30 octubre 2016

Sosa... cáustico


Segunda República:

...unos pocos años que tanta nostalgia producen en la actualidad en ambientes que podríamos llamar tiernos en materia de saberes y lecturas.

En Francisco Sosa Wagner, La independencia del juez, ¿una fábula?


27 octubre 2016

Pedro Sánchez


Una de "menosprecio de corte y alabanza de aldea", marca de la casa. Solo que aquí Pereda se centra más en la corte: de hecho, la novela se desarrolla en su mayor parte en Madrid. El tal Pedro es un jovencito montañés que un día conoce a unos veraneantes (como diríamos hoy) de alto copete que le prometen un buen empleo en la capital, más alto que sus pequeñas ambiciones de sustituir a unos paisanos malquistos en la administración de las cosas del pueblo. Pero una vez allí, el gran señor, que resulta ser un ministro o al menos alto cargo en el gobierno, con fama de corrupto, no hace sino dar largas a nuestro hombre, hasta que a este le llega la oportunidad de medrar en el gran mundo por otra vía: la de dirigir un periódico progresista. Haciendo de la necesidad ideología, acaba convertido en uno de los líderes de la revolución liberal de 1854.

Como cabe esperar, Pedro es una víctima de las vanas ambiciones de la cortesanía y Pereda no deja de ridiculizar costumbres como los bailes de salón ("pasatiempo más propio de salvajes que de hombres cultos que se estiman en algo"), las cursiladas literarias (en el álbum de una dama "había estrofas en forma de cáliz, de guitarra, de cruz... sonetos encerrados en orlas de pichones con guirnaldas en el pico...") o los saraos interminables en casa de la gente guapa. Hay retratos intemporales, como el de las masas que nutren las algaradas ("abundaban las mujeres de rompe y rasga, y... los hombres de mala catadura; castas que parecen nacidas para estas cosas, porque nunca se las ve más que en los motines"; o escraches, podríamos añadir) o los políticos con dos caras: "Mire usted: mi padre es el mejor de los hombres en su familia, en los pasillos del teatro, en su pueblo de usted..., en todas partes menos en el sillón de su despacho oficial, y donde quiera que ejerza de político entre los suyos. En estos casos se transfigura y pierde la memoria de las cosas sencillas y ordinarias del mundo, porque lo posee de pies a cabeza el demonio del imperio con todas sus durezas y vanidades. Es una enfermedad propia de las gentes del oficio, y no tiene cura..."

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12 octubre 2016

Cuando todos somos toros


Hay algo que no suele salir en los debates sobre los bestias que desean la muerte a los toreros e incluso a niños enfermos que sueñan con serlo. Me refiero a esto: el español de cuarenta para abajo ha sido educado en la creencia de que el hombre no es más que un animal más evolucionado. Nada nos separa esencialmente, por tanto, de un toro, un perro o un gorila. De modo que la recíproca también es cierta: un toro, un perro o una oveja son "personas" menos evolucionadas. Si hacer violencia (y más aún hacérsela hasta la muerte) a un ser humano causa horror, para estos españoles subdesarrollados la que se hace a un animal merece la misma condena, en pura lógica.

Ya sé que esto no justifica a los miserables que expresan su odio por las redes, pues, independientemente de la educación que uno haya recibido, la mente humana se rebela por instinto contra un asesino y encuentra muy natural que se aplaste a una cucaracha. Digamos que no hace falta haber estudiado antropología para eso. Pero todos sabemos hasta qué punto humanizamos a los animales más cercanos biológicamente a nosotros e incluso les tomamos cariño. Añadamos encima el interés personal por ser un animal (que está en la base, no nos engañemos, de las ideologías materialistas), y tendremos listo el cóctel.

Como explicaba Martin Rhonheimer, nos va mucho en afirmar la diferencia radical de la persona con los animales, porque en la equiparación salimos perdiendo, y mucho. Pensemos en la eutanasia, por ejemplo: todos animales, todos apiolables llegado el caso. Porque al animalista, en el fondo, no le horroriza la muerte, sino el dolor. Despenaría sin dolor a su perro para evitarle sufrimientos; por qué no al abuelo que ya se siente inútil o le hacemos sentir inútil. La lógica es implacable.


11 octubre 2016

–¿La Ilustración es, pues, una contradicción?

