D. Stephen Long es un teólogo metodista y por tanto no vamos a encontrar aquí un desarrollo de la Doctrina social de la Iglesia, entendiendo por Iglesia la católica romana, sino el personal punto de vista del autor, eso sí, ampliamente contrastado con otras muchas visiones del asunto, tanto católicas como de otras confesiones. Dije “entendiendo por Iglesia” y es que aquí el autor se refiere continuamente a la Iglesia tal como nosotros los católicos estamos acostumbrados a oírlo, pero cuidado, porque, sin duda, su idea de Iglesia es otra, ya sea el conjunto de las confesiones cristianas o la Iglesia escatológica, la de los elegidos cuyo número solo Dios conoce. Por el contexto, cabe optar por lo primero. Deduzco que entre los metodistas es normal hablar así, frente a los protestantes que se refieren a “las Iglesias”, identificadas con cada comunidad local. O puede que hable de la Iglesia como unidad de convivencia, como quien dice la nación o el municipio, cosa que también apoya el contexto. En cuestiones ecuménicas ando un poco en la inopia.
El asunto es “Teología, Iglesia y orden social”, tal como
reza el subtítulo. Pero se parte de la idea del bien y del mal, de cómo
seguimos “atrapados” en el bien, de cómo el bien nos sigue “fascinando” a pesar
del “más allá” al que quiso llegar Nietzsche
y a pesar del relativismo imperante. La primera parte del libro (la menos
atractiva, creo) se dedica a criticar la idea kantiana de que el bien es un
ente de razón que subsistiría más allá de la religión. Establecido que no hay
más bien que la bondad de Dios, la segunda parte se dedica a pensar las
relaciones entre la Iglesia y las comunidades naturales que él denomina en
griego abriendo cada capítulo: oikos,
ágora, polis: familia, patria chica, patria extensa. Long parece entender la Iglesia como una comunidad realmente
actuante en la sociedad, a la que se debe prestar oído, cosa que parece normal
en un país (los Estados Unidos) en que una gran parte de la población se sigue
identificando con su confesión cristiana, pero lejos de la laicidad (aun sana) de que nos preciamos en Europa. De
hecho, el argumentar con la ley natural,
como solemos hacer por aquí los cristianos, le parece a Long contraproducente, puro kantismo, si lo he entendido bien, y
puro colaboracionismo con el sistema capitalista, producto de aquel error de
partida y del cual no deja el autor de dejar clara su desaprobación.
Lo que no dice el autor (o se me ha pasado) es cómo se haría
realidad esa eclesiocracia respetando
la libertad individual en un mundo donde convive todo tipo de creencias y no
creencias: ah, pero es que este concepto, el de libertad, es también mirado con
recelo por el autor como kantianamente aspirante a sustituir a Dios. Sin
embargo, las enseñanzas de los últimos pontífices nos han enseñado a ver como
compatibles el cristianismo y las libertades cívicas. Por eso, me quedo con la sana laicidad, al menos hasta ver un
Occidente de plena cristiandad, hoy por hoy utópico. Pero me alegro de conocer
otros puntos de vista sobre la cuestión, alejados también del tradicionalismo
al uso, a pesar de lo abstruso (para mí y otros gañanes como yo) del ensayo de Long.
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