Federico Silva Muñoz fue un competente ministro de Obras Públicas en los años del desarrollo y serio candidato a presidir el gobierno tanto a la muerte de Carrero como tras la dimisión de Arias. Al menos, según estas memorias, que divide en tres partes: antes, durante y después del ministerio. De la primera destacan sus empresas culturales en el seno de la Asociación católica de propagandistas (de la que fue secretario general), junto con otros que después serían importantes actores de la transición: Leopoldo Calvo Sotelo, Landelino Lavilla o Alfonso Osorio, entre otros. La parte central se dedica, por supuesto, a glosar su labor al frente del ministerio en el contexto de las sucesivas crisis de gobierno de aquel régimen, mientras que la última se centra sobre todo en la puesta en marcha de Alianza Popular y en los Pactos de la Moncloa, en los que Silva tomó parte activa.
Hay que decir que estas memorias resultan menos ácidas que
otras del mismo estilo, sobre todo porque Silva
no busca el ajuste de cuentas con nadie: de hecho, apenas se notan
malquerencias y cuando hay que decir algo menos bueno de alguien no lo cita,
“porque ya murió” o con algún otro pretexto. De este libro me quedaría con la
semblanza que hace de Franco, que
como buen técnico resume en una serie de puntos que él desarrolla y que yo aquí
simplemente enumero: una mente analítica;
una prudencia rayana en la desconfianza de todo y de todos; un profundo sentido
del deber y de su cumplimiento; una ironía y un sentido del humor poco comunes;
un ejercicio constante de la moderación; un valor extraordinario.
Destaco también la siguiente anécdota, sucedida en el
contexto de una cena-tertulia de la etapa anterior al ministerio, y que revela
el lado jocoso de un personaje normalmente tenido por adusto y carilargo:
Acababa de producirse la crisis de 1957, entonces Fueyo, dirigiéndose a
Pérez Embid que ocupaba el centro de una de las bandas de la mesa rectangular,
le preguntó: “¿Cuántos ministros hay del Opus Dei en el actual gobierno?” Pérez
Embid respondió: “Salvo Alberto Ullastres, que lo es conocidamente como yo –y mostraba
su anillo–, de los demás nada sé, al igual que si me preguntaran cuántos socios
de la Obra hay en esta mesa.” Se produjo un silencio embarazosísimo, que rompió
Leopoldo Calvo Sotelo, quien llevándose la mano al pecho y dirigiéndose a Pérez
Embid le preguntó: “Por ventura, ¿seré yo, maestro?” Fue difícil seguir
hablando.
Entre los habituales anexos,
coloca Silva Muñoz unos versos que Torcuato Luca de Tena dirigió a los
mismos contertulios agradeciendo un homenaje. Son ingeniosos, pero me llaman la
atención porque revelan quién inventó aquello del “ten con ten entre el cilicio
y el Rémy Martin” que creo que resucitó Alfonso Guerra para meterse con los del Opus Dei. Don Torcuato lo dirigía a Pérez Embid y, desde luego, sin el menor ánimo de fastidiar:
Maquiavélico del bien,
por hábil, astuto y fino
—cilicio y Rémy Martin,
cielo y tierra ten con ten—,
le decimos “florentino”.
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