se refiere al comunismo, cabe deducir que lo suyo sería más bien un sindicalismo, nacional o no. Digo esto porque su crítica habría gustado bastante a José Antonio, que no sé si lo leyó.

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27 enero 2023

Max Scheler: Ética material de los valores

Se trata de un volumen de la colección Crítica filosófica de la editorial Magisterio Español, de allá por los años 70. Fue una buena labor editorial, que te daba una primera aproximación, muy útil, a obras clave de la filosofía moderna y contemporánea. Max Scheler fue objeto del interés y el estudio de Juan Pablo II. Su ética de los valores se hallaba muy próxima, como recuerda varias veces el autor de este volumen, a la ética natural e incluso a la cristiana. Católico fue él mismo, aunque en sus últimos años alejado de la Iglesia a causa, según Derisi, de turbulentas vivencias personales.

El libro consta de tres partes. La primera hace una exposición de la Ética de Scheler, la segunda analiza sus aciertos y sus errores desde una perspectiva aristotelicotomista y la tercera trata de bosquejar lo que sería un Scheler arraigado en Santo Tomás. Lo positivo de Scheler, dice Derisi, es que afirmaba la trascendencia de los valores, es decir, su existencia más allá de la propia conciencia, superando así las filosofías de la inmanencia y sobre todo la de Kant. Lo negativo es que esa trascendencia no lo era tanto, porque, a consecuencia de su utilización del método fenomenológico, se quedaba en decir que la conciencia los percibe como algo distinto de sí misma pero sin afirmar su existencia real. Bueno, eso ha entendido, al menos. He de reconocer que me pierdo con facilidad por estos vericuetos y que me resulta difícil entender cómo sería la existencia real de esos valores: ¿espíritus puros, atributos de Dios…? Supongo que esto último, ya que también para Scheler Dios es el valor superior, que contiene (supongo) a todos los demás. O quizá contener no sea el verbo adecuado pero maldito lo que soy capaz de afinar con el vocabulario filosófico, tan sutil él. No me trabajaron bien esa competencia en la escuela…

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26 enero 2023

"Toda mujer ama a un fascista"

La frase en cuestión, por lo visto, es de Sylvia Plath, y la utiliza Ana Iris Simón en su carga contra la moral feminista.

Porque si una lleva una falda o un escote de un tiempo a esta parte lo lleva para sí misma o en nombre del empoderamiento, una de dos, y que no me mire nadie porque machete al machote y madre mía qué fuerte e independiente con mi falda, que era a lo que me reducían antes, a ser dos piernas y poca tela y me quejaba y con razón y ahora como por arte de magia resulta que eso es signo de empoderamiento, pero no puede mirarlo nadie. Nos hemos encerrado tanto en nosotros mismos, nos hemos individuado tanto y hemos hecho tantos esfuerzos para acabar con las dinámicas de poder –y, nos guste o no, la belleza siempre ha implicado y siempre implicará poder– que hemos terminado creyendo que no provocamos ningún efecto, ninguna reacción en el otro y que lo contrario sería inaceptable, aunque las mujeres nos lo hemos creído a medias, como todas las mentiras que nos contamos a nosotras mismas.

Por eso rara vez nos ponemos escote y los labios rojos para estar solas en casa, de la misma forma que el pavo real no desplegaría su cola si no hubiera una pava a la vista, porque gilipollas no es y por lo del ahorro energético, y negar que un escote bonito es enseñado de cuando en cuando para ser visto, solo cuando quiere ser visto, cuando quiere ser mirado, además de ridículo niega parte de nuestro poder como mujeres, un poder que no se reduce a lo bello y a lo sexual pero del que lo bello y lo sexual forman parte y no pasa nada y por eso toda mujer ama a un fascista: porque todo el que mira nuestros escotes lo es, a no ser que sea un trapero en un videoclip, entonces es un trapero al uso, entonces se le permite. Y porque mal que bien y según el nuevo canon, nuestros abuelos lo fueron y nuestros padres lo son. No solo porque se les fueran los ojos con las mujeres bonitas que cruzaban los pasos de cebra cuando pensaban, inocentes, que no nos dábamos cuenta.

(En Feria, capítulo así titulado)



24 enero 2023

Feria

He de reconocer que lo que más me ha divertido de este libro es ver escrita la muletilla “¡te paece que…!”, que solía usar José Mota (la autora también es manchega). Bueno, eso junto al placer de ver a alguien que viene de familia rojeras reflexionar con tanta sensatez. Ya me lo habían anunciado en Aceprensa y en otros lugares, y por eso cogí el libro, claro. Es una especie de memorias familiares, por parte de la hija de unos feriantes, con lo que hay también el atractivo añadido de contemplar ese tipo de vida, del que los clientes solo vemos la parte más superficial. Ana Iris Simón no rompe con nada, estamos ante lo más alejado de un ajuste de cuentas. Simplemente piensa y llega a la conclusión de que los modelos de vida que le están proponiendo por ahí dejan mucho que desear.

La muerte, sin ir más lejos, enseña mucho. A su padre, cuando muere la abuela (su madre) le da por quedarse a velarla por la noche: “Se había olvidado de que éramos ateos de la pena y de los nervios”. Queda meridianamente claro que el abandono de la religión no es fruto de una reflexión consciente, sino de una vida que fue poco a poco abandonando la práctica religiosa. Es fácil ver, para quien piense con serenidad, que la religión cristiana es mucho más racional que las chatas ideologías que tratan de imponer hogaño. Lo mejor del libro, de hecho, es esa apuesta por la familia y por la diversidad entre hombre y mujer que está en su base:

…que nuestros padres no podrían ser jamás llamados hombres deconstruidos, pero que cocinaban y limpiaban y trabajaban y cuidaban más y mejor y tenían las cosas más claras que los niños disgenésicos que salían en el Tinder.

