Si el culto católico desapareciera, los gobiernos
deberían subvencionar una catedral. Culto al misterio de nuestra alma. Conviene
no cegar ninguna fuente de sensibilidad.
En el Diario de Manuel Azaña, durante su asistencia a las vísperas de Navidad en la catedral de París.
No viene mal recordarlo ahora que en Zaragoza van a quitar la exención del IBI a la Iglesia.
30 septiembre 2016
28 septiembre 2016
El arte de la novela
El más interesante, para el lector español, de los ensayos
que componen este volumen es el primero, "La desprestigiada herencia de
Cervantes". Para Kundera, si es cierto que los filósofos se han
olvidado del ser, "con Cervantes se ha creado un gran arte europeo
que no es otra cosa que la exploración de este ser olvidado". Más adelante
dirá, como quien no quiere la cosa, que el novelista no ha de rendir cuentas a
nadie, salvo a Cervantes, frase que creo que se puso de cinta
promocional en la portada del libro. La novela, como repite muchas veces Kundera,
consiste en colocar al hombre frente a unas condiciones existenciales
determinadas y propias de cada creación. El autor cita repetidamente a los
autores que de modo más genial realizaron este cometido, y que resultan ser,
junto a Cervantes, Hermann Broch, Kafka, Diderot, Balzac
y Laurence Sterne. A Broch y a Kafka van dedicados de modo
monográfico algunos de estos trabajos.
Desde luego, que te fascine El castillo cuando tienes
catorce años anuncia ya a un lector excepcional, y Kundera demuestra
serlo en estos escritos. Es mérito, cuando se es un disidente del comunismo, no
apropiarse a Kafka para la causa. No es que no reconozca que sus obras
describen a la perfección el universo totalitario, pero reconoce que hubieran
tenido el mismo valor si no se hubiese producido la irrupción de esos sistemas.
A la espera de comprobar qué tal novelista es él mismo, las observaciones
contenidas en este volumen revelan una intuición que muchos quisiéramos para
nosotros.
17 septiembre 2016
Ver a Cristo, ver a Mahoma
Leo a uno de mis publicistas favoritos: "Ahora llaman a
nuestra puerta cientos de miles, quizá millones, de refugiados que huyen de la
guerra y el hambre; es Cristo quien viene, pero Europa lo ve como un peligro y,
paralizada por el pánico, se atrinchera detrás de sus muros".
Y pienso que lo que yo veo es justamente lo contrario: que
son los gobernantes que más apuestan por la laicidad y los que se están
cargando a Europa con sus políticas antifamiliares quienes más partidarios se
muestran de abrir las puertas, mientras que los celosos de la identidad europea
y cristiana optan por mantener bajo control el fenómeno migratorio. ¿Extraño?
No tanto si uno aplica la sencilla operación que proclamaba
el castizo personaje de La verbena de la paloma: distinguir. "Porque
tú, a veces, no distingues".
Si yo soy cristiano, tengo que ver a Cristo en cada persona
que se cruza en mi camino: porque él vive, o está deseando vivir, en Alí, en
Nelson Francisco o en Tsvetelin, y por Alí, por Nelson Francisco y por
Tsvetelin ha dado toda su sangre. Y por eso merecen que los trate como lo haría
con el mismo Hijo de María.
Pero si yo soy político, estoy obligado también a ver a
Mahoma. Y Mahoma significa problemas. Y yo estoy ahí para procurar el bien de
mis ciudadanos. Por eso encuentro perfectamente compatible mantener con mi
dinero a uno, a dos o a diez refugiados, hasta que puedan regresar a su país en
paz, y promover políticas de control de la inmigración cuando existe un riesgo
cierto de conflicto social o de entrada masiva de individuos peligrosos en un
contexto internacional de alerta por terrorismo. Tampoco es cristiano chuparse
el dedo.
15 septiembre 2016
La caridad bien entendida
...empieza por uno mismo pero sólo si se entiende como lo hace el personaje del Diario de un cura rural.
Odiarse a sí mismo es más fácil de lo que se cree. La gracia está en olvidarse a sí mismo. Pero, si todo orgullo estuviera muerto en nosotros, la gracia de las gracias estaría en amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los otros miembros sufrientes de Jesucristo.
