01 marzo 2026

De qué me suena

Sin la agresión comunista las cosas se hubieran planteado de muy distinta manera. Pero la agresión comunista era un hecho. La voluntad de resistirla no era debida a un espíritu intolerante, sino a un natural deseo de seguir viviendo. […] También es falso que el aumento de la tensión entre los dos bandos españoles tuviera por causa un miedo reciproco. Dos de los puntos del programa comunista, el exterminio de los llamados enemigos de clase –por el solo hecho del nacimiento o de la cultura adquirida—y la implantación de un régimen general de terror, incluso sobre los propios adeptos, no dejaba de ser razonable que provocara un cierto temor en las presuntas víctimas. Pero no había nada semejante en ningún programa anticomunista. Ni siquiera la palabra “anticomunismo” gozaba de general aceptación, a diferencia de lo que sucedía con la de “antifascismo” convertida en consigna suprema, no ya del comunismo en general, sino de sus compañeros de viaje, para arrojarla indistintamente sobre todos los adversarios, incluidos lo comunistas de cualquier otra cepa. Encontrar un justo término medio, en estas circunstancias, entre las dos conductas aparecía tan difícil como encontrarlo entre un orden jurídico y el delito, o entre la justicia y la parcialidad. El que mata en legítima defensa no es un extremista, ni se defiende sólo a sí mismo, sino al Derecho y a la sociedad contra los que atenta el agresor. Los consejos de no detener con demasiada brusquedad el brazo asesino se parecen demasiado a un propósito de complicidad. Fue el efecto que nos hicieron siempre, a los que nos empeñábamos en no meter la cabeza debajo del ala, los diferentes sectores republicanos “moderados y centristas”, desde los de Alcalá Zamora y Miguel Maura, con sus promesas iniciales de “república bajo la advocación de San Vicente Ferrer, con mucha compostura y mucha Guardia Civil”, hasta el de Gil Robles con su tópico tenazmente repetido “de que la república era el régimen que el pueblo se había dado”, por lo que “había que retorcerse el corazón” y defenderla.

(Juan Ignacio Escobar, Así empezó…, pp. 292-293)

Y no te digo nada si hubieran conocido la palabra polarización



24 febrero 2026

La bondad de Dios

D. Stephen Long es un teólogo metodista y por tanto no vamos a encontrar aquí un desarrollo de la Doctrina social de la Iglesia, entendiendo por Iglesia la católica romana, sino el personal punto de vista del autor, eso sí, ampliamente contrastado con otras muchas visiones del asunto, tanto católicas como de otras confesiones. Dije “entendiendo por Iglesia” y es que aquí el autor se refiere continuamente a la Iglesia tal como nosotros los católicos estamos acostumbrados a oírlo, pero cuidado, porque, sin duda, su idea de Iglesia es otra, ya sea el conjunto de las confesiones cristianas o la Iglesia escatológica, la de los elegidos cuyo número solo Dios conoce. Por el contexto, cabe optar por lo primero. Deduzco que entre los metodistas es normal hablar así, frente a los protestantes que se refieren a “las Iglesias”, identificadas con cada comunidad local. O puede que hable de la Iglesia como unidad de convivencia, como quien dice la nación o el municipio, cosa que también apoya el contexto. En cuestiones ecuménicas ando un poco en la inopia.

El asunto es “Teología, Iglesia y orden social”, tal como reza el subtítulo. Pero se parte de la idea del bien y del mal, de cómo seguimos “atrapados” en el bien, de cómo el bien nos sigue “fascinando” a pesar del “más allá” al que quiso llegar Nietzsche y a pesar del relativismo imperante. La primera parte del libro (la menos atractiva, creo) se dedica a criticar la idea kantiana de que el bien es un ente de razón que subsistiría más allá de la religión. Establecido que no hay más bien que la bondad de Dios, la segunda parte se dedica a pensar las relaciones entre la Iglesia y las comunidades naturales que él denomina en griego abriendo cada capítulo: oikos, ágora, polis: familia, patria chica, patria extensa. Long parece entender la Iglesia como una comunidad realmente actuante en la sociedad, a la que se debe prestar oído, cosa que parece normal en un país (los Estados Unidos) en que una gran parte de la población se sigue identificando con su confesión cristiana, pero lejos de la laicidad (aun sana) de que nos preciamos en Europa. De hecho, el argumentar con la ley natural, como solemos hacer por aquí los cristianos, le parece a Long contraproducente, puro kantismo, si lo he entendido bien, y puro colaboracionismo con el sistema capitalista, producto de aquel error de partida y del cual no deja el autor de dejar clara su desaprobación.

Lo que no dice el autor (o se me ha pasado) es cómo se haría realidad esa eclesiocracia respetando la libertad individual en un mundo donde convive todo tipo de creencias y no creencias: ah, pero es que este concepto, el de libertad, es también mirado con recelo por el autor como kantianamente aspirante a sustituir a Dios. Sin embargo, las enseñanzas de los últimos pontífices nos han enseñado a ver como compatibles el cristianismo y las libertades cívicas. Por eso, me quedo con la sana laicidad, al menos hasta ver un Occidente de plena cristiandad, hoy por hoy utópico. Pero me alegro de conocer otros puntos de vista sobre la cuestión, alejados también del tradicionalismo al uso, a pesar de lo abstruso (para mí y otros gañanes como yo) del ensayo de Long.

