23 julio 2007

Literaturas europeas de vanguardia

Para el no iniciado (yo no acabo nunca de iniciarme) resulta sorprendente el ver cómo alguien puede orientarse en la selva vanguardista de principios del XX. Guillermo de Torre lo hacía con soltura, de modo que al parecer era capaz de distinguir lo que era un poema creacionista, uno dadá y uno futurista. Al menos podía historiar todos esos movimientos cuando (1925) aún se hallaban en su apogeo o hacía poco que declinaban.

El esfuerzo es meritorio, no cabe duda. Pero a esta obra hay que ir como quien busca un producto de la época, pues quien quiera saberlo todo de las vanguardias quedará decepcionado, sobre todo por la falta del surrealismo, en mantillas por entonces. Y, sin embargo, la antena de Guillermo de Torre ya captaba la sintonía del nuevo movimiento, y alcanza a dedicarle un apartado, bien que marginal. Sorprende también el escaso espacio dedicado al expresionismo alemán. En cambio, el ismo autóctono, el Ultra, junto con el Creacionismo, de gran arraigo también por aquí, son ampliamente tratados, lo cual es perfectamente legítimo siendo el autor español, claro.

Categoría de arte de vanguardia tiene para Guillermo de Torre el cine, y como tal lo trata en el último capítulo. Y sin embargo se diría que sólo ahora, con el videoarte, está siguiendo el arte de la imagen los derroteros que preveían los vanguardistas de entonces. Cosas que pasan.

Nota redactada en diciembre de 2006.

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22 julio 2007

De arte y provocación


Veo en el blog Compostela una cruz hecha con piezas de Lego (ya saben, el clásico juego de construcción para niños y grandes) en cuyo centro se atraviesa un camioncito del mismo material. La pieza, según nos explica el autor de la bitácora, forma parte de una exposición de arte contemporáneo en una iglesia de Viena.

La cosa no es para llevar al escultor ante los tribunales, ciertamente. Comparado con otras cosas que se han exhibido por ahí, resulta incluso ingenuo. Eso sí, uno se plantea el porqué de esa querencia de los artistas contemporáneos hacia la iconografía cristiana, casi siempre deformada. Es difícil pasearse por una exposición de arte actual y no toparse con algo así. Incluso, en uno de los centros educativos donde trabajé, entre la multitud de contribuciones a una muestra de trabajos plásticos, pudo verse una cruz en la que el chaval había pegado la foto de una joven de busto maternal. Con lo que se ve que la cosa ha trascendido del selecto círculo de los creadores.

Sin duda, el arte posee mil modos de expresar la inquietud metafísica. Si los personajes de François Mauriac buscaban a Dios entre gemidos, otros pueden hacerlo entre irreverencias y desplantes, y pienso en el cine de Ingmar Bergman o en las novelas de Carlos Rojas, por ejemplo. Pero incluso para eso hay que tener talento. Por lo general, estos bodrios de que venimos hablando sólo resisten la comparación con el peor Almodóvar o con el último y más decadente Antonio Gala, cuando no con los bufones que perpetraron el anuncio del Getafe. Se diría que han tomado en el sentido más grosero posible aquello de Kafka de que la literatura (el arte) consiste en dar en el cráneo. Pero siempre eligen las mismas cabezas.

Otro asunto es que el montaje en cuestión se exhiba en una iglesia. Sería fácil hacer mil comentarios de escasa caridad. Baste decir que el clero europeo lleva muchos años haciendo acuse de recibo de los peores cargos de su pasado y hoy tiende a pasarse por el extremo contrario, el de la tolerancia. Pero la purificación de la memoria ya está hecha. Es momento de recordar, sin perder la humildad, que en el balance de la Iglesia las luces superan infinitamente a las sombras.

(También el El Manifiesto)

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20 julio 2007

La mirada inocente

Novela biográfica, o novela de aprendizaje, si queremos utilizar un término más o menos técnico, es esta que Tusquets resucita para el público español. Es un momento en que el creador del comisario Maigret está siendo recuperado como novelista no sólo policíaco. En esta ocasión, Georges Simenon nos propone el punto de vista de un pintor expresionista que llega a serlo gracias a su extrema sensibilidad. Louis Cuchas crece en un entorno de gran sordidez, con una madre soltera que no sabe vivir sin un hombre a su lado, claro que siempre cambiante y por la noche, que durante el día se gana bien la vida. Sus hermanos lo son de padres diferentes y la intimidad (y por tanto, el pudor) en su modesta vivienda brilla por su ausencia. Con el tiempo, tanto el hermano mayor (Vladimir) como los gemelos (Olivier y Guy) se marcharán de casa y sobrevivirán de modos no siempre confesables. Louis contempla todo ello no con horror ni asco, como se atribuye a los pintores expresionistas, sino con esa inocencia que da título al libro y que no consiste tanto en ausencia de malicia como en la renuncia a emitir un dictamen moral. El Angelito (le petit saint, título original de la obra) es como llaman a Louis en la escuela, ya que nunca se defiende de las agresiones de sus compañeros y simplemente ve: ve a través de su inocencia, de su cinismo inconsciente, que luego se convertirá en infancia voluntaria.

