23 junio 2026

El espectador, V y VI

El quinto volumen de El espectador consta de dos partes: unas “Notas del vago estío” tomadas, se supone, a lo largo de un viaje por Castilla, y un ensayo sobre “Vitalidad, alma y espíritu”. De la primera parte destacan unas “Ideas sobre los castillos” que llevan al autor a muy diversos parajes intelectuales, desde la diferencia entre liberalismo y democracia (crucial en Ortega, como sabemos) hasta el origen del concepto de criado, pasando por unas interesantes reflexiones en torno a la muerte como cifra de lo que uno ha pretendido que sea su vida (no que “un bel morir tutta una vita honora”, sino que una bella muerte es el símbolo de una vida bella, digamos). En la segunda parte, de un modo un tanto caprichoso, relaciona esos tres conceptos con las potencias del alma humana: voluntad, intelecto, sentimientos, emociones. Como todo en Ortega, bien pensado pero sumamente discutible.

El sexto volumen reúne conferencias, artículos y textos de diverso origen que le sirven, como de costumbre, para divagar en torno a las cuestiones más variopintas. De su estudio sobre el fascismo (“sine ira et studio”, lo cual era ya, en efecto, bastante difícil), destaca su idea de que lo que le caracteriza es su ilegitimidad, dicho no como reproche sino como característica asumida, como propio de un movimiento político que surge en tiempos en que los europeos estaban hartos de todas las “legitimidades”. Es interesante también su visión del romanticismo en la conferencia que impartió con motivo de la inauguración del Museo Romántico, así como su “Interpretación bélica de la historia”, donde reivindica el papel de la guerra como motor de los cambios históricos, frente a Marx y su interpretación económica.

__

 

19 junio 2026

Violencia de género

“...mira, Leónides, y no creas que mi hermana es más lista; es más listo su marido... y hay aguas y aguas, Leónides, que yo solamente las veré ya en el río. Y no porque mi hermana sea más lista; es más listo su marido... ya ves, cómo son las cosas. Siempre se decía que yo andaba más rápida a hacer las cosas que mi hermana, pero no esta vez: y es que es más listo su marido... Y no te vayas a dormir para abrir, en la mañana, la tienda. Tampoco te duermas para cerrarla, que tú pareces el revés de un reloj. Naciste en calma y eso no te ha perjudicado solamente a ti, que también a mí. Ya ves, calma o falta de los jugos necesarios para hacer un hijo. Y mi hermana que parecía que hasta no sabía cómo comportarse con un marido, va y se embaraza; yo no sabía mucho pero sí más que ella, que fui yo la que le tuve que decir: `hija, hermana, mujer, que te casas mañana (porque el día que se lo dije era la víspera) y no sabes ni si es legal que él se apropie de tu íntimo´... Supongo que te vas a arreglar mal y eso que te dejo hasta el pan comprado, la cama hecha, la casa ventilada, la ropa planchada, y mires lo que mires, hecho. Que yo cumplo contigo y tú, bueno, no quiero volver a tal falta. Que mi hermana era de las que dudaban en casarse, porque decía que se le antojaba revoltijo lo que tenía que hacer con un hombre (ella era virgen, como yo, no te creas), que era acción que le daba miedo. Y yo le dije: `hija, hermana, mujer, por un hijo, las molestias que sean´. No creas, ella no tenía esta devoción que yo tengo por un hijo, y ya ves..., injusticia. Que ella lo tiene y yo... ¿Qué hora es? Que hablo y hablo, y para lo que voy a arreglar..., me da igual ser muda. Te queda un pollo asado y el pan reciente, y la cama hecha, y la casa ventilada y la ropa planchada. Cuando nazca el niño de mi hermana, ¿a que no sabes qué estaré pensando? A poco listo que fueras, lo sabrías. Pero ni ganas tienes de ser listo conmigo, que parece que te desmejoras y que te paro yo, cuando lo único que quiero es que andes... De novio me dijiste: `Laurita –aunque opinabas que Laura era más elegante–, que yo tengo las fuerzas –y los dos sabíamos a lo que te referías– bien puestas... Y me hablabas de la Biblia, de los pájaros libres y de los enjaulados. Y yo solté los míos, por ti. Y tampoco aquello parecía después necesario. Y cuando hablabas de la Biblia..., Dios, cuánto sabías. Hasta que entendí que lo sabías todo menos la creación, o sea cómo crear un hijo... Y que esto ya es materia vieja, pero que no se me pasa. Y yo, con estas ganas, cómo voy a ser estéril; imposible. Podías meditar, mientras estoy fuera estos dos días, qué te falta para cumplir con el mandato de cualquier matrimonio: creced y multiplicaos, hijo, Leónides, que es un dogma para nosotros desierto. Que no crees en los dogmas, dices a veces. También dices que eras un mentiroso ya de niño. Y un niño mentiroso hace un hombre mentiroso. Mentiroso, pero no seco. Y, ¿qué hora es? Menos mal que yo ya calculo las horas con muchos minutos de más, así llego a todas partes. Y que lo de mi hermana me ha soltado la lengua, ¿no llevo tiempo hablando? Todo es poco. Aquí está mi barriga plana, ¿has visto barriga más plana? Es una triste barriga... Y no te duermas para abrir. Y tampoco para cerrar... Ya ves que te dejo poco tiempo. Podía irme una semana, no sería injusticia. Ya ves cómo vuelvo de rápido a mi puesto. Que sé mi deber. Ya podías tú saber, así de bien, el tuyo. Ah, y casi se me olvida. Que nadie, digo nadie, ni niños ni mayores, suban a la casa, pues, aunque está limpia y ventilada, resulta que no me da la gana. Es, ¿cómo te diría yo?, como si se asomaran a mis interiores... ¡y es que la casa es mucho para mí! Nadie tiene que subir... Y no por limpia y ventilada... ¡Hijo! ¡Me entretienes! ¡Si supieras tus deberes, no tendría que explicarme yo tanto! Sobre mal, mal. O sobre mal, peor. Te dejo ya, ¿quieres algo antes de que desaparezca por esa puerta?