(Lo cita Moeller en uno de sus tochos, y no recuerdo quién hablaba ni en qué momento de la novela)
Odiarse a sí mismo es más fácil de lo que se cree. La gracia está en olvidarse a sí mismo. Pero, si todo orgullo estuviera muerto en nosotros, la gracia de las gracias estaría en amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los otros miembros sufrientes de Jesucristo.
(Lo cita Moeller en uno de sus tochos, y no recuerdo quién hablaba ni en qué momento de la novela)
14 septiembre 2016
Resurrección
Resurrección es
una novela de denuncia, y no dudo de que la cuestión social en Rusia era tan
lamentable como aquí aparece, y que Tolstoi
tenía todo el derecho a denunciar con voz bien alta. Pero como novelista no sé
si tenía tanto derecho a hacer esto. Eres León
Tolstoi, chaval. Has escrito Ana
Karenina y Guerra y paz. Un
respeto al lector.
La novela es flojísima, en efecto, y además interminable. Si
no se te cae al suelo es porque su autor sigue sabiendo qué hacer con una pluma
en la mano, pero aquí le sale una historia moralista con personajes de
folletín. Nejludov es el pecador que recibe un toque de gracia cuando ve en el
banquillo a la joven, Katucha Maslova, a la que había seducido años atrás,
llevado por esa mentalidad de miles
gloriosus que era más fuerte que la conciencia en el estamento militar, si
hemos de creer lo que nos cuentan. El tipo se dedica a reparar el error
judicial que él mismo comete como jurado, tratando de conseguir una revisión
del juicio e incluso proponiéndole matrimonio, aunque descubre para su mayor
consternación que la joven se ha convertido en una cínica a la que nadie podrá
disuadir ya de que el egoísmo y la rapacidad de todo tipo señorean el mundo. Tolstoi espolvorea la narración con
abundantes prédicas de su peculiar cristianismo anarquista, hasta el punto de
que el volumen empieza y acaba con citas evangélicas.
Si al menos hubiera contribuido a implantar en Rusia un
régimen de libertades y garantías...
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09 septiembre 2016
Invertidos
El leccionario de la misa incorpora esta palabra,
prácticamente olvidada, para traducir el masculi
concubitores de la carta de san
Pablo a los corintios: “No os engañéis: ni los ladrones, ni los borrachos,
ni los… heredarán el Reino”.
Cosa chocante, porque tengo comprobado que los leccionarios castellanos
se esfuerzan a cada edición por utilizar los términos y los giros más actuales,
para mejor comprensión del mensaje escriturístico y, a veces, para desespero de
algunos dómines eruditos. Según eso, en lugar de los clásicos afeminados y sodomitas, uno habría esperado al menos homosexuales, ya que gays
puede sonar aún demasiado frívolo para el contexto sagrado. En lugar de eso, plantan
un invertidos que ya casi nadie usa y
muchos no entienden.
¿Por qué será…?
26 agosto 2016
Como quien luce un traje
La dignidad de un
mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la
profesión que representa. El mayordomo mediocre, ante la menor provocación,
antepondrá su persona a la profesión. Para estos individuos ser mayordomo es
como interpretar un papel, y al menor tropiezo o a la más mínima provocación
dejan caer la máscara para mostrar al actor que llevan dentro. Los grandes
mayordomos adquieren esta grandeza en virtud de su talento para vivir su
profesión con todas sus consecuencias, y nunca les veremos tambalearse por acontecimientos
externos, por sorprendentes, alarmantes o denigrantes que sean. Lucirán su
profesionalidad como luce un traje un caballero respetable, es decir, nunca
permitirán que las circunstancias o la canalla se lo quiten en público. Y se
despojarán de su atuendo sólo cuando ellos así lo decidan y, en cualquier caso,
nunca en medio de la gente. Como digo, es una cuestión de “dignidad”.
Stevens, en Los restos del día, de Kazuo Ishiguro
Ojo, que tiene tanto una lectura positiva como negativa. Yo
no diría que la profesión deba anular la “personalidad”. Si acaso, que se
imponga sobre las debilidades humanas.
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21 agosto 2016
La maldición de los Dain
En su segunda novela Hammett
optó también por el formato de varios relatos en uno, unidos por algunos personajes.
Enlazar en una las diversas tramas resulta un tanto embrollado e inverosímil. Por
otra parte, la novela coquetea descaradamente con lo terrorífico, lo gótico si queremos, aunque sin caer en
las soluciones fantásticas: al final, nos hallamos ante una historia de
embaucadores y drogadictos. Uno de los momentos más espeluznantes, de hecho, es
la desintoxicación de la protagonista por parte del innominado detective que
nos es familiar por otros relatos de Hammett.