Está en tensión entre su polo metafísico panteísta, que inspira racionalismos totalitarios, y su polo ético-político, que aspira a la libertad. 

No es mal modo de explicarlo. Es Jean Guitton (Mi testamento filosófico), en una imaginaria conversación con Henri Bergson, quien hace la pregunta.  



05 octubre 2016

El retrato de Dorian Gray


No me entusiasmaron nada los inicios, con ese sir Henry petulante y sus ocurrencias cínicas, que no sé si escandalizarían entonces, pero que hoy parecen propias de una celebridad televisiva cualquiera. Un Luis Eduardo Aute o un Joaquín Sabina resultan más ingeniosos.

Sucede que luego te das cuenta de que es el sir Henry el que va a quedar mal, o por lo menos como un pobre fantasma, ante la tragedia que se desarrolla en la novela. Frente a él, tal vez imagen del Oscar Wilde más superficial (de su máscara, como con acierto dice Ignacio Arellano), aparece aquí en su propio infierno un Dorian Gray en el que hoy es fácil ver la imagen del laicista contemporáneo y del que Wilde supo tomar distancias. Es ese hombre que huye de su propio retrato hasta el punto de asesinar a quien se lo muestra, porque no puede soportarlo. El hombre que se ha fabricado una respetabilidad artificial mientras viola su conciencia una y otra vez hasta la hora de la verdad. Si llamamos corrección política a la carita guapa de Dorian Gray e Iglesia al pintor que insiste en ponerlo frente a su imagen, la cuenta sale, aunque Oscar Wilde no tuviera una intención tan explícita y aunque la corrección política llevara otros nombres en su tiempo. Es curioso que en su día ciertos críticos tildaran la obra de diabólica, o poco menos. Wilde debió de reírse bastante con ello.

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02 octubre 2016

Damas soeces


Una de las conquistas sociales más apreciadas por las mujeres que aprecian las conquistas sociales es la de poder hablar tan procazmente como los hombres que hablan procazmente. Al menos a juzgar por lo que se oye. Ejemplo: tertulia de Carlos Herrera en la COPE. Sale a colación una coplilla que dice no sé qué de una vieja y un viejo. A la señora presente (y hasta entonces no me había percatado de que había una señora en la tertulia) le falta tiempo para manifestar que la conoce; por supuesto, se ponen a cantarla y la doña lo hace con visible entusiasmo.

Creo que aquel día salió de allí con sensación de plenitud. Y sin tener ni idea de que a los varones presentes probablemente les hizo el mismo efecto que verla cagando y con ojeras. Al menos a mí es lo que me pasa en esos casos, y tengo comprobado que no soy ninguna especie rara, antes bien me sucede con frecuencia constatar con disgusto que tengo tendencias muy adocenadas en casi todo. Otra cuestión es que la corrección política (y ya se sabe que la igualdad a ultranza es su mandamiento principal) impida manifestar estas cosas.


30 septiembre 2016

Lo que hace Notre Dame

Si el culto católico desapareciera, los gobiernos deberían subvencionar una catedral. Culto al misterio de nuestra alma. Conviene no cegar ninguna fuente de sensibilidad. 

En el Diario de Manuel Azaña, durante su asistencia a las vísperas de Navidad en la catedral de París.  

No viene mal recordarlo ahora que en Zaragoza van a quitar la exención del IBI a la Iglesia.


28 septiembre 2016

El arte de la novela


El más interesante, para el lector español, de los ensayos que componen este volumen es el primero, "La desprestigiada herencia de Cervantes". Para Kundera, si es cierto que los filósofos se han olvidado del ser, "con Cervantes se ha creado un gran arte europeo que no es otra cosa que la exploración de este ser olvidado". Más adelante dirá, como quien no quiere la cosa, que el novelista no ha de rendir cuentas a nadie, salvo a Cervantes, frase que creo que se puso de cinta promocional en la portada del libro. La novela, como repite muchas veces Kundera, consiste en colocar al hombre frente a unas condiciones existenciales determinadas y propias de cada creación. El autor cita repetidamente a los autores que de modo más genial realizaron este cometido, y que resultan ser, junto a Cervantes, Hermann Broch, Kafka, Diderot, Balzac y Laurence Sterne. A Broch y a Kafka van dedicados de modo monográfico algunos de estos trabajos.

