En Así empezó, José Ignacio Escobar transcribe algunos
párrafos de la Carta colectiva de los obispos españoles con motivo de la guerra
civil, que me parecen del mayor interés.
Fue cruelísima la
revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie
horrenda. En su número, se calcula en más de 300 000 los seglares que han
sucumbido asesinados sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas;
en Madrid, y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22 000. Apenas
hay pueblo en que no se haya eliminado a sus hijos más conspicuos, sin acusación,
las más de las veces sin juicio. A muchos se les han amputado los miembros o se
les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciado los ojos,
cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrados vivos, matado a
hachazos. Algunas formas de martirio suponen la subversión o supresión del
sentido de humanidad.
La crueldad máxima se
ha ejercido con los Ministros de Dios. Se les cazó con perros; fueron buscados
con afán en todo escondrijo. Se les mató sin juicio, las más de las veces sobre
la marcha, sin más razón que su oficio social.
La revolución fue
inhumana. No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aun la consagrada a Dios
por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios. Se han abierto centenares
de sepulcros para despojar a los cadáveres de sus dientes o de sus sortijas.
La revolución fue bárbara
en cuanto intentó aniquilar la obra de civilización de siglos. Destruyó millares
de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó e incendió los archivos.
Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas, de esculturas mutiladas, de
maravillas arquitectónicas para siempre deshechas. Un caudal de arte, sobre
todo religioso, ha sido estúpidamente destrozado. Ninguna guerra, ninguna
invasión bárbara, ninguna conmoción social en ningún siglo ha causado en España
ruinas semejantes, juntándose para ello factores de que no se dispuso en ningún
tiempo: una organización puesta al servicio de un terrible propósito de
aniquilamiento, y los modernos medios de destrucción, al alcance de toda mano
criminal.
Conculcó la revolución
los más elementales principios del derecho de gentes. En forma inhumana,
centenares de presos fueron asesinados, atados e irrigados con el chorro de
balas de las ametralladoras.
Contamos los mártires
por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre Patria; pero
casi no hallaríamos en el Martirologio romano una forma de martirio no usada
por el marxismo sin exceptuar la crucifixión; y, en cambio, hay formas nuevas
de tormento que han consentido las técnicas y máquinas modernas.