Borges reunió en
un volumen de su
Biblioteca de Babel cinco cuentos de
Rudyard Kipling, que a su faceta de contador de aventuras unía esta
otra de cuentista fantástico. Leyéndolos no es extraño que le gustaran a
Borges. Lo cierto es que resultan
bastante contemporáneos, en el sentido de que, lejos de darnos todo bien
explicado, a lo XIX, el narrador deja que vayamos intuyendo e incluso nos deja
de un aire en una primera lectura, de modo que tienes que volver atrás e incluso
acudir a una fuente externa para comprender bien qué ha pasado allí. Es lo que
me sucedió con
“El jardinero”, por ejemplo. En todos ellos, lo fantástico
aparece, como está mandado en este tipo de relatos, en medio de lo cotidiano,
aunque lo cotidiano sea un convento medieval o, como sucede en varias de estas
piezas, la guerra. Siendo
Kipling
masón (por cierto que la masonería aparece en uno de los cuentos, “La madonna
de las trincheras”) no sería extraño que fuera espiritista: el elemento
fantástico, en efecto, consiste la mayoría de las veces en la intervención de
un espíritu, un muerto que interviene desde el más allá para acorrer a las debilidades
humanas.
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