Ahí se ve una ración de anabolizante
didáctico por parte del autor, que debía de conocer bien ese paño.
La maldición es la que supuestamente afecta a la familia materna
de Gabrielle, una chica hipersensible cuyos padres resultan ser unos pájaros de
cuidado, nada escrupulosos a la hora de utilizar a la hija. Lo que en la primera
parte es una historia a lo Sherlock Holmes (El
estudio escarlata, El signo de los
cuatro), con un pasado abracadabrante que se revela al final, se complica
luego con unos sectarios tipo Warren Sánchez y asesinatos (al parecer)
rituales, para acabar en un ambiente de pistolerismo rural en el que Hammett se mueve más a sus anchas. La
solución final, como digo, es complicada, aunque sorprende poco en cuanto al culpable
último de los múltiples asesinatos a los que tiene que asistir este sabueso que
debía de ser de hierro para no acabar en un convento budista como Rambo.
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02 agosto 2016
Identidad
Ángel Ruiz comenta su coincidencia con Rafael
Sánchez Ferlosio en el rechazo que les producen a ambos una persona y un
concepto, cada cual por su lado: Ortega y Gasset y el término identidad.
Es curioso, porque, a pesar de Juan Pablo II, yo tampoco puedo evitar
ciertas reservas hacia el concepto de marras, cuando se refiere a lo colectivo.
Tengo la sospecha de que poner la identidad como norte acaba llevando siempre a
la exclusión de alguien.
Hay señas de identidad en los pueblos, no cabe duda. Sin
eso, el propio Ortega (ya que se le menciona) se tendría que haber
envainado muchos de sus escritos. Es la historia quien va decantando la
identidad de cada nación, de cada comunidad, o pueblo, o etcétera. Hay que
contar con ella y es un valor que hace que tengan sentido frases como "me
caen bien, o mal, los franceses", a pesar de la ironía de Chesterton
("no los conozco a todos", respondía cuando le pedían opinión sobre
un determinado pueblo). Pero empeñarse en preservarla a toda costa puede
degenerar en nacionalismo y restricciones a los derechos humanos. En
definitiva, ninguna identidad es "irrevocable", como decía José
Antonio de España. Lo que ha modelado la historia la propia historia lo
puede cambiar.
Por supuesto, la palabreja se usa mucho en relación con las
masas inmigrantes que afluyen a Europa. Si la defensa de la identidad tiene que
ver con muestro respeto a las libertades, a los derechos humanos, al pluralismo
político, si nos sentimos orgullosos de identificar lo europeo con todo eso, es
otra cuestión. Uno puede plantearse hasta qué punto todos esos valores no se
van a poner en almoneda con la irrupción de grandes masas de población
islámica. Son valores irrenunciables, pero que deseamos universales y sin
especiales vínculos con una identidad.
Por lo demás, a mí no es Ortega quien me produce
rechazo, sino el propio Sánchez Ferlosio. Después de intentar el
abordaje a algún artículo y alguna colección de escritos menores, decidí
prescindir de él para los restos. Tal vez caiga una relectura de Alfanhuí.
Releer El Jarama me parece una de las formas más lamentables de perder
el tiempo. Fue un experimento que se ha hecho su sitio en la historia como el
urinario de Duchamp o el blanco sobre blanco de Malevich. Ahora
andará el pobre curando el último acceso de rabia por la Jornada Mundial de la
Juventud. A su edad estos sustos son peligrosos.
30 julio 2016
Símil cruel
El olor a polvo viejo flotaba en el aire, tan
rancio y tan vulgar como una entrevista a un jugador de fútbol.
(En Raymond Chandler, La hermana pequeña)
(En Raymond Chandler, La hermana pequeña)
27 julio 2016
El sacrificio
Este volumen es una tríada de conferencias que ofreció René
Girard en la Biblioteca Nacional de Francia, y mi primer encuentro con
este autor al que he visto alabado en los últimos años por personal del que me
fío absolutamente, como el sin par Enrique. Creo que he acertado al
elegirlo, porque sitúa bastante bien al lector sobre el pensamiento de Girard
en torno a lo que indica el título, que viene a ser su tema central, es decir,
el sacrificio como una constante en las culturas antiguas, resultado de dirimir
las viejas rivalidades ocasionadas por lo que él llama mímesis: un
concepto este que sí requeriría tal vez un vistazo a algunas de sus otras
obras, pues aquí no me queda muy claro. Por lo que deduzco, nos comportamos,
los seres humanos, como niños antojadizos que dicen "yo también
quiero", y nos peleamos con quienes quieren lo mismo. Al final, alguien
paga el pato y todos contentos... hasta que se repite el proceso.