En Elena Santiago, Amor quieto.



 

15 junio 2026

Amor quieto

Elena Santiago nos cuenta una de amor en el ámbito rural en que suele desarrollar sus creaciones. La niña Avi traba una curiosa amistad con el maduro Leónides, que se convierte en pasión amorosa cuando ella se hace mujer y él queda viudo. El matrimonio de Leónides había sido más bien desafortunado, con una mujer a la que solo le interesaba concebir y que nunca lo logró. Por parte de Avi, la vida tampoco había sido una alegría perenne: la muerte de su hermana había trastornado a su padre, que les abandona, y su tía Gela parece no vivir más que para poner peros a su relación con Leónides.

En fin, una historia de animales racionales (cero Dios) que la autora narra con una prosa exquisita, de cierto barroquismo a lo hispanoamericano, pero sin agobiar, como en algunos de estos. Opta por una doble primera persona, un capítulo narrado por ella, otro por él, alternancia que sólo alguna vez se rompe. Lo cierto es que no consigue que estos amores nos conmuevan ni nos enfaden. Que tengas suerte, Leónides, y que no te deje la moza cuando flaqueen tus potencias.

__

 

 

 

13 junio 2026

Plácida, la joven

Plaza & Janés reunió, en su colección El ave Fénix, tres historias cortas de Elena Quiroga aparecidas por primera vez en la década de los 50: “Plácida, la joven”, “Trayecto 1” y “La otra ciudad”. En la primera, la voz narrativa, una mujer, muestra su consternación por la muerte de una joven madre a quien no tuvo tiempo de dedicar unas palabras en el tiempo en que convivieron en el mismo pueblo gallego. Plácida se convierte en imagen de todo ser humano, criatura desamparada y abocada a la muerte, imagen también, por tanto, de la propia narradora, que proyecta en la difunta su propia inquietud existencial.

En “Trayecto 1” el tema es el mismo, pero aquí pasamos del personaje individual al protagonista colectivo, el que se da cita en una línea de autobús madrileña. Hay también un narrador que actúa como cámara subjetiva, pues es uno de los usuarios del transporte. El paso de Joyce por la literatura es aquí palpable, pues Elena Quiroga usa tanto del diálogo caótico y del cambio rápido de enfoque que a veces es difícil seguirla. La muerte también hace acto de presencia, en el último tramo narrativo, en la persona de una hija del conductor, víctima de un absurdo accidente.