Nota redactada en octubre del 2003

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18 julio 2007

La sangre de los inocentes

(Ante el éxito continuado del adoquín de Julia Navarro, inserto aquí la versión íntegra de esta reseña, que en Aceprensa apareció acortada por razones de espacio)

El grupo Mondadori ha apostado fuerte por la última novela de Julia Navarro, La sangre de los inocentes. Dividida en tres partes, esta extensa narración comienza en el otoño de la Edad Media, en plena cruzada contra los albigenses, para pasar luego a los años de la persecución nazi contra los judíos y terminar en la época actual, con la crónica de un ficticio atentado múltiple que ha de provocar una guerra de cristianos contra musulmanes. El hilo conductor es el manuscrito de un fraile horrorizado por la represión contra los cátaros, rescatado siglos después. Y la tesis recorre el volumen con tal insistencia que quien buscara sólo una peripecia novelesca tendría que quitársela de encima a machetazos, como quien avanza por la selva amazónica. Dicha tesis podría enunciarse así: el fanatismo es un cáncer de la humanidad que rebrota con nombres diversos y contra el que la tolerancia libra un combate decisivo. Lo único que varía en la cantinela es que el cáncer se llama primero inquisición, después fascismo y luego fundamentalismo islámico. Una bonita manera de simplificar la historia, pero a costa de no entender nada.
Vaya por delante una cosa: el producto es malo, muy malo. Los personajes exhiben sin pudor los hilos y la cachiporra: así malvados como el inquisidor Ferrer, “ansioso por mandar a la hoguera a aquellos desgraciados”; fascistas que tienen “la maldad aflorando en cada poro de su rostro”, o islamistas que no dudan en acuchillar a sus parientes; y buenos con media aureola sobre su cabeza, como la cátara doña María (“repartió cuanto tenía entre los pobres”) o que exudan corrección política hasta el hedor, como el profesor Arnaud (“lo que yo crea pertenece a mi ámbito privado”) o la musulmana moderna Laila. Como es de esperar, todo ello viene servido con un estilo a ras de suelo cuando no ramplón: nunca olvidaré ese “ensimismados en sus propios pensamientos”, o aquel sintagma: “la proximidad de la festividad de la Semana Santa”, con ritmo de viejo autobús parado. Ni que decir tiene que los diálogos vuelan a la misma altura, abandonando sólo la vaciedad para sumirse en la moralina. Y que los argumentos de fondo no superan el ¿por qué hemos de matarnos, con lo fácil que es llevarse bien? Tan sólo la estructura tripartita y su vuelo a través de los siglos puede fascinar al lector novel (siempre lo es el lector de best-sellers). Pero esta estructura se tambalea por su desigualdad, y no me refiero a la diversa extensión, lo cual resulta lícito. Es que la última parte presenta un formato de thriller que es ajeno al resto de la obra de tal modo que parece otra cosa: incluso se diría que esta es la novela original y que después la autora, por iniciativa propia o ajena, pegó el resto con cola para darle el toque moralizante (tan pesado, reitero).
No hablamos, pues, de un fenómeno literario, sino del alarde de un departamento de promoción y marketing. Lo que da que pensar es por qué se elige precisamente este producto, que tampoco emplea los típicos reclamos de la literatura de masas, pues se halla en las antípodas de todo exceso erótico o violento. Bien es cierto que está ahí la tríada de moda: templarios, cátaros, grial. Y que explota la renacida tendencia popular a buscar culpables ocultos en la política internacional: es un personaje sin rostro el que maneja los hilos de varias tramas criminales aparentemente inconexas, con el fin de provocar una guerra global que reportaría no se sabe qué beneficios. Pero eso por sí solo no explica semejante despliegue propagandístico. Así que me temo que la clave hay que buscarla en el mensaje. O el masaje, como decía McLuhan.

Resulta sugestivo, para la mentalidad dominante, el mezclar a la Iglesia con el nacionalsocialismo y con Al-Qaeda en el saco de la intolerancia. Tiene la ventaja de desacreditar la voz de la Iglesia como garante de la dignidad humana en esas polémicas que hoy están en el tablero. Lo que sucede es que es un planteamiento falso de raíz. Si alguien dijera hoy que la Inquisición fue algo así como un tribunal de derechos humanos de la época, seguramente le llamarían algo peor que cínico. Y, sin embargo, se acerca más a la realidad que lo que expone la novela, teniendo en cuenta que a la altura del siglo XV era sencillamente impensable una separación entre la moral religiosa (cristiana, en este caso) y una especie de ética civil. No estamos, como en los otros casos, ante la imposición de una ideología por la fuerza, sino de la defensa de los valores compartidos por la comunidad, valores que incluían la salvación del alma y que eran también responsabilidad de los príncipes. Ser hereje era algo peor que ser hoy día terrorista y si las penas incluían la muerte (práctica habitual hasta ayer en toda sociedad) también es cierto que fue de la Iglesia de quien partió siempre la tendencia a suavizar los castigos. La palabra hoguera, repetida de modo obsesivo en la primera parte de la novela, parece llevar a pensar que esa fue la única aportación de la Iglesia medieval a la humanidad, lo que no voy a rebatir ahora por puro pudor.

Pero, para ser justos, hay que reconocer que la Iglesia contemporánea resulta bien tratada en la tercera (y más extensa) parte de la novela. De hecho, es un jesuita quien da con la clave de los atentados y tanto este como los demás sacerdotes que aparecen en esta parte se nos muestran como honrados creyentes y hombres razonables. Incluso podría decirse que la autora sintoniza con el Papa en su discurso armonizador de la fe y la razón: “Le aseguro que ese es el camino, el mejor camino para llegar a Dios”, dice el padre Aguirre, uno de los buenos de la película. Y, a pesar de la primera parte, “no creas que juzgo a la Iglesia, la formamos hombres y su historia hay que leerla a la luz de cada momento. Eso no justifica los errores, sólo los explica”. Por otro lado, algunos de los protagonistas por el lado negativo, los fascistas, son enemigos acérrimos de la cruz, con la misma pasión de fray Ferrer.

Erraría, pues, quien pensase que estamos ante una obra esencialmente sectaria o antieclesiástica. Por más que el conocimiento del cristianismo por parte de la autora no sea cabal (un cargo del Vaticano ansía dejar aquella tarea “para vivir de acuerdo con el Evangelio”), hay un loable esfuerzo de imparcialidad y comprensión que empieza a ser infrecuente en el tratamiento de estos temas por parte de la narrativa. No, lo que convierte a esta novela en promocionable se halla más al fondo.