Para Girard, Cristo nos sacaría de este
círculo diabólico, pues el suyo no fue un sacrificio al uso, sino un crimen, un
acto que no libró de culpa a quienes lo cometieron y que hace que el sacrificio
humano no pueda volver a concebirse como un acto de justicia. Otra cuestión,
añado, es que la muerte de Cristo (con su resurrección) tuviese un valor
redentor, como profesamos, pero para cada hombre que la hace suya mediante la
incorporación a Cristo por el bautismo. Cristo, pues, no nos
sustituye en la expiación, sino que la hace posible para nosotros mediante su
propia kénosis. Esto no está en Girard, o al menos yo no lo he
visto, pero es imprescindible, creo, para comprender por qué Cristo no
es un mero chivo expiatorio.
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26 julio 2016
dios [sic], dioses
Leyendo el tomo de poesía titulado Centuria, de la colección Visor, compuesto
de poemas del siglo XX que seleccionan diversos poetas y críticos, me llama la
atención la frecuencia (relativa) con que estos poetas y críticos se refieren a
los dioses, o escriben dios con minúscula. ¿A que dioses se
referirán?, pienso. ¿A Thor, Odin, a Hermes, Afrodita, a fetiches africanos, a
todos ellos? Juan Ramón Jiménez es el más destacado: "Los dioses no
tuvieron más sustancia que la que tengo yo", o algo así, comienza su
celebrado Espacio.
¿Pintan algo los dioses en nuestra vida, a estas
alturas?, me pregunto con timidez. Que hable así un antropólogo o un ensayista
cuando adopta un enfoque amplio referido a la historia de la humanidad, como Jünger
por ejemplo, tiene sentido. Pero en estos lugares de que hablo, lo cierto es
que si escribimos Dios, con la mayúscula normativa del nombre propio, el
significado no cambia mucho, o a mí me lo parece.
Uno no sabe si pensar en respetos humanos (a ver si van a
pensar que yo, con estas barbas, creo en el Dios de mi abuela), en deseo de que
Dios no exista y de igualarlo con los diosecillos paganos..., en puro esnobismo
que ya ni lo sería, en gusto por la irreverencia heredado de los malditos...
En todo caso, el fenómeno no pasa inadvertido, ya que el otro día Ignacio
Ruiz Quintano se refería a "esos nuevos Fray Gerundio que escriben su
Nombre con minúscula" (sic, con mayúscula en nombre: bravo, Quintano.)
21 julio 2016
"El deber civil de aplaudirles"
Eso es, en efecto. Es la mejor manera de definir lo que nos
toca a los demás, una vez reconocidos esos derechos que unos innominati
amparados bajo unas siglas cada vez más alargadas ("inventores de
maldades", decía san Pablo) han impuesto en las legislaciones. El hallazgo
es de Ángel Rodríguez Luño:
...Nadie duda que cada ciudadano puede desarrollar
libremente actividades de su interés, y que tales actividades entren
genéricamente en los derechos civiles comunes de libertad. Cosa bien distinta
es que actividades que no representan una contribución significativa para el
bien común puedan recibir del Estado un reconocimiento legal específico y
cualificado. Las instituciones de derecho público no son un instrumento al
servicio de la legitimación social y política del estilo de vida de una minoría
que quiere imponer a los demás el deber civil de aplaudirles.
("Aspectos ético-políticos del reconocimiento legal de
las uniones homosexuales", en Cultura política y conciencia cristiana)
18 julio 2016
El vértigo
El famoso adagio de que el inocente nada ha de temer no se
aplica a los regímenes totalitarios. Evgenia
Ginzburg fue detenida y encarcelada en condiciones atroces por haber hecho
uso de su inteligencia, como lo comentaba aquí hace poco. En concreto, por
haber glosado un artículo de alguien que, sin dejar de ser del partido
comunista, como ella misma, había caído en desgracia de Stalin. Nada de críticas al líder, nada de alinearse con las tesis
del autor comentado. Sencillamente, no lo condenó sin paliativos, como había de
hacer, por lo visto, una buena camarada.