Desde luego, que te fascine El castillo cuando tienes catorce años anuncia ya a un lector excepcional, y Kundera demuestra serlo en estos escritos. Es mérito, cuando se es un disidente del comunismo, no apropiarse a Kafka para la causa. No es que no reconozca que sus obras describen a la perfección el universo totalitario, pero reconoce que hubieran tenido el mismo valor si no se hubiese producido la irrupción de esos sistemas. A la espera de comprobar qué tal novelista es él mismo, las observaciones contenidas en este volumen revelan una intuición que muchos quisiéramos para nosotros.

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17 septiembre 2016

Ver a Cristo, ver a Mahoma


Leo a uno de mis publicistas favoritos: "Ahora llaman a nuestra puerta cientos de miles, quizá millones, de refugiados que huyen de la guerra y el hambre; es Cristo quien viene, pero Europa lo ve como un peligro y, paralizada por el pánico, se atrinchera detrás de sus muros".

Y pienso que lo que yo veo es justamente lo contrario: que son los gobernantes que más apuestan por la laicidad y los que se están cargando a Europa con sus políticas antifamiliares quienes más partidarios se muestran de abrir las puertas, mientras que los celosos de la identidad europea y cristiana optan por mantener bajo control el fenómeno migratorio. ¿Extraño?

No tanto si uno aplica la sencilla operación que proclamaba el castizo personaje de La verbena de la paloma: distinguir. "Porque tú, a veces, no distingues".

Si yo soy cristiano, tengo que ver a Cristo en cada persona que se cruza en mi camino: porque él vive, o está deseando vivir, en Alí, en Nelson Francisco o en Tsvetelin, y por Alí, por Nelson Francisco y por Tsvetelin ha dado toda su sangre. Y por eso merecen que los trate como lo haría con el mismo Hijo de María.

Pero si yo soy político, estoy obligado también a ver a Mahoma. Y Mahoma significa problemas. Y yo estoy ahí para procurar el bien de mis ciudadanos. Por eso encuentro perfectamente compatible mantener con mi dinero a uno, a dos o a diez refugiados, hasta que puedan regresar a su país en paz, y promover políticas de control de la inmigración cuando existe un riesgo cierto de conflicto social o de entrada masiva de individuos peligrosos en un contexto internacional de alerta por terrorismo. Tampoco es cristiano chuparse el dedo.


15 septiembre 2016

La caridad bien entendida

...empieza por uno mismo pero sólo si se entiende como lo hace el personaje del Diario de un cura rural.

Odiarse a sí mismo es más fácil de lo que se cree. La gracia está en olvidarse a sí mismo. Pero, si todo orgullo estuviera muerto en nosotros, la gracia de las gracias estaría en amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los otros miembros sufrientes de Jesucristo. 

(Lo cita Moeller en uno de sus tochos, y no recuerdo quién hablaba ni en qué momento de la novela)



 

 

14 septiembre 2016

Resurrección

Resurrección es una novela de denuncia, y no dudo de que la cuestión social en Rusia era tan lamentable como aquí aparece, y que Tolstoi tenía todo el derecho a denunciar con voz bien alta. Pero como novelista no sé si tenía tanto derecho a hacer esto. Eres León Tolstoi, chaval. Has escrito Ana Karenina y Guerra y paz. Un respeto al lector.

La novela es flojísima, en efecto, y además interminable. Si no se te cae al suelo es porque su autor sigue sabiendo qué hacer con una pluma en la mano, pero aquí le sale una historia moralista con personajes de folletín. Nejludov es el pecador que recibe un toque de gracia cuando ve en el banquillo a la joven, Katucha Maslova, a la que había seducido años atrás, llevado por esa mentalidad de miles gloriosus que era más fuerte que la conciencia en el estamento militar, si hemos de creer lo que nos cuentan. El tipo se dedica a reparar el error judicial que él mismo comete como jurado, tratando de conseguir una revisión del juicio e incluso proponiéndole matrimonio, aunque descubre para su mayor consternación que la joven se ha convertido en una cínica a la que nadie podrá disuadir ya de que el egoísmo y la rapacidad de todo tipo señorean el mundo. Tolstoi espolvorea la narración con abundantes prédicas de su peculiar cristianismo anarquista, hasta el punto de que el volumen empieza y acaba con citas evangélicas.