“La otra ciudad” es un cementerio, donde habita la familia protagonista, allí empleada. Aquí el eco del neorrealismo es más notorio, también en la opción por el narrador externo, con abundancia de estilo indirecto libre. Dentro de las ordinarias vicisitudes de la familia, el tramo final, con la crónica de la vocación sacerdotal del hijo menor, parece casi un relato dentro del relato, adherido de modo un tanto endeble.

__

11 junio 2026

El bien es universal

El azar me ha llevado a leer, uno detrás de otro, un libro que defiende la existencia de la verdad y otro que hace lo propio con el bien. David Cerdá reivindica la moral como ciencia, lo que implica que es capaz de llegar a conclusiones ciertas y válidas universalmente, contra la difundida creencia acerca de lo contrario. Y, a la vez, defiende la identidad entre ética y moral, contra quienes piensan que aquella se refiere a lo que es válido para todos y en todo momento, mientras que ésta tiene como objeto lo que es válido solo para una comunidad humana determinada: la ética sería, pues, universal, y la moral relativa.

“Cualquier otra ciencia es perjudicial para quien carece de la ciencia de la bondad”, asegura Montaigne en cita que encabeza el volumen. Como ciencia, la moral es capaz de progresar, pero al hombre de cada tiempo le compete asumir ese progreso o por el contrario rechazarlo y refugiarse en posturas que suponen un subdesarrollo, como son el amoralismo, el nihilismo y el subjetivismo, que el autor desarrolla en uno de sus capítulos. Dedica también un espacio interesante a desmontar la importancia concedida a los “valores”, concepto vaporoso del que con frecuencia se echa mano para evitar hablar del bien.

__

08 junio 2026

Príncipe Valiente, 1942-1944

Val deja en estos números sus aventuras romanas para partir hacia nuevos lances heroicos, con algún receso en Camelot. Damas vengadoras, vikingos, ladrones, caballeros presuntuosos y doncellas bravas, junto con las propias fuerzas de la naturaleza (él y sus hombres llegan a encontrarse con el Kraken, que los ignora olímpicamente), son sus oponentes. Vemos a Gawain ceder alguna vez a las debilidades humanas pero siempre resurgiendo, y a Val, como siempre, sucumbiendo solo a su pundonor. Sus cualidades de luchador, estratega y artífice de todo tipo de trucos no varían, mientras que en las temporadas de descanso sigue ejerciendo de trovador y galanteador de doncellas. Hay un reencuentro con su padre, cuyo reino habrá de defender de nuevo, y con el viejo usurpador Sligon, convertido en personaje de comedia. La edición, como el tomo anterior que comenté, es de Planeta de Agostini, 2006.

__

04 junio 2026

El destronamiento de la verdad

Rialp publica bajo este título tres breves textos de Dietrich von Hildebrand: el primero y el tercero aparecieron como artículos en revistas y el segundo es un capítulo dentro de una obra mayor. La idea común es, claro, la que expresa el título: el desprecio de la noción de verdad en la actividad filosófica y, como consecuencia, el escepticismo instalado en la vida cotidiana.

El primer artículo, que se titula como el libro, ofrece un repaso a las diferentes tendencias negadoras de la verdad: nihilismo, historicismo, relativismo, y su plasmación en los regímenes totalitarios, y señala a Kant como predecesor de todo ello, al sustituir la verdad objetiva por el postulado. Para Hildebrand, hay que devolver a la razón su ordenación hacia la verdad: en último término, volver a la luz suprarracional de Cristo.

Porque Cristo es la verdad hecha persona, y la fe en Él no puede separarse de lo que Él es. El segundo texto (“El debilitamiento de la verdad”) pone de manifiesto que la fe en presupone la fe que: es lo que los teólogos llaman, respectivamente, fides qua y fides quae. La absoluta confianza en Cristo, la fe de los protestantes, no puede obviar la adhesión a los misterios revelados.

Enlazando con esto, el último ensayo, “Falsos frentes”, muestra cómo “...a lo largo de los dos mil últimos años en el mundo solo ha habido dos frentes: el frente a favor de Cristo y el frente en contra de Cristo. Él es la piedra angular que distingue a todos los espíritus. Cualquier otra antítesis evita la cuestión fundamental y, por tanto, es superficial”. Esto no presupone una fe personal, sino que “el criterio es la cuestión de en qué medida nos adherimos a los principios del Occidente cristiano en el aspecto moral, legal, sociológico y cultural”. Adhesión que se manifiesta, como condición sine qua non, en “el respeto profundo a la verdad”.

__