“Temo a los hombres que no dudan”, dice la cátara doña María, una de las buenas más buenas de la obra. Y Julián, el fraile en crisis por culpa de las hogueras, acaba confesando: “No sé qué Dios es el verdadero”. A lo largo de toda la novela encontramos un planteamiento similar: “No te olvides de que no importa cómo se llame a Dios ni de qué manera se le rece. No te vuelvas un fanático”. “... ¡qué más le daba a Él cómo le rezaran, cómo le sintieran!” Es la confusión radical, el equívoco que está en el origen del laicismo y que lleva a muchos a pensar, como al profesor Arnaud, que la religión solo sirve para dividir a los hombres. La confusión entre el estar convencido de algo y el imponerlo por la fuerza. Entre la tolerancia y el relativismo. Pensar que cualquier convicción es susceptible de desembocar en las hogueras. Para no ser fanático conviene que la fe no sea excesiva. Nadie tiene la verdad en el culto a Dios. Es el mal que ha denunciado Benedicto XVI desde el comienzo de su pontificado y la convicción más extendida en nuestras sociedades de los años 2000. Ese es el mensaje (el masaje) profundo de La sangre de los inocentes, lo quisiera o no su autora, y temo que es lo que resulta grato a sus promotores. En ese sentido, La sangre de los inocentes, con su tosquedad de lenguaje, con la puerilidad de sus razones, es un manual para catecúmenos del relativismo. Sencillo, práctico, como la enciclopedia Álvarez. Quizá haga furor como lectura escolar en Educación para la Ciudadanía. Sólo los que aún sigan escogiendo Religión podrán saber que la sangre del Inocente por antonomasia fue derramada por el primer relativista del que se tiene noticia.
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16 julio 2007

Este por lo menos lo decía claro


Miguel de Unamuno habla del discurso que ha de leer ante Alfonso XIII:


Es mi tesis contraria a la libertad de enseñanza, que aquí se reduciría a la libertad de ignorancia... El dilema es: o enseña el Estado o enseña la Iglesia (mejor dicho, hace que enseña), y para evitar que la Iglesia enseñe, proclamar cierto socialismo pedagógico y el Estado docente. Hay entre otras una cosa que escocerá a los neo[católico]s y es esta: "[...] pues desgraciadamente no son los padres siempre quienes mejor saben lo que a sus hijos conviene aprender, y sobre todo lo que la patria de ellos necesita y tiene derecho a exigir".


(Cartas íntimas, 24-IV-1902)


O sea, lo mismo que dicen Marina, Peces-Barba y Savater ("que se quiten los curas, que me pongo yo"), pero cambiando democracia por patria. Y más clarito.

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13 julio 2007

Aquellas manos blancas


¿No fueron ellas las que iniciaron la rendición? En estos días de memoria y homenaje, una comentarista radiofónica ha dicho que, cuando los españoles salieron a la calle tras la atrocidad cometida con Miguel Ángel (así, ya, sin apellido, para tantos), le devolvimos a ETA el miedo que ella había sembrado. Sin embargo, ¿qué es lo que pudo ver ETA? No hablo, claro, de la admirable actitud del Foro de Ermua, de la propia familia de Miguel Ángel y del Partido Popular vasco. Me refiero al símbolo que se eligió por las masas para expresar la protesta y que como todo símbolo emite un mensaje, o no es tal. Esa ocurrencia de alzar al viento unas manos pringadas de blanco. Eso es lo que vio ETA. Pero (lo que es peor) lo vio también el GAL. Y tomó buena nota.

La auténtica rendición no es la que ha llevado a cabo el gobierno socialista en su entente con la banda. Ahí estamos hablando de complicidad, de manejos inconfesables de un partido trasmutado en mafia que tan pronto remeda los numeritos sangrientos de El Padrino como dramatiza acuerdos de paz de esos en que acaba saliendo de la tarta un tío con metralleta. Para que esos acuerdos tengan un mínimo de respaldo social, hace falta una sociedad que haya abdicado de toda bandera salvo de la del estómago. Las manos blancas no decían Viva España ni muerte a la ETA; si acaso, dejadnos en paz, por favor, que nosotros no os mataremos. Los ansiosos de paz que diría luego Zapatero, vaya. Un entreguismo que nada tiene que oponer a la violencia socialista (tal se definen ellos, que conste), un pueblo alimentado espiritualmente con John Lennon era el mejor caldo de cultivo para ir diseñando el régimen del 13 de marzo. No, la rendición no ha empezado ahora.

También en El Manifiesto

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12 julio 2007

Tierra de hombres


Tierra de hombres es, ante todo, una narración optimista. En una época de hundimiento moral y de devaluación del ser humano como fue el siglo XX, Saint-Exupéry trae una inyección de confianza en las posibilidades del hombre. En él, la guerra puede ser no sólo la prueba de nuestro fracaso como especie, sino, bien al contrario, un espacio de superación. De hecho, el título parece inspirado por lo que dice uno de los camaradas del autor, en trance de sobrevivir en el medio inhóspito donde le había tirado su avión: “lo que yo he hecho, te lo juro, jamás lo habría hecho ningún animal”. Es como una nueva teoría del heroísmo, o de la caballería, donde el caballo viene a ser sustituido por el avión. La máquina adquiere aquí, en efecto, rasgos de compañero fiel y de armadura al mismo tiempo.