Si al menos hubiera contribuido a implantar en Rusia un régimen de libertades y garantías...

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09 septiembre 2016

Invertidos

El leccionario de la misa incorpora esta palabra, prácticamente olvidada, para traducir el masculi concubitores de la carta de san Pablo a los corintios: “No os engañéis: ni los ladrones, ni los borrachos, ni los… heredarán el Reino”.

Cosa chocante, porque tengo comprobado que los leccionarios castellanos se esfuerzan a cada edición por utilizar los términos y los giros más actuales, para mejor comprensión del mensaje escriturístico y, a veces, para desespero de algunos dómines eruditos. Según eso, en lugar de los clásicos afeminados y sodomitas, uno habría esperado al menos homosexuales, ya que gays puede sonar aún demasiado frívolo para el contexto sagrado. En lugar de eso, plantan un invertidos que ya casi nadie usa y muchos no entienden.

¿Por qué será…?



26 agosto 2016

Como quien luce un traje

La dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El mayordomo mediocre, ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión. Para estos individuos ser mayordomo es como interpretar un papel, y al menor tropiezo o a la más mínima provocación dejan caer la máscara para mostrar al actor que llevan dentro. Los grandes mayordomos adquieren esta grandeza en virtud de su talento para vivir su profesión con todas sus consecuencias, y nunca les veremos tambalearse por acontecimientos externos, por sorprendentes, alarmantes o denigrantes que sean. Lucirán su profesionalidad como luce un traje un caballero respetable, es decir, nunca permitirán que las circunstancias o la canalla se lo quiten en público. Y se despojarán de su atuendo sólo cuando ellos así lo decidan y, en cualquier caso, nunca en medio de la gente. Como digo, es una cuestión de “dignidad”.

Stevens, en Los restos del día, de Kazuo Ishiguro

Ojo, que tiene tanto una lectura positiva como negativa. Yo no diría que la profesión deba anular la “personalidad”. Si acaso, que se imponga sobre las debilidades humanas.

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21 agosto 2016

La maldición de los Dain

En su segunda novela Hammett optó también por el formato de varios relatos en uno, unidos por algunos personajes. Enlazar en una las diversas tramas resulta un tanto embrollado e inverosímil. Por otra parte, la novela coquetea descaradamente con lo terrorífico, lo gótico si queremos, aunque sin caer en las soluciones fantásticas: al final, nos hallamos ante una historia de embaucadores y drogadictos. Uno de los momentos más espeluznantes, de hecho, es la desintoxicación de la protagonista por parte del innominado detective que nos es familiar por otros relatos de Hammett. Ahí se ve una ración de anabolizante didáctico por parte del autor, que debía de conocer bien ese paño.

La maldición es la que supuestamente afecta a la familia materna de Gabrielle, una chica hipersensible cuyos padres resultan ser unos pájaros de cuidado, nada escrupulosos a la hora de utilizar a la hija. Lo que en la primera parte es una historia a lo Sherlock Holmes (El estudio escarlata, El signo de los cuatro), con un pasado abracadabrante que se revela al final, se complica luego con unos sectarios tipo Warren Sánchez y asesinatos (al parecer) rituales, para acabar en un ambiente de pistolerismo rural en el que Hammett se mueve más a sus anchas. La solución final, como digo, es complicada, aunque sorprende poco en cuanto al culpable último de los múltiples asesinatos a los que tiene que asistir este sabueso que debía de ser de hierro para no acabar en un convento budista como Rambo.  

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02 agosto 2016

Identidad


Ángel Ruiz comenta su coincidencia con Rafael Sánchez Ferlosio en el rechazo que les producen a ambos una persona y un concepto, cada cual por su lado: Ortega y Gasset y el término identidad. Es curioso, porque, a pesar de Juan Pablo II, yo tampoco puedo evitar ciertas reservas hacia el concepto de marras, cuando se refiere a lo colectivo. Tengo la sospecha de que poner la identidad como norte acaba llevando siempre a la exclusión de alguien.

