La cultura clásica alcanzó el esplendor que conocemos explorando las cualidades del ser humano: una criatura que sin embargo siempre quiso ser más, desbordar las posibilidades de su naturaleza para igualarse con los dioses. Esto, que fue imposible para los antiguos, los sumió en una especie de melancólica resignación. Solo con Cristo esa vieja aspiración a sublimarse tuvo ocasión de hacerse realidad. La obra de Moeller desarrolla esa relación entre lo que llama el humanismo terreno y el humanismo escatológico: todo lo que el hombre es por naturaleza y lo que es gracias al nacimiento a lo sobrenatural hecho posible por Cristo. Para Moeller, lo que llamamos clasicismo y romanticismo en literatura está en íntima relación con esa dualidad. Tanto clásicos como románticos nos hablan de un hombre incompleto, los primeros por ceñirse a lo que ya no es, es decir, el hombre no elevado a lo sobrenatural, y los segundos por seguir buscando esa sublimación fuera de Cristo. Montaigne y Goethe serían los máximos representantes del clasicismo después de los clásicos, mientras que Rousseau y Nietzsche serían la mejor expresión de lo romántico. Solo Cervantes ha sido capaz de armonizar las dos posturas, haciendo que su héroe, paradigma de lo humano que quiso ser más, lo consiga al fin en el lecho de muerte, no como había pensado en los días de su locura sino acogiendo a su Salvador y abandonando sus fantasías: “Bendito sea el todopoderoso Dios, que tanto bien me ha hecho”.
El libro está formado por seis conferencias que ha reunido
la editorial Encuentro, como hizo con el Libertad para qué de Bernanos. Dedicaré
alguna otra entrada a ilustrar el pensamiento del autor con unas cuantas citas.