Y lo que sorprende es comprobar cómo tantos y tantos abdicaron
de su capacidad de raciocinio para secundar las purgas del déspota, plegándose
a considerar que, si el gran Stalin
decía que esa persona era un trotskista o un reaccionario, es porque debería
serlo, aun contra toda evidencia. No ya sostener opiniones contrarias, sino
simplemente afirmar lo obvio, fue durante mucho tiempo en aquel país sinónimo
de alta traición. Pongan ustedes homófobo donde he dicho trotskista o
reaccionario, y tal vez encuentren un paralelo estremecedor con otros tiempos y
otros ámbitos. A mí me ha sucedido, al menos. Tantísima gente declarando lo
contrario de lo que realmente tiene en la conciencia, afirmando que dos y dos
son cinco para que no lo señalen con el dedo, todo es de una odiosa actualidad.
Evgenia Ginzburg
no quiso ser de esos y nos cuenta su odisea en dos partes de las que de momento
he apurado la primera, dejando la otra para más adelante no por cansancio del
buen hacer literario de la autora ni de su propia persona, realmente admirable,
sino porque tanta atrocidad seguida quizá no sea aconsejable para un verano. Y
hay otra cosa de la que no tengo dudas, y es de que esta mujer era cristiana en
su interior. De otro modo no habrían sido posibles ciertas actitudes, no solo
de fortaleza, sino de auténtica caridad. Un ejemplo: en un momento dado,
hallándose ella en labores de cocina (por decir algo), le comunican que alguien
que va a morir quiere doble ración de pan. Pide el nombre, y resulta ser el
mismo tipo que la interrogó y la sentenció. Pues bien, Evgenia no solo no le niega el pan, sino que luego se arrepiente
por haber sido “vengativa”, porque le había encargado al mensajero que
comunicara al moribundo quién le daba el alimento. Es decir, lamentaba no haber
sido heroica en su caridad. Ustedes dirán…
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13 julio 2016
Titular: "(En un festival de música en Suecia) menores denuncian agresiones sexuales a manos de "refugiados" "
Si tú te paseas por la calle llevando en la mano un fajo de
billetes de cincuenta y te lo birlan, el culpable es el ladrón. Lejos de mí
afirmar lo contrario.
Pero, desde luego, tú eres imbécil. Y un borrego: vives en
una cultura que promueve insensatamente la exhibición de las riquezas
personales y tú te sometes servilmente a ese "tanto tienes tanto
vales" como si fuese eso lo que te avalora como persona. Te crees
protegido por una mentalidad (esta sí, muy sensata) que considera odioso que
ciertas cosas se tomen por la fuerza. Pero los amigos de lo ajeno no se
arredran, y ojo, que hay otras culturas para quienes (no sin cierta lógica)
determinadas exhibiciones equivalen a un ofrecimiento.
Por decir estas cosas te pueden despellejar a tiras. Pero
alguien tiene que empezar a decirlas. Y sé que Suecia no es lugar propicio para
andar exhibiendo según qué: estoy generalizando la cuestión, y tratando de
poner de relieve algunas incoherencias de nuestros modos de pensar.
12 julio 2016
Curioso símil
...las hierbas humildes que brotaban escondidas como
virtudes.
06 julio 2016
Sedal para espías
He recuperado a Bernard Samson tras años, no sé decir
cuantos, de haberlo abandonado, quizá por hartazgo de aquellos personajes y de
los enredos del departamento de inteligencia británico. No en vano me leí casi
seguidos los tres volúmenes de la trilogía "Juego, set y partido",
que es de lo mejor que se ha escrito en el género del espionaje, y a poco
empecé la nueva trilogía, "Anzuelo, sedal y plomo", pero la dejé en
el anzuelo. Tal vez influyó en ello el hecho de que cayera el muro y se acabase
la guerra fría, con lo cual el incentivo del contacto con la realidad se vino a
esfumar. Pero creo que se trató más bien de empacho.