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20 febrero 2026

Más Steinhardt

…la fe en Dios me parece, en el pleno sentido de la palabra, el hecho más realista que puede existir: es la aceptación de la realidad y el abandono de las ilusiones. Por eso pide humildad; por eso la iglesia [sic] pone tanto énfasis en la humildad: no hay nada más difícil que renunciar a las fantasías. (Diario, p. 148)

…el consejo que lord Chesterfield le dio a su hijo: oirás muchos discursos bellos en la Cámara de los Comunes, algunos te harán cambiar de opinión, pero que ninguno cambie tu voto. (Diario, p. 153)

[Por supuesto, quien dice “oirás muchos discursos bellos en la Cámara… dice “leerás muchas informaciones bien contrastadas en los periódicos”]

Monseñor Hélder Câmara, arzobispo de la ciudad de Recife (también llamada Pernambuco), el cura “rojo”.

Se le aplica Mateo 24, 23-24:

“Entonces, si alguno os dice: ‘Mira, el Mesías está aquí o allí’, no lo creáis. Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas y harán grandes señales y prodigios con el propósito de engañar, si fuera posible, aun a los mismos elegidos”.

Creo que este alto prelado con la flor roja en el ojal es culpable de ese pecado de cuya existencia estoy plenamente convencido: el pecado de la estupidez. (Diario, p. 566)

 


17 febrero 2026

Un par de datos sobre Salamanca 12 de octubre 36

Se organizó un gran alboroto. En medio de él Millán Astray lanzó un ¡muera la intelectualidad!, y a continuación uno de sus conocidos ¡viva la muerte! El alboroto se convirtió en conato de tumulto. Unamuno estuvo a punto de ser agredido. El propio Millán Astray, para protegerle, tuvo que indicarle que saliera del local dándole el brazo a la señora de Franco.

Diez días después, el 22 de octubre, se disponía el cese del Rector de la Universidad de Salamanca. Pero conforme a una regla que había de convertirse en costumbre a lo largo del régimen de Franco, de no inclinarse nunca, en caso de cualquier discordia, en favor de ninguna de las partes, se cesó también al general Millán Astray [como director de la oficina de prensa y propaganda].

En Así empezó…, de José Ignacio Escobar, capítulo X.

 


13 febrero 2026

“El vuelo onírico acabó en el Gulag”,

sentenciaba Vintila Horia a propósito de la deriva comunista del surrealismo francés. Esa deriva fue obra, según Stephen Koch, de Louis Aragon,

supervisado en todo momento por su esposa Elsa Triolet, quien, al igual que Koudachova y Moura Budberg, era otra “dama del Kremlin”.



11 febrero 2026

El fin de la inocencia

Aviso para amantes de la literatura: este libro habla más de los agentes estalinistas que de los “intelectuales”. Si buscabas saber cómo este, el otro, el de más allá, escritores, iban cayendo bajo la fascinación del comunismo gracias a los oficios de Willi Münzenberg, puedes quedar decepcionado. Stephen Koch nos narra más bien la odisea no solo de Münzenberg, sino de Otto Katz, Karl Rädek, Dimitrov y otros que operaron en Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, junto con las vidas y milagros de periodistas o autores hoy poco recordados. De los de primera fila, destacan Gide, Hemingway, Dos Passos, Lillian Hellman y Dashiell Hammett como los más comprometidos, pero tampoco se nos cuenta su trayectoria ideológica sino más bien su cooperación con los agentes estalinianos.

El tiempo que abarca es desde el final de la primera guerra mundial hasta mediados de los años 30, cuando Münzenberg aparece muerto en un bosque suizo, probablemente asesinado en el contexto de las grandes purgas estalinianas. Asistimos a la creación de las organizaciones antifascistas, de los Frentes populares y de los congresos de escritores “por la libertad”, así como a la contumacia de unos seres que fueron capaces de orillar su “antifascismo” cuando la URSS y Alemania firman el tratado de no agresión o de confesar cualquier cosa cuando fueron llevados ante los “tribunales” del régimen. Y asistimos, sobre todo, a la inmensa capacidad de propaganda del aparato comunista, que consiguió que el caso Sacco y Vanzetti pareciera el summum de la injusticia universal mientras que en la propia URSS morían veinticinco mil presos políticos, estimación a la baja, en la construcción de un canal. Piensen en el caso Floyd o en lo de Minneapolis y luego en China, Irán y Venezuela y díganme si hemos cambiado tanto.

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07 febrero 2026

Steinhardt, de nuevo

Releo parcialmente el Diario de la felicidad. Anoto unas cuantas cositas.

Miles de demonios me corroen cuando veo que se confunde el cristianismo con la estupidez, con una especie de beatería boba y cobarde, una bondieuserie (es la expresión de tante Alice), como si la finalidad del cristianismo consistiera en que las fuerzas del mal se burlen del mundo y hagan posible la injusticia, puesto que, por definición, el cristianismo estaría condenado a la ceguera y a la paraplejia.

Después de haber conocido a Cristo te es difícil pecar, te da una vergüenza terrible.

[Aquí cabría matizar que conocer a Cristo no es simplemente tener nociones de religión cristiana sino estar acostumbrado al trato con Jesucristo).

De la frase de Arthur Miller [“Ninguna píldora puede volvernos inocentes”] se deduce también que la felicidad y la tranquilidad no las podemos crear nosotros solos, por vía material --y que nos vienen dadas desde arriba--.

Una prueba más de la existencia de Dios.