Una de las críticas más mordaces del agnosticismo la realiza, sorprendentemente, Ortega y Gasset en el artículo “Dios a la vista”, incluido en El espectador, VI:
Es, por lo pronto,
gracioso el sentido negativo del vocablo. Equivale a llamarse No-Pedro o
No-Juan. Y, en efecto, agnóstico significa “el que no quiere saber ciertas
cosas”. Se trata, por lo visto, de un alma que antepone a todo la cautela y la
prudencia: al emprender, el evitar; al acertar, el no errar. Y el caso es que
las cosas cuya ignorancia complace al agnóstico no son cualesquiera, sino
precisamente las cosas ultimas y primeras; es decir, las decisivas.
Hoy empieza ya a
sernos difícil revivir parejo estado de espíritu. Porque la actitud del
agnóstico no consiste en proclamar la realidad inmediata y “positiva” como la
única existente –cosa que no tendría sentido–, sino, al contrario: reconocer
que la realidad inmediata no es la realidad completa; que más allá de lo
visible tiene que haber algo, pero de condición tal, que no puede reducirse a
experiencia. En vista de ello, vuelve la espalda al ultramundo y se desentiende
de él.
La consecuencia de
ello es que el paisaje agnóstico no tiene últimos términos. Todo en él es primer
plano, con lo cual falta a la ley elemental de la perspectiva. Es un paisaje de
miope y un panorama mutilado. Se elimina todo lo primario y decisivo. La atención
se fija exclusivamente en lo secundario y flotante.
Se renuncia con
laudables pretextos de cordura a descubrir el secreto de las últimas cosas, de
las cosas “fundamentales”, y se mantiene la mirada fija exclusivamente en “este
mundo”. Porque “este mundo” es lo que queda del universo cuando le hemos
extirpado todo lo fundamental; por tanto, un mundo sin fundamento, sin asiento,
ni cimiento, islote que flota a la deriva sobre un misterioso elemento.