Algo que nos puede enseñar a los cristianos una persona en
esta situación es lo absurdo que resulta rezar limitándose a “menear los
labios”, que decía Santa Teresa. Su
ensayo sobre el Padrenuestro, contenido aquí, es tan hondo y admirable que le
lleva a uno a proponerse no volver a decirlo mecánicamente. Es probablemente la
parte más jugosa del libro, compuesto de unas cartas, al padre Joseph Perrin la mayoría, y una serie
de ensayos, el más extenso (y complejo) el dedicado a “las diversas formas del
amor implícito a Dios”, concepto éste que constituye una de las claves de su sentir
religioso. De todo, me quedo con esto:
La belleza del mundo
es la sonrisa llena de ternura que Cristo nos dirige a través de la materia.
(“El amor al orden del mundo”)
...es una equivocación
reprochar a los místicos la utilización del lenguaje amoroso. Ellos son sus legítimos
poseedores.
(Id.)
El reino de Dios es el
Espíritu Santo llenando por completo toda el alma de las criaturas inteligentes.
(“Sobre el Padrenuestro”)
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