Nada hay más temible que el celo sacerdotal de los incrédulos.
(En Juan de Mairena, claro)
CARTAPACIO DE JESÚS SANZ RIOJA
Digamos que le falta mucho para ser Bécquer, incluso para ser Espronceda,
pero no está mal.
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publicado en el número 1 de Punta Europa (enero 1956), Christopher Dawson incidía en el complejo de inferioridad de los españoles en cuanto a su historia y su cultura, partiendo de una realidad: lo poco que los extranjeros se ocupan de España.
...mientras la política española ha despertado siempre profundo interés
y controversia, la historia de España ha sido extrañamente abandonada por la
mayoría de los que han escrito sobre cultura europea [...] [Estos], salvo alguna rara excepción, como Ranke en
el pasado o Curtius actualmente, han mostrado una extraordinaria falta de
interés y, con frecuencia, una sorprendente ignorancia sobre cuál haya sido la
contribución de España a la herencia común de la cultura occidental o sobre la
luz que la evolución de España pueda arrojar sobre el proceso de la evolución
europea.
Tenga esto o no que ver, lo cierto es que los españoles
pasaron mucho tiempo (quizá hasta hoy mismo) cuestionando su europeidad, cuando
no, añado por mi cuenta, problematizándose a sí mismos por esa razón.
No hay nación que haya prestado mayor atención a sus relaciones con
Europa, al problema de cómo conciliar su propia y característica tradición
nacional con la línea general de la cultura europea. Esto ha ocurrido
particularmente en los últimos 50 o 60 años, desde 1898, en cuando que la
generación del 98 fue profunda y casi morbosamente consciente de la divergencia
entre España y Europa, y de la necesidad de una nueva síntesis que asegurase
las características esenciales de la cultura española, poniendo fin a la vez al
aislamiento en que se había hallado España durante el siglo XVIII y buena parte
del XIX.
Si es que ese aislamiento fue real, como vienen dudando, y
ya es hora, muchos revisionistas de nuestro siglo. Lo curioso es que
En el Norte, la idea de Europa se asocia a la idea de tradición y
especialmente a la idea de Cristiandad como unidad supranacional. En España,
por el contrario, el concepto de Europa ha adquirido un carácter
antitradicional. Se asocia con innovación e introducción de nuevas formas de
vida y de ideas revolucionarias y subversivas.
“El Señor no nos pide no tener enemigos, sino amarlos”, dice el cardenal Sarah. San Josemaría, sin embargo, nos exhortaba a tener sólo amigos, “de la izquierda y de la derecha”; se refería, claro, a no tener enemigos personales. En ese sentido, amar a los enemigos es lo mismo que no tenerlos. Sarah se refiere a los que son enemigos nuestros por serlo de la Iglesia: esos no podemos ignorarlos, pero
la fortaleza cristiana tiene que infundir en nosotros el coraje para
enfrentarnos sin miedo a las sonrisas desdeñosas de los biempensantes, de los
medios y de las supuestas élites. Debemos recuperar la audacia de hacer frente
a la inquisición secularista que expide certificados de buena conducta y
estigmatiza desde lo alto de la autoridad que se ha conferido a sí misma.
(En Se hace tarde y anochece,
capítulo 17)
Con motivo de la entrevista que Francisco concedió a Antonio Spadaro a los seis meses de su elección, el nuevo Papa pidió a Benedicto su
parecer sobre lo que allí se decía. A propósito del modo en que los católicos
debían hablar sobre cuestiones como el aborto o la homosexualidad, Benedicto muestra su acuerdo en
términos diplomatiquísimos (y respetuosísimos, por supuesto). Sin embargo,
Me gustaría añadir un aspecto complementario. Por haber vivido 23 años
junto al Beato Juan Pablo II, fui testigo del modo apasionado con el que llevó
adelante su lucha por la vida. Comprendí que el beato Papa veía en la lucha pro-vida, junto con la lucha por los derechos
humanos, un núcleo esencial de su misión. Y comprendí también que para Juan
Pablo II esto no era un moralismo, sino la lucha pro la presencia de Dios en la
vida humana. Juan Pablo II, así lo aprendí, había comprendido que el aborto y
las formas de procreación artificial, de manipulación y de destrucción de vidas
humanas eran sustancialmente un “no” al Creador. El hombre por sí solo se crea
y se destruye. En este sentido, la gran lucha pro-vida fue la lucha por el Creador. Es verdad que en varias ramas del
movimiento pro-vida no estaba
suficientemente presente esta gran perspectiva y no faltaba el unilateralismo.
Por consiguiente, es necesario un reequilibrio, pero la lucha pública contra
esta negación concreta y práctica del Dios vivo sigue siendo ciertamente una
necesidad.
Con respecto a la homosexualidad y cuestiones conexas:
La filosofía del gender que aquí
está en juego nos enseña que es la misma persona particular la que se hace
hombre o mujer. El ser hombre o mujer ya no es una realidad de la naturaleza
que nos precede. El hombre es un producto de sí mismo. La filosofía de Sartre
se concretó de una manera que en aquel momento todavía no era previsible. Se trata
de una negación radical del creador y de una manipulación del ser en la que
solo el hombre es dueño de sí mismo. En esta propaganda no nos interesa para
nada el bien de las personas homosexuales, sino una voluntad de manipulación
del ser y una negación radical del Creador. Sé que muchas personas homosexuales
no están de acuerdo con estas manipulaciones y sienten que el problema de su
vida se convierte en un pretexto para una guerra ideológica; por consiguiente,
es necesaria una resistencia fuerte y pública contra esta presión. Debemos lleva
a cabo esta resistencia sin perder el equilibrio entre el amor del pastor y la
verdad de fe en la vida pastoral.
Dejo constancia también de un par de perplejidades de Benedicto XVI, que comparto.
Con respecto a Amoris laetitia,
...continuaba sin comprender el motivo por el que se había dejado
flotar en el documento una cierta ambigüedad, que permitía interpretaciones no
unívocas.
Y, sobre los Dubia
presentados por cuatro cardenales acerca del mismo documento,
Benedicto se quedó solo humanamente sorprendido por la ausencia de
cualquier señal de réplica por parte del Pontífice, a pesar de que Francisco
normalmente se mostraba disponible a reunirse y a hablar con cualquiera.
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...odiaba con todo el
odio de que era capaz la generación naciente, esos patanes aterradores a
quienes parece resultarles necesario hablar y reírse a todo pulmón en los
restaurantes y cafés...
En Joris Karl Huysmans,
A contrapelo (1884)