Hay señas de identidad en los pueblos, no cabe duda. Sin eso, el propio Ortega (ya que se le menciona) se tendría que haber envainado muchos de sus escritos. Es la historia quien va decantando la identidad de cada nación, de cada comunidad, o pueblo, o etcétera. Hay que contar con ella y es un valor que hace que tengan sentido frases como "me caen bien, o mal, los franceses", a pesar de la ironía de Chesterton ("no los conozco a todos", respondía cuando le pedían opinión sobre un determinado pueblo). Pero empeñarse en preservarla a toda costa puede degenerar en nacionalismo y restricciones a los derechos humanos. En definitiva, ninguna identidad es "irrevocable", como decía José Antonio de España. Lo que ha modelado la historia la propia historia lo puede cambiar.

Por supuesto, la palabreja se usa mucho en relación con las masas inmigrantes que afluyen a Europa. Si la defensa de la identidad tiene que ver con muestro respeto a las libertades, a los derechos humanos, al pluralismo político, si nos sentimos orgullosos de identificar lo europeo con todo eso, es otra cuestión. Uno puede plantearse hasta qué punto todos esos valores no se van a poner en almoneda con la irrupción de grandes masas de población islámica. Son valores irrenunciables, pero que deseamos universales y sin especiales vínculos con una identidad.

Por lo demás, a mí no es Ortega quien me produce rechazo, sino el propio Sánchez Ferlosio. Después de intentar el abordaje a algún artículo y alguna colección de escritos menores, decidí prescindir de él para los restos. Tal vez caiga una relectura de Alfanhuí. Releer El Jarama me parece una de las formas más lamentables de perder el tiempo. Fue un experimento que se ha hecho su sitio en la historia como el urinario de Duchamp o el blanco sobre blanco de Malevich. Ahora andará el pobre curando el último acceso de rabia por la Jornada Mundial de la Juventud. A su edad estos sustos son peligrosos.


30 julio 2016

Símil cruel

El olor a polvo viejo flotaba en el aire, tan rancio y tan vulgar como una entrevista a un jugador de fútbol. 

(En Raymond Chandler, La hermana pequeña


27 julio 2016

El sacrificio


Este volumen es una tríada de conferencias que ofreció René Girard en la Biblioteca Nacional de Francia, y mi primer encuentro con este autor al que he visto alabado en los últimos años por personal del que me fío absolutamente, como el sin par Enrique. Creo que he acertado al elegirlo, porque sitúa bastante bien al lector sobre el pensamiento de Girard en torno a lo que indica el título, que viene a ser su tema central, es decir, el sacrificio como una constante en las culturas antiguas, resultado de dirimir las viejas rivalidades ocasionadas por lo que él llama mímesis: un concepto este que sí requeriría tal vez un vistazo a algunas de sus otras obras, pues aquí no me queda muy claro. Por lo que deduzco, nos comportamos, los seres humanos, como niños antojadizos que dicen "yo también quiero", y nos peleamos con quienes quieren lo mismo. Al final, alguien paga el pato y todos contentos... hasta que se repite el proceso.

Para Girard, Cristo nos sacaría de este círculo diabólico, pues el suyo no fue un sacrificio al uso, sino un crimen, un acto que no libró de culpa a quienes lo cometieron y que hace que el sacrificio humano no pueda volver a concebirse como un acto de justicia. Otra cuestión, añado, es que la muerte de Cristo (con su resurrección) tuviese un valor redentor, como profesamos, pero para cada hombre que la hace suya mediante la incorporación a Cristo por el bautismo. Cristo, pues, no nos sustituye en la expiación, sino que la hace posible para nosotros mediante su propia kénosis. Esto no está en Girard, o al menos yo no lo he visto, pero es imprescindible, creo, para comprender por qué Cristo no es un mero chivo expiatorio.

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26 julio 2016

dios [sic], dioses


Leyendo el tomo de poesía titulado Centuria, de la colección Visor, compuesto de poemas del siglo XX que seleccionan diversos poetas y críticos, me llama la atención la frecuencia (relativa) con que estos poetas y críticos se refieren a los dioses, o escriben dios con minúscula. ¿A que dioses se referirán?, pienso. ¿A Thor, Odin, a Hermes, Afrodita, a fetiches africanos, a todos ellos? Juan Ramón Jiménez es el más destacado: "Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo", o algo así, comienza su celebrado Espacio.

¿Pintan algo los dioses en nuestra vida, a estas alturas?, me pregunto con timidez. Que hable así un antropólogo o un ensayista cuando adopta un enfoque amplio referido a la historia de la humanidad, como Jünger por ejemplo, tiene sentido. Pero en estos lugares de que hablo, lo cierto es que si escribimos Dios, con la mayúscula normativa del nombre propio, el significado no cambia mucho, o a mí me lo parece.

Uno no sabe si pensar en respetos humanos (a ver si van a pensar que yo, con estas barbas, creo en el Dios de mi abuela), en deseo de que Dios no exista y de igualarlo con los diosecillos paganos..., en puro esnobismo que ya ni lo sería, en gusto por la irreverencia heredado de los malditos... En todo caso, el fenómeno no pasa inadvertido, ya que el otro día Ignacio Ruiz Quintano se refería a "esos nuevos Fray Gerundio que escriben su Nombre con minúscula" (sic, con mayúscula en nombre: bravo, Quintano.)


21 julio 2016

"El deber civil de aplaudirles"


Eso es, en efecto. Es la mejor manera de definir lo que nos toca a los demás, una vez reconocidos esos derechos que unos innominati amparados bajo unas siglas cada vez más alargadas ("inventores de maldades", decía san Pablo) han impuesto en las legislaciones. El hallazgo es de Ángel Rodríguez Luño:

...Nadie duda que cada ciudadano puede desarrollar libremente actividades de su interés, y que tales actividades entren genéricamente en los derechos civiles comunes de libertad. Cosa bien distinta es que actividades que no representan una contribución significativa para el bien común puedan recibir del Estado un reconocimiento legal específico y cualificado. Las instituciones de derecho público no son un instrumento al servicio de la legitimación social y política del estilo de vida de una minoría que quiere imponer a los demás el deber civil de aplaudirles.

("Aspectos ético-políticos del reconocimiento legal de las uniones homosexuales", en Cultura política y conciencia cristiana)


18 julio 2016

El vértigo

El famoso adagio de que el inocente nada ha de temer no se aplica a los regímenes totalitarios. Evgenia Ginzburg fue detenida y encarcelada en condiciones atroces por haber hecho uso de su inteligencia, como lo comentaba aquí hace poco. En concreto, por haber glosado un artículo de alguien que, sin dejar de ser del partido comunista, como ella misma, había caído en desgracia de Stalin. Nada de críticas al líder, nada de alinearse con las tesis del autor comentado. Sencillamente, no lo condenó sin paliativos, como había de hacer, por lo visto, una buena camarada.

Y lo que sorprende es comprobar cómo tantos y tantos abdicaron de su capacidad de raciocinio para secundar las purgas del déspota, plegándose a considerar que, si el gran Stalin decía que esa persona era un trotskista o un reaccionario, es porque debería serlo, aun contra toda evidencia. No ya sostener opiniones contrarias, sino simplemente afirmar lo obvio, fue durante mucho tiempo en aquel país sinónimo de alta traición. Pongan ustedes homófobo donde he dicho trotskista o reaccionario, y tal vez encuentren un paralelo estremecedor con otros tiempos y otros ámbitos. A mí me ha sucedido, al menos. Tantísima gente declarando lo contrario de lo que realmente tiene en la conciencia, afirmando que dos y dos son cinco para que no lo señalen con el dedo, todo es de una odiosa actualidad.

Evgenia Ginzburg no quiso ser de esos y nos cuenta su odisea en dos partes de las que de momento he apurado la primera, dejando la otra para más adelante no por cansancio del buen hacer literario de la autora ni de su propia persona, realmente admirable, sino porque tanta atrocidad seguida quizá no sea aconsejable para un verano. Y hay otra cosa de la que no tengo dudas, y es de que esta mujer era cristiana en su interior. De otro modo no habrían sido posibles ciertas actitudes, no solo de fortaleza, sino de auténtica caridad. Un ejemplo: en un momento dado, hallándose ella en labores de cocina (por decir algo), le comunican que alguien que va a morir quiere doble ración de pan. Pide el nombre, y resulta ser el mismo tipo que la interrogó y la sentenció. Pues bien, Evgenia no solo no le niega el pan, sino que luego se arrepiente por haber sido “vengativa”, porque le había encargado al mensajero que comunicara al moribundo quién le daba el alimento. Es decir, lamentaba no haber sido heroica en su caridad. Ustedes dirán…


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