Un apaño para concluir una historia que no se sabía cómo
desenlazar, si quieren mi opinión.
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CARTAPACIO DE JESÚS SANZ RIOJA
Un apaño para concluir una historia que no se sabía cómo
desenlazar, si quieren mi opinión.
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“Olor a cera” es una pieza sentimental sobre el mundo de los
toros, francamente buena a pesar de un final más o menos previsible. Foxá hace gala de su estilo entre
ramoniano y valleinclanesco, como en Madrid...,
con hallazgos frecuentes como este: “[el toro] se espatarraba buscando la mejor
peana para la escultura de su muerte”.
En cambio, “Viaje a los efímeros” resulta un poco pesado, y
pesan también algunas incongruencias que Foxá
quiere hacer pasar bajo la cobertura de la fantasía. Es una pieza a lo Swift en la que dos viajeros recalan en
un país donde la gente vive sólo unos días. Como en Swift, la historia sirve, claro, para ofrecer una mirada crítica
sobre nuestro mundo. Es curioso que el narrador diga al final:
¿No te parece que
hemos soñado juntos y que volvemos de un país de gnomos, de enanitos del tamaño
de un dedo índice?
Es curioso porque yo, de hecho, llevaba todo el tiempo
imaginándome como enanos a aquellos seres. Curiosas correspondencias...
Fantástico es también “Hans y los insectos”, sobre una
rebelión de tales animalejos, en la órbita de ciertas obras de ciencia ficción
con parecido tema. Con “Santarán” viajamos a la época del descubrimiento con
los primeros indios que pisaron tierra española. El remate es excelente: Ponce de León parte a la conquista de
Florida, “y así es como España encontró en América su eterna juventud”, amén.
Cierran la colección “El príncipe Pablo”, cuadro decadentista sobre la realeza
de la Europa oriental, y “El lobizón”, de tema argentino y licantrópico. En
conjunto, puede que sea de lo mejor que ha publicado Espuela de plata.
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citado por Emilio del Río.
Aspecto capital en el
desempeño de una actividad o cargo público es disipar hasta la más mínima
sospecha de codicia.
...
Quienes están al
frente de la república con nada pueden granjearse más fácilmente la
benevolencia del pueblo que con la sobriedad y la templanza.
“Dame la felicidad y seré virtuoso”. Gregorio Luri, en conversación con Juan Soto Ivars, recuerda esta frase del monstruo de Frankenstein para ilustrar la actitud de muchos europeos en esta, como dice él, sociedad de “psicosocialismo”. La pregunta era si creía que la pedagogía terapéutica que él denunciaba como uno de los males de la enseñanza de hoy (buscar siempre el diagnóstico y así adaptar al niño a lo que puede aprender) podía extenderse a toda la sociedad. Luri está de acuerdo. Si soy malo, si mato a mis tres hijos (aludía Luri sin nombrar), es por culpa de lo que no me han dado, es por culpa de las carencias que me han hecho padecer; en definitiva, por culpa de los otros. No seré feliz cuando sea virtuoso, sino que seré virtuoso cuando sea feliz. Y hacerme feliz es tarea de otros.
Y no es mal diagnóstico. Por parte de Luri, quiero decir. Una vez más, se confirma que seguimos viviendo
en el romanticismo. En lo peor del romanticismo.
...donde las cosas han
llegado al extremo y donde las fuerzas –por lo común profundamente reprimidas— se
liberan y se oponen no a una determinada forma de orden, sino al orden en sí. En
tales desórdenes, además de abrir las cárceles y las plazas fuertes, se llega
también a incendiar las bibliotecas y colecciones, en las que la plebe ve el palladium de la civilización. La iconoclastia indiscriminada
es siempre síntoma de que vacilan los fundamentos. En relación con ella obtenemos
ciertas revelaciones que anuncian que la levadura comienza a espumar. El culto al fuego es una de estas revelaciones,
no como fuente de luz sino como poder incendiario, y a lo largo de la historia
se presenta bajo formas diversas [...]
síntoma infalible de ese estado es la noticia de que se han profanado tumbas y
se han expuesto cadáveres en la plaza pública. Tales espectáculos no
representan únicamente capriccios lóbregos
en que se complace el desenfreno del espíritu, sino un pàroli, una triplicación de la apuesta lanzada a
ese espíritu que se lo juega todo. Pues la condición humana se basa
precisamente en el entierro de los muertos y quien comienza a bromear en ese
aspecto ya no retrocederá ante nada.
España, 1936.
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