A quien puede decepcionar el libro es a quien busque una novela. Estamos ante una colección de recuerdos personales del autor, entreverados con sus reflexiones. Es muy importante también el homenaje a los compañeros: alguno de los capítulos está redactado en segunda persona, evocando el comportamiento heroico del camarada Guillaumet, en concreto. Y podríamos destacar el relato impresionante de la travesía a pie por el desierto de Saint-Exupéry y Prévot, perdidos; un relato alejado de todo patetismo y de todo encarecimiento, hecho con la serenidad de quien sabe que la vida del hombre es milicia.

Nota redactada en agosto de 2005

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03 julio 2007

Algunos no llegamos a conocer la vieja FEN,


que no era una rama de Falange sino una asignatura, la Formación del Espíritu Nacional. En el colegio sólo cursé una Educación Cívica que llamábamos Política y que se aprobaba, creo recordar, metiendo rollo en los exámenes. El currículo, como hoy se dice, de la tal FEN me es por ello desconocido. Pienso, con todo, que lo peor que podía tener era su propio nombre, rimbombante donde los haya. Al fin y al cabo, por lo que parece, se trataba de explicar los fundamentos ideológicos e institucionales de aquel Estado. Algo perfectamente normal y que no ha dejado de hacerse después, cuando los escolares han recibido puntual información de lo que significa la democracia y estudiado la Constitución como parte de alguna disciplina, fuese Ciencias Sociales, Ética o Historia, o incluso como materia específica, tal el Ordenamiento constitucional en la antigua FP.

Por eso, me parece una ligereza la habitual comparación entre la FEN y la Educación para la Ciudadanía del PSOE; ligereza atribuible a esa norma no escrita de nuestra democracia que erige el franquismo en canon de la maldad y en punto de referencia inexcusable con el que cotejar todo comportamiento censurable en política. Decía Olegario González, en tercera de ABC, que si la Iglesia no protestó contra la FEN, no es motivo para que no lo haga ahora contra la nueva asignatura. Hay en la frase un matiz que indica que debió haberlo hecho también entonces. Pero tengo más bien la impresión de que si la Iglesia dio su conformidad implícita fue porque la FEN no intentó inmiscuirse en asuntos morales. Fue un adoctrinamiento de carácter meramente político, y tan superficial que, a los siete años de su desaparición, los españoles alzaron al poder al PSOE. La asignatura perpetrada por el actual Gobierno, en cambio, apunta a lo antropológico, propone un cambio radical en la percepción del hombre, en la línea de una ideología de nuevo cuño inventada para satisfacer los caprichos de unos pocos. No digo que eso no se esté haciendo también en la escuela de otros mil modos, y ahí lleva razón don Olegario. Pero eso no es motivo para no plantar cara a una agresión directa como es el engendro educativo de marras.

También en
El Manifiesto.

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02 julio 2007

Cada vez que decimos adiós


No sé qué es lo que sucede cada vez que decimos adiós. Habría que buscar la letra de la canción de Cole Porter para saberlo. Pero con ese título construye Carlos Pujol esta parodia del relato policíaco clásico. Conforme avanza el texto nos damos cuenta de que difícilmente tendrá un desenlace serio el cúmulo de misteriosos asesinatos que se van sucediendo. De las novelas a lo Agatha Christie se queda Pujol con lo que más se aviene a su talante como autor: la elegancia de los comportamientos y la fina gracia de los diálogos. La acción tiene lugar en Escocia y, aunque el protagonista es español, es este quien acapara mayormente la flema británica y el humor. Como contraste, algunos escoceses son muestra de vulgaridad y mal gusto.

En su conjunto, Cada vez que decimos adiós me parece una buena muestra de ese relato posmoderno donde se toman a la ligera las cosas tradicionalmente serias. Hay una manera cristiana de hacerlo, por supuesto, y yo diría que la más auténtica: la de quien sitúa las tempestades en su justo punto porque sabe quién gobierna la barca. Digo esto porque, conociendo cómo Pujol se halla en la misma fe que Bernanos o Mauriac, sus modos de hacer literatura son tan diversos como las modas de cada tiempo. Es posible cristianizar tanto a Esquilo como a Aristófanes.


Nota redactada en diciembre de 2006.

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30 junio 2007

Memoria histórica


Tanto en ABC como en estas columnas, se ha hablado de la revisión de valores emprendida por el diario de la izquierda socialista Claridad, y de la que hasta ahora han sido víctimas principales don Miguel de Unamuno y don José Ortega y Gasset, acompañados de los señores Baroja, Azorín, Pemán, Díez Canedo y demás miembros de la Academia Española [...] Hay que hacerse, señores escritores, al porvenir que nos espera.

Cualquiera (Ramiro de Maeztu) en ABC, abril de 1936.



El miedo que tenía mi padre en los últimos tiempos de la República se concretaba a que mis hermanos y yo saliéramos a la calle y volviéramos tarde. Normalmente iba yo a la tertulia de la Revista de Occidente y regresaba con él. Entonces no había problema. Pero si no pasaba a recogerle y volvía un poco tarde, se ponía nerviosísimo. Con toda razón, porque no había ninguna seguridad personal en la calle y, en aquel momento, podía ocurrir cualquier cosa. Mi padre no me ha chillado nunca más que por esto, por llegar tarde en aquella época. Realmente, en nuestra casa, el último año de la República vivimos en un continuo "toque de queda".

Un día se encontró en la calle a Carmencita, hija de sus viejos amigos los Cabezuelo, con su novio José María Alfaro, compañero de José Antonio Primo de Rivera en la Falange. Papá les dijo: "Váyanse ustedes pronto de Madrid porque los van a matar". Alfaro después del 18 de julio pudo refugiarse; pero a Carmencita la asesinaron.


Miguel Ortega, Ortega y Gasset, mi padre, 1983.

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28 junio 2007

Me alegro de haber oído a Steve Earle.