Y alguna otra perla que traeré en días sucesivos. Por cierto, algo que me incomodó un tanto fue comprobar que cuando se refería a “sus padres” se trataba de mi generación, porque inconscientemente tendía yo a pensar en los míos, cuya generación es ya la de los abuelos de ella. En fin. No me resisto tampoco a reproducir este diagnóstico inmisericorde:

…un mundo que se parece cada vez más a una competición de plañideras.

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21 enero 2023

Intelectuales

Paul Johnson nos presenta una galería de tiparracos, a cual más egoísta, ingrato, lujurioso y violento, que tuvieron el don de la palabra y el de hacerse escuchar por muchos. Se llamaban Rousseau, Sartre, Ibsen, Marx, Fassbinder, RussellTolstoi…y se erigieron en maîtres a penser, que dicen los franceses, para una o muchas generaciones.  Uno se siente a veces incómodo leyendo semejante exposición de trapos sucios, porque a uno le han educado de una manera… Pero, bien mirado, no está mal que alguien haga esa exposición, si vemos que algunos siguen equiparando arte (o ingenio, o cultura) y bondad personal. Lo que dicen los intelectuales sigue siendo considerado tantas veces como la nueva palabra de Dios... Clercs los llaman, de hecho, los franceses, creo: los nuevos clérigos. Lo que pretende Paul Johnson, como dice de modo explícito en el prólogo, es dar la réplica a quien aduce poca ejemplaridad en los clérigos, o incoherencia entre doctrina y resultados:

Una de las características más marcadas de los nuevos intelectuales laicos fue el deleite con que sometían a la religión y a sus protagonistas al escrutinio crítico… Ahora, después de dos siglos durante los cuales la influencia de la religión ha seguido decayendo y los intelectuales laicos han desempeñado un papel mayor en la formación de nuestras actitudes e instituciones, ha llegado el momento de examinar sus antecedentes tanto públicos como personales… ¿Cómo condujeron sus propias vidas?... ¿Y cómo han soportado sus propios sistemas la prueba del tiempo y la praxis?

De esto último se encargan mejor otros libros, si atendemos a que muchos de estos clercs eran socialistas. Johnson, como digo, incide más en lo personal. Uno no se sorprende, viendo la cara de Marx, de que fuese violento, o viendo la de Hemingway de que fuese un tarambana, y de Tolstoi ya sabíamos que andaba un poco chiflado… Sorprende más ver a Ibsen, tan adusto él, pirrándose por las condecoraciones, o cómo las mujeres se rifaban a Sartre, cuya cara debían de envidiar en el carnaval… Y está el capítulo de las mentiras: Lillian Hellman parece la protagonista de Vamos a contar mentiras, de Alfonso Paso, pero ya se ve que todos ellos, si en algo eran coherentes, era en su escepticismo con respecto a la verdad.

Creo que el mayor mérito de esta obra es haber abierto el camino a la desmitificación: en las últimas décadas hemos visto aparecer libros en la misma línea, ya de modo más monográfico: Che Guevara, Giner de los Ríos y otros de los que ahora no me voy a acordar, vacas sagradas del progresismo, han encontrado su biógrafo negro. Yo mismo haría el Intelectuales español, si tuviera tiempo y me hubieran educado de otra manera…

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18 enero 2023

La esfinge maragata

Quien habla de la mujer trabajadora como un adjetivo clasificador no entiende nada, sobre todo cuando la expresión se emplea como sugiriendo un tipo de mujer superior, emancipada de las servidumbres de la familia. La mujer ha trabajado siempre, y muy duro en ocasiones. La esfinge maragata no es una denuncia de las condiciones de la mujer campesina en aquel lugar y en aquel tiempo, ni un canto a la abnegación femenina capaz de sacrificar el amor en el altar de la familia, sino quizá ambas cosas a la vez. Es una pena que el tiempo haya tratado tan mal, o así me lo parece a mí, el estilo de esta novela, demasiado enfático o engolado para nuestro gusto actual, aunque a tono con el modernismo que imperaba entonces. Es una lástima porque no andamos sobrados de himnos a las auténticas virtudes femeninas, por encima de victimismos e igualitarismos prefabricados.

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16 enero 2023

Feminismo inteligente y feminismo necio,

dice Ignacio Sánchez Cámara… Estoy de acuerdo en lo fundamental. De hecho el artículo me parece tan bueno como todos los suyos. Y es cierto que el feminismo fue, en cierto modo, necesario, porque los usos sociales tienden a anquilosarse y el rol familiar de la mujer fue siempre tan apreciado y protegido, como es natural que sea, que verla en otras actividades pudo resultar chocante a muchos, hasta el punto de dificultarles el acceso a ciertos ámbitos profesionales, al arte, a la participación política…

Sin embargo, no deja de producirme resquemor el hecho de que, históricamente, las defensoras de los derechos de las mujeres hayan sido con frecuencia personas fracasadas en su matrimonio o incluso de sexualidad dudosa… No me acordaré ahora de todos los nombres, pero recuerdo siempre los de Emilia Pardo Bazán o Mercedes Formica, por ser las que más cercanas me resultan en cuanto a creencias o ideas. Estas no eran de sexualidad dudosa, por supuesto, pero sí que naufragaron en la cuestión familiar. No las condeno por ello (“quién soy yo”, y todo eso), pero me inquieta, digo, que el feminismo surja siempre como en confrontación a la vida familiar y conyugal, o que al menos lo parezca…

Por eso, el feminismo, así, tout court, necio o inteligente, no puede menos de resultarme antipático. Siempre nos quedará doña Concepción Arenal, claro…