“Olor a cera” es una pieza sentimental sobre el mundo de los
toros, francamente buena a pesar de un final más o menos previsible. Foxá hace gala de su estilo entre
ramoniano y valleinclanesco, como en Madrid...,
con hallazgos frecuentes como este: “[el toro] se espatarraba buscando la mejor
peana para la escultura de su muerte”.
En cambio, “Viaje a los efímeros” resulta un poco pesado, y
pesan también algunas incongruencias que Foxá
quiere hacer pasar bajo la cobertura de la fantasía. Es una pieza a lo Swift en la que dos viajeros recalan en
un país donde la gente vive sólo unos días. Como en Swift, la historia sirve, claro, para ofrecer una mirada crítica
sobre nuestro mundo. Es curioso que el narrador diga al final:
¿No te parece que
hemos soñado juntos y que volvemos de un país de gnomos, de enanitos del tamaño
de un dedo índice?
Es curioso porque yo, de hecho, llevaba todo el tiempo
imaginándome como enanos a aquellos seres. Curiosas correspondencias...
Fantástico es también “Hans y los insectos”, sobre una
rebelión de tales animalejos, en la órbita de ciertas obras de ciencia ficción
con parecido tema. Con “Santarán” viajamos a la época del descubrimiento con
los primeros indios que pisaron tierra española. El remate es excelente: Ponce de León parte a la conquista de
Florida, “y así es como España encontró en América su eterna juventud”, amén.
Cierran la colección “El príncipe Pablo”, cuadro decadentista sobre la realeza
de la Europa oriental, y “El lobizón”, de tema argentino y licantrópico. En
conjunto, puede que sea de lo mejor que ha publicado Espuela de plata.
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