De hecho, en Sedal para espías no te encuentras nada
nuevo, pero sigue funcionando el atractivo de los manejos de espías y
contraespías, con esa mezcla de realismo y azares aventureros que caracteriza
al género desde John Le Carré. Len Deighton da más cancha también
a las relaciones familiares y humanas en general, de modo que los dolores y
gozos de los personajes, delineados sobre todo a través del diálogo, terminan
de dar volumen a la trama. Te encuentras a viejos conocidos que sin embargo se
complacen en revelar nuevas caras, salen conejos de la chistera, o mejor dicho
serpientes, porque por supuesto la muerte está apostada en las esquinas... y
Bernard Samson, el hombre, no se cura de espanto ni decide ponerse a trabajar
de peón, tal vez porque ni eso asegura el pellejo de alguien que alguna vez ha
estado al servicio de Su Majestad Británica, que diría el otro.
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30 junio 2016
La gran verdad
Según la famosa apreciación de Chesterton, el
catolicismo te exige que al entrar en la iglesia te quites el sombrero, no la
cabeza. He comenzado a leer las memorias de Evgenia Ginzburg, una mujer
represaliada por Stalin, culpable de no haberse quitado la cabeza al
entrar en el partido; esto es, haber puesto su intelecto al mismo nivel que su
fidelidad al líder. Al mismo nivel, y no más alto, pues tras su experiencia
carcelaria Evgenia Ginzburg siguió manteniendo su fe comunista. He
dicho fe:
En nuestro partido, en nuestro país, reina de nuevo la
gran verdad leninista. (página 27, edición Galaxia Gutenberg)
La gran verdad. Es chusco esto, si uno tiene en
cuenta que hoy día asociamos a la izquierda política con el relativismo. Dado
que los asertos de Lenin no pueden ser comprobados empíricamente, hay
que concluir que es la fe lo que llevaba a aquellos tipos a tenerlos por
verdad. Y una fe tanto más admirable cuanto que tampoco después de Stalin
el partido siguió produciendo más que indigencia económica, moral e
intelectual. Pero es que además, si Stalin desapareció de Rusia, gente
como él ha actuado acá y allá donde se ha instalado la famosa verdad: díganlo
Steinhardt, Valladares, Mindszenty o los osarios de
Camboya, que hablan mejor que todos ellos. Supongo que ni Ceaucescu ni Castro
ni Pol Pot eran realmente comunistas, tampoco.
Oh desdichada ideología, que allá donde aterriza es
secuestrada por psicópatas o atrofiada en su desarrollo por el feroz
imperialismo capitalista. Bueno, desdichada... o feliz, ya que sigue aún
cosechando adeptos, a pesar de tan mal fario.
28 junio 2016
Flatus
En esta clase de conversaciones iniciales –en estas y en
general en todas las conversaciones—no se emiten más que flatus vocis,
no se formulan más que desencajadas e incoherentes trivialidades. Si cada noche
en el momento de ir a dormir tuviéramos la fuerza y la osadía para recordar lo
que hemos dicho durante el día, quedaríamos asustados de la cantidad de
estupideces inútiles, gratuitas, generalmente malévolas, a menudo malignas, que
durante las últimas horas hemos pronunciado.
La observación en este caso es del narrador de La calle estrecha, de Josep Pla (capítulo XVII)
24 junio 2016
El genio alegre
Esto es una mujer tan seria que se llama Sacramento, y un
administrador tan adusto y grave que se hace retratar con gola y quevedos. Y
van y llegan el hijo de la señora, tenido por tarambana incurable, y una
sobrina llamada Consolación que lo es en efecto para el que la mira o la
escucha, por su vitalidad y su alegría. En fin, la trama es que el hijo y la
sobrina a la par van a dar al traste con la gravedad que impera en aquella
casa, confundida casi con el luto perpetuo a cuenta de la devoción y la decencia.
Con decirles que la niña se permite ir a una boda de gitanos, tan libres
ellos... (También es condena que libre significara para muchos
"frívolo") Y la moraleja es la que los señores devotos deben
aprender: que el genio alegre no es contradictorio con las buenas
costumbres, sino que es su garantía de autenticidad, por así decirlo. Algo se
exageran los términos, claro, pero estamos en el teatro. La alegría se asocia
quizá en exceso a la zumba y la castañuela y Consolación es una joven que no ha
sido zarandeada por la vida y puede permitirse unas efusiones líricas que le
salen solas. Pero estamos con los Quintero. Y todo es previsible y nada
se sale de los cánones, tampoco los sirvientes al estilo clásico, con su gracia
y su sal.
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