17 octubre 2026

A la espera de Dios

A los que estamos en la Iglesia desde niños nos resulta difícil saber por qué una persona tan cercana al cristianismo, que conoce tanto de Jesucristo y se esfuerza por vivir como Él vivió fue tan reacia a entrar en ella. Y más con pretextos tan pueriles como la Inquisición o las cruzadas. Le costó ver a la Iglesia como un organismo sobrenatural, y sin embargo alguna vez se refiere, en este libro, a “la salvación por el conducto que Él estableció”, o algo así. Tampoco convence eso otro de la solidaridad con quienes estaban fuera. Y, sin embargo, Simone Weil parece una persona tan sincera que no queda más remedio que creerla cuando dice que su conciencia le manda permanecer en el umbral.

Algo que nos puede enseñar a los cristianos una persona en esta situación es lo absurdo que resulta rezar limitándose a “menear los labios”, que decía Santa Teresa. Su ensayo sobre el Padrenuestro, contenido aquí, es tan hondo y admirable que le lleva a uno a proponerse no volver a decirlo mecánicamente. Es probablemente la parte más jugosa del libro, compuesto de unas cartas, al padre Joseph Perrin la mayoría, y una serie de ensayos, el más extenso (y complejo) el dedicado a “las diversas formas del amor implícito a Dios”, concepto éste que constituye una de las claves de su sentir religioso. De todo, me quedo con esto:

La belleza del mundo es la sonrisa llena de ternura que Cristo nos dirige a través de la materia.

(“El amor al orden del mundo”)

...es una equivocación reprochar a los místicos la utilización del lenguaje amoroso. Ellos son sus legítimos poseedores.

(Id.)

El reino de Dios es el Espíritu Santo llenando por completo toda el alma de las criaturas inteligentes.

(“Sobre el Padrenuestro”)

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