Aviso para amantes de la literatura: este libro habla más de
los agentes estalinistas que de los “intelectuales”. Si buscabas saber cómo
este, el otro, el de más allá, escritores, iban cayendo bajo la fascinación del
comunismo gracias a los oficios de
Willi Münzenberg, puedes quedar decepcionado.
Stephen Koch nos narra más bien la odisea no solo de
Münzenberg, sino de
Otto Katz,
Karl Rädek,
Dimitrov y otros que operaron en Francia,
Gran Bretaña y los Estados Unidos, junto con las vidas y milagros de periodistas
o autores hoy poco recordados. De los de primera fila, destacan
Gide,
Hemingway,
Dos Passos,
Lillian Hellman y
Dashiell Hammett como los más comprometidos, pero tampoco se nos cuenta su
trayectoria ideológica sino más bien su cooperación con los agentes
estalinianos.
El tiempo que abarca es desde el final de la primera guerra
mundial hasta mediados de los años 30, cuando Münzenberg aparece muerto en un bosque suizo, probablemente
asesinado en el contexto de las grandes purgas estalinianas. Asistimos a la
creación de las organizaciones antifascistas, de los Frentes populares y de los
congresos de escritores “por la libertad”, así como a la contumacia de unos
seres que fueron capaces de orillar su “antifascismo” cuando la URSS y Alemania
firman el tratado de no agresión o de confesar cualquier cosa cuando fueron
llevados ante los “tribunales” del régimen. Y asistimos, sobre todo, a la
inmensa capacidad de propaganda del aparato comunista, que consiguió que el
caso Sacco y Vanzetti pareciera el summum de la injusticia universal mientras
que en la propia URSS morían veinticinco mil presos políticos, estimación a la
baja, en la construcción de un canal. Piensen en el caso Floyd o en lo de Minneapolis y luego en China, Irán y Venezuela y
díganme si hemos cambiado tanto.
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