Lo imaginaba como uno de esos trovadores rojeras que salmodian injusticias y desamores y que suenan igual, los muy pelmas, sean de Texas o de Portugalete. En cambio, me topo con un country crudo y elemental, lo que esperas oír en el patio de la prisión de San Quintín, por ejemplo.


Dice César Vidal que Steve Earle está sobrevalorado por razones políticas. Quién sabe. ¿Están sobrevaloradas Faith Hill o Carrie Underwood por su gentil continente? En ese mundo la competencia es dura y cada cual se busca sus propios reclamos aparte de lo musical, ya sea la propia anatomía, la propia (des)orientación sexual, como k. d. lang*, o una ideología más bien impopular en la escena country, como Steve Earle. Digo yo.


*No es errata: la tía lo escribe así, con minúsculas, como e. e. cummings. Otro reclamo.

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26 junio 2007

Curso superior de ignorancia

El poema final de este libro, en que se enfrenta la poesía (al menos, esta poesía) con la historia y con la ciencia, viene a enlazar con el título, sugiriendo una sabiduría que no tiene nada que ver con el saber convencional, y que parece tener su origen más remoto en el lema socrático, "sólo sé que no sé nada". Aprender a ignorar, o aprender que ignoras, sería así el camino de una iniciación en los secretos del corazón, que ya sabemos que tiene razones que la mente desconoce.

Y Miguel d´Ors practica esta iniciación por la vía de evocar el pasado. En un principio, con irónica resignación: en su autobiografía, él sale de extra, tantas son las cargas que ha de sobrellevar; se queja con sarcasmo de la providencia divina, como lo haría uno de esos macabros humoristas gráficos... pero siempre se advierte que esas quejas son todas de tipo teresiano ("por eso tienes tan pocos amigos, Señor"), animadas de un humor amable y nunca desesperadas. De hecho, "juro que fui feliz", titula uno de sus poemas para mí más gratos, ya que supone un ajuste de cuentas con tanta llantina hipócrita sobre la época (esa época) en que el autor fue niño. Y, junto con el humor, el amor vivifica este camino hacia la ignorancia, nombre que el poeta da a la humildad, quizá porque presumir de humilde (como indica en un poema) es la peor de las vanidades.


Nota redactada en enero de 1999.

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24 junio 2007

Partidos en misa


En las parroquias españolas se ha producido un curioso fenómeno: hay partidos. Partidos que se definen por su opinión sobre cuándo hay que ponerse de pie tras el Ofertorio. Unos (los minoritarios) se levantan cuando el celebrante inicia el Orate fratres; otros (¿la oposición?) lo hacen al comenzar la Oración sobre las Ofrendas; por su parte, la facción mayoritaria no se yergue hasta el Dominus vobiscum. Si a ello sumamos el gran grupo de los indecisos, el efecto es similar al de la ola en los estadios o, mejor aún, al de aquel anuncio pionero donde unos estudiantes se levantaban, uno tras otro, para reivindicar, solidariamente, ser propietarios del condón que el profesor exhibía ceñudo.

Algo bastante cómico, si quieren que les diga. Algunos curas han optado por decir "de pie" en el momento oportuno. Es un ejemplo a seguir (aunque siempre hay recalcitrantes), por lo menos hasta que se templen los ánimos y vuelva el deseado consenso.

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22 junio 2007

Educación socialista



... son demasiadas las ocasiones en que el hecho de comprender al muchacho [conflictivo] tiene como consecuencia el desarrollo de una actitud negativamente paternalista hacia él, que normalmente consistirá en dispensarle de las exigencias académicas, o en permitirle conductas que a cualquier otro alumno se le reprenderían. Entender sus motivos ha conducido a justificar sus comportamientos. Y este es el fin de la historia y de las posibilidades de ese muchacho, porque la escuela, o sus profesores, actuando de esa manera han destinado al chico a permanecer amarrado a su problema y a seguir condicionado por él de modo permanente, en lugar de contrastar su realidad con otras realidades posibles y ofrecerle otras alternativas para su vida.
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20 junio 2007

Cuando fui mortal

El doble filo del cuento es que, siendo recomendable para principiantes que aún no se atreven con la extensión de una novela, su brevedad requiere mucho talento para que llegue a ser obra maestra. Es un género difícil en su aparente sencillez, esto se ha dicho muchas veces. Y aquí hay de todo: desde la rotunda belleza de "No más amores" o el espléndido retrato de "Todo mal vuelve" hasta la trivialidad de "En el viaje de novios" o el repelente neomoralismo de "Sangre de lanza". Marías se disculpa en el prólogo, en cierto modo, de que sean cuentos hechos por encargo, y recuerda eso tan sabido de que lo hecho por encargo no tiene por qué ser más malo, y que hay grandes obras en la historia que no respondieron a la iniciativa personal de sus autores. Cierto, pero aquí echo de menos la genialidad y acuso el lastre de la obsesión sexual, una de las dos patologías de la izquierda intelectual española en nuestro tiempo, junto con el rencor crónico contra Franco y los franquistas, también presente en este volumen. Javier Marías hablaba complacido, en un artículo, de que el pecado ya no tiene sentido. Pero, si no existe el pecado, tampoco el bien, y por tanto tampoco Dios. Y si Dios no existe, todo está permitido, sí, Iván, pero, además, todo se pierde, nada tiene sentido. De ahí que la postura más inteligente sea la de ese doctor Xavier Comella (qué gran retrato, insisto), que se suicida tras haber llamado a sí todo el dolor, todo el tedium vitae que pudo acumular para analizar esa única realidad que nos queda, pues "todo bien va, todo mal vuelve".

Nota redactada en abril del 2000.

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18 junio 2007

Historia de las religiones, I

Constantes religiosas
se subtitula este primer volumen de un total de tres, y se dedica a exponer, con precisión de manual y con lenguaje divulgativo, los diversos tipos de religiones. No sé si es contradictorio esto que he dicho, "precisión de manual y lenguaje divulgativo", pero me refiero a que no se trata de una obra para especialistas sino destinada a lo que suele llamarse público medio; pero Manuel Guerra se preocupa por taxonomizar con cierto rigor y por encontrar (por elegir, quiero decir) el término más apropiado en cada caso, incluso desde el punto de vista fonético. Es de destacar, por ejemplo, cómo distingue, al hablar de hinduísmo, entre Brahmán, Brahma y los brahmines, cosa que al parecer no siempre se tiene en cuenta. O cómo procura que diferenciemos al hindú, adepto del hinduísmo, del indio, nativo de la India.

Al Cristianismo le concede un lugar aparte, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que Manuel Guerra es un sacerdote católico. No nos es difícil ver que, habiendo crecido el Cristianismo en un contexto de religiones étnico-políticas, se viera como algo natural durante muchos siglos la asociación entre el poder civil y el religioso; ni cómo la Iglesia supo deshacerse, con el tiempo, de esa servidumbre, por delante del islam o de algunas formas de protestantismo, como el anglicano.

Nota redactada en agosto de 2006. Creo que este libro está agotado, aunque hay versión en un solo volumen.

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15 junio 2007

El premio de Dylan

No importa que me guste escuchar Nashville skyline o que le alabe a Bob Dylan el modo como ha sacado partido de una voz y un rostro nada prometedores desde el punto de vista artístico y comercial. El cantante de Minnesota supo labrarse una imagen en la que se fundían el trovador, el bohemio moderno a lo Iris Murdoch y el espiritualista a lo Hesse; imagen que en cierto modo él mismo agotó, por lo que podía decirse que tenía ángel.

No me importa reconocer esos méritos, digo, ni otros, para considerar que el Premio Príncipe de Asturias de las Artes resulta un tanto degradado al concederse a quien no deja de ser un artista pop, por muy mito viviente que sea o por mucho que haya influido en una generación, o en tres. Me disgustaría igualmente que diesen el Nobel de Literatura al guionista de Sin rastro, teleserie policíaca que, no obstante, veo con sumo gusto por su espléndida realización. En Bob Dylan hay poesía y música, sí, pero esa poesía y esa música tienen sus galardones correspondientes y sus propios ámbitos de reconocimiento. En cuestiones de arte soy fuertemente segregacionista, lo siento.

Sin embargo, el premio no extraña teniendo en cuenta el oficialismo de los Príncipe de Asturias y sus vínculos con el grupo de comunicación que apoya a la facción gobernante en España. Se atisba algo así como un intento de logseizar las artes, igualando a Shoshtakovich con Bob Dylan o a Francisco Ayala con Hugo Pratt, por decir algo. Una especie de comprensividad fuera de la escuela, vaya. Por otro lado, también es coherente que se premien unos textos como el de Blowin´ in the wind, que como poesía están al alcance de cualquier principiante, pero cuyo buenismo poltrón y sólo en apariencia ingenuo constituye el alimento espiritual de todos los españoles de 45 para abajo, clases de Religión incluidas, y el caldo de cultivo del actual régimen. Quienes ponían su esperanza en aquel día en que “las balas fueran definitivamente prohibidas” incubaron el huevo de la serpiente zapateriana.

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14 junio 2007

Sobre la conveniencia de contrastar informaciones,


sobre todo cuando te llevan a pensar que algunas personas, pueblos o colectivos son tontos del haba o malos malísimos:

Voy y leo en La discoteca ideal de la música pop, de José Ramón Pardo, que Garth Brooks carga contra la violencia doméstica en su canción Thunder roll, que "alguna emisora no dudó en prohibir". ¿Cuál es la conclusión?

SOLUCIÓN (como no sé ponerlo del revés como en los cricugramas, lo pongo en pequeñito): los norteamericanos son partidarios del maltrato a las mujeres.

Luego abro el volumen Country, de Alfonso Trulls (incompleto y asistemático, pero a veces útil) y me aclara: el vídeo de Thunder roll fue censurado por presentar "de modo explícito la infidelidad matrimonial".

Ahora la conclusión es muy diferente, ¿verdad?

O sea: Puede usted hablar de mojigatería o de respeto al espectador, a su gusto. Pero el honor de los norteamericanos queda como más a salvo. Pues así con todo.

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13 junio 2007

Eugenio o Proclamación de la primavera

Debe de ser la madurez, y con ella el seny, pero encuentro un fuerte componente de disparate en esta especie de idilio guerrero. Sigue teniendo un gran atractivo esa primavera falangista que proclaman con ardor Eugenio y Rafael: hay un bonus odor de reconquista cantarina en todo el libro, y eso es un gran mérito. Pero a la vez amenaza cierta bravuconería que viene a emparentar con la visión negra del falangismo que alguna literatura ha difundido. Mezcla de disparate, barbarie e idealismo es, sí, este Eugenio, aunque, por fortuna, muy escorado hacia lo último.

De hecho, comparado con aquel espíritu, resulta muy ramplón el que respiran los autores de los prólogos: porque este libro, en la edición de Nueva República del 2003, va engordado con unos cuantos prólogos, varios del autor a las sucesivas ediciones, uno de los editores y uno del hijo del autor, periodista. Son estos últimos los que dejan que desear, enquistados en posiciones que tienen más de odio que de idealismo.

Garcilaso adquiere un nuevo look cuando se inserta en esta primavera. ¡Qué sueño, poder transmitir esas resonancias a los propios alumnos! Qué pena, pensar que para ellos, y por mi culpa, no pasará de ser un nombre tedioso, evocador de horribles sesiones de pupitre. Como Garcilaso, Eugenio se lanzó a la muerte aún joven, tras haber conocido el amor. La Falange hizo vivir a sus mejores militantes un sueño hermoso mientras duró, una especie de matrix sólo superada en su belleza por otras aventuras que además tienen la ventaja de ser reales.


Nota redactada en marzo del 2004.

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11 junio 2007

... no hay que olvidar

que el mismo impulso revolucionario que ha llevado a la proliferación de personas jurídicas comerciales, políticas y de otros tipos, ha mostrado siempre su animadversión contra la familia. La razón profunda de esta animadversión democrática contra la familia está en que la familia, por su misma naturaleza, es siempre una reserva de desigualdad, empezando por la del sexo, contra la cual vienen luchando denodadamente las fuerzas del mal --muy especialmente con la difusión del erotismo, que acaba por sí mismo en homosexualidad...

Es posible que alguien tildara a don Álvaro d´Ors de exagerado, en el 1987 en que se publicó La violencia y el orden.

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08 junio 2007

Sartoris

En un momento dado, Faulkner emplea la expresión somnolencia arcádica para definir cómo encuentra un personaje la situación de su casa, y esa es la definición más justa que corresponde al ambiente de toda la obra. En ese estado, somnolencia arcádica, contempla Faulkner este Sur suyo. Sartoris (imagino que se habrá dicho muchas veces) es una elegía por un mundo, pero tiene, en efecto, mucho de égloga. Hay una quietud, casi modorra, que lo impregna todo, donde, como en las ficciones pastoriles, los dramas, los sucesos sangrientos, las muertes, se viven más como cosas contadas y escuchadas que como sucediendo realmente. Los actores son como fantasmas en su limbo particular viviendo eternamente su tragicomedia. El hecho de que los miembros de la dinastía Sartoris acostumbren a llevar los mismos nombres (John, Bayard) contribuye a esa impresión.

"Arcádica" es también la armonía que reina entre los estamentos que componen la sociedad sureña. Si la realidad se aproxima a lo que Faulkner nos presenta aquí, se entiende el desgarrón que la derrota de la Confederación debió de provocar en los espíritus, y esa siembra de discordia que supuso la imposición de las leyes de la Unión. Sin embargo, todo eso parece no haber llegado a esta Arcadia que todavía no se llama Yoknapathawpha, a la que no alteran las guerras ni las paces.

Nota redactada en enero del 2007.

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05 junio 2007

Cándido terror

El cándido terror con que se ha recibido el anuncio de ETA de “abrir todos los frentes” sólo halla parangón en el cándido gozo que provocó su famoso alto el fuego permanente. Se nos vendió ese alto el fuego como una victoria, o como una paz en ciernes, cuando el hecho es que la banda simplemente respondió a la bandera blanca alzada desde el otro lado. La petición de parlamentar es el primer indicio de rendición; es un síntoma de debilidad, y lo normal es acceder al ruego del enemigo y dejar de disparar. Si las condiciones de este no satisfacen, pues se reanudan las hostilidades. Y eso es lo que ha sucedido en España en el último año y medio, ni más ni menos. El auténtico alto el fuego ha sido el del Estado, cuando este se ha puesto en manos de una facción deseosa de reducir a la nada a sus adversarios políticos. La ETA no se ha movido un milímetro en sus aspiraciones, salvo quizá para aceptar plazos. Tengo dicho en todos los foros posibles que la única tregua que quiero de los etarras es que se pongan a trabajar como personas honradas mientras declaran su intención de vivir mil vidas, si las tuvieran, para reparar las que quitaron.

En los corrillos mediáticos se escuchan ahora voces que claman, de nuevo, por la unidad de los demócratas. Una vez más, la palabra mágica. Pero me pregunto qué poder de fascinación le queda ya cuando uno de esos demócratas ha mostrado hasta dónde es capaz de llegar con tal de aplastar al otro. “No podemos poner al mismo nivel moral al gobierno y a la ETA”, “unos demócratas no deben pasar factura a otros”... Pues bien, me da igual la vitola con que se adornen: lo que yo he vivido en los últimos años en mi patria es la entente de un gobierno con una banda terrorista, a espaldas del clamor de quienes han sufrido su zarpazo. Y eso tiene un nombre que no es el de error. Lo demás es beatería democrática, pura superstición política.

(El Manifiesto)

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Manantial oculto

...Unamuno, en carta a Jiménez Ilundáin:

La generación pasada pudo vivir en positivismo intelectual, porque, educada en la fe cristiana, llevaba ésta por debajo de aquél, como su inconsciente sostén. Pero una generación educada en positivismo ha de volver con fuerza a buscar el manantial oculto que sus padres le celaron.

Y añade Moeller en nota:

Estas profundas verdades, ¿no se verifican en la URSS, donde la "nueva ola", que ha crecido sin ninguna religión, va a volver a encontrar muy pronto la inquietud metafísica? Algunos indicios, a juicio de Boris Pasternak, así lo hacen creer.

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03 junio 2007

El suicidio de la modernidad


No sé por qué, tengo siempre una pequeña decepción cuando caigo en que el ensayo que he comprado (bueno, o cogido) es en realidad una compilación de artículos, o la novela una colección de cuentos. Digo, porque lógicamente no tiene por qué ser peor. Se disfruta con estos artículos de Aquilino Duque, sobre todo si compartes sus críticas a la mentalidad imperante. Las cosas a las que se tiene aversión crean complicidad, más aún que las que se comparten.

Me gusta, por ejemplo, esa apología de la sociedad represiva (así, sin reparos), que don Aquilino opone a la sociedad permisiva. Aquella reprime para conservarse, esta permite porque no le importa autodestruirse.

Me parece aguda también su visión de lo que llama la revolución cultural en Occidente, que consiste en que la juventud revolucionaria hace desprenderse a la burguesía capitalista de los valores que había adoptado para sostenerse: patria, familia, religión... y de los que "no sabía cómo desprenderse"; es decir, le facilitan echar por la borda lo que nunca había sido suyo. Pero esa burguesía no puede sustituir tales valores por los del socialismo, y se queda en un vacío de valores "con un vago fondo de utopías rojas" que abanderan los intelectuales orgánicos. Eso lo estamos viendo hoy en España con los Millases, los Vicents, los Umbrales, las Regases. Rojos conformistas convertidos en cómplices de los terroristas.


Nota redactada en octubre de 2006.

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02 junio 2007

Leer a Mercedes Rosúa

se parece mucho al trabajo de los buscadores de oro: es la pluma más verbosa que conozco, pero la misma pasión que le dicta sus largas parrafadas le lleva a hallazgos verbales que compensan ampliamente la espera. Su artículo sobre el último libro de la Fallaci, reproducido también por Pío Moa, es de por sí jugoso, pero valdría la pena llegar al final sólo para encontrarse con el concepto de rendición preventiva, aplicado a la retirada zapateriana de Irak.

01 junio 2007

Es una opinión

Cuando llegué a España, a su capital, me encontré una España encendida en pródigos diálogos. Hasta las esquinas parían diálogos políticos, sociales, taurinos o de cualquier índole. Era una mísera España festejada en parturientos diálogos bajo la augusta cabeza de un rey llamado Alfonso XIII. Me hace gracia escuchar o leer ahora que los españoles necesitamos dialogar, conocer el diálogo, ejercitarnos en el diálogo. ¡Santo cielo! ¿Qué son entonces, los millones de tabernas, bares, casinos y campos de fútbol? ¿Qué son sino prósperas plataformas para el diálogo? Lo que necesitan los españoles no es dialogar, sino monologar, esto es: pensar. Bastan un par de tontos para montar un diálogo. En cambio, ningún tonto puede montar un monólogo, ninguno. Pero a la gente, claro está, le gusta opinar, que no es un acto inteligente, y comunicarle esa opinión a alguien mediante demócratas diálogos. ¿O es que podías haber pensado que los diálogos de Platón son realmente unos diálogos en algo más que en su forma expositiva?

Antonio Prieto, Prólogo a una muerte.

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31 mayo 2007

Los hermanos Karamázov

Después de coronar el punto final de esta novela "casi sobrehumana" (como la llamó Lázaro Carreter o alguno de sus negros), la pregunta que cabe hacerse, la pregunta que abriría un hipotético forum, es: ¿quién mató al viejo Karamazov? Y el propio Dostoievski se encarga de que nos surja esa pregunta con esa fenomenal anticipación, en el último libro, de lo que hoy llamaríamos un "thriller judicial". El lector está al tanto, claro, de que la autoría material del crimen corresponde a Smerdiákov, pero eso queda como una mera anécdota.

Por supuesto, cabría cerrar ese forum (si no hubiera marxistas en la sala) con la respuesta de que al viejo lo mató el pecado original. Esa muerte aparece como un producto de todos los vicios, morales o intelectuales, en que puede caer un hombre y en que caen, de hecho, los actores de este drama. Pero eso sucede, en realidad, con toda muerte violenta.

Más interesantes son las respuestas intermedias. Las pasiones primarias (o sea, Dmitri) estuvieron a punto de hacerlo, pero quien se sume en el infierno es el librepensamiento, sembrador de bombas ideológicas (o sea, Iván), una de las cuales va a caer en la tierra abonada del resentido autor material del crimen. Es fácil reconocer en ellos dos al ideólogo y al activista, y darse cuenta de que personalmente pueden tener muy poco que ver y que no es necesario que el primero haya tocado alguna vez un arma para ser condenado, como Iván, por su propia conciencia.

Nota redactada en octubre de 2006.

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30 mayo 2007

Valores

¿Podría yo decir, cuando exhorto a mis alumnos a mantener limpia el aula, hablar con decoro o hacerlo cuando es su turno, que les transmito valores propios del Reglamento del Centro? ¿Valores reglamentarios? Esas conductas figuran en dicho reglamento como hábitos a adquirir, claro, pero no es de allí de donde emanan las virtudes en que se fundan. Son hábitos dirigidos al perfeccionamiento de nuestra condición humana, y no los crea ni un papel ni un comité de sabios reunido para la ocasión. Digo esto a propósito de los valores constitucionales que Esperanza Aguirre dijo querer transmitir a los escolares de Madrid, en lugar de los propugnados en esa famosa guía ministerial, ya saben, la que contenía el tebeo de los cuarenta maricones (sic: ya sé que sólo los gay parecen autorizados para denominarse a sí mismos con tan rotundo vocablo, y de hecho lo hacen con frecuencia).

Valores constitucionales y occidentales, dijo en concreto la reelegida presidenta de la Comunidad madrileña. Algo titubeó, y apuesto a que no se atrevió a decir cristianos en atención a la libertad religiosa que consagra nuestra constitución (cosa en absoluto censurable, dicho sea de paso). Pero no necesitaba acudir a una carta, por magna que sea, para eludir la referencia confesional. El concepto de valor es de orden moral, y lo moral no se establece por decreto ni por referéndum. Los valores que se citan en la Constitución (libertad, justicia, igualdad...) son recogidos por esta como expresión de su voluntad de servir a las personas, erigidas en ciudadanos; pero son, como diría Calderón, patrimonio del alma. Por otro lado, esos valores son occidentales sólo en la medida en que es en Occidente donde de modo más universal han sido reconocidos; y lo han sido gracias a ese conjunto de creencias que la presidenta no llegó a nombrar. Pero no hace falta tampoco referirse al Cristianismo como fuente última de la justicia, la igualdad o la libertad. Basta con aludir a lo humano, o quizá a lo espiritual. Pero, ¿cumpliría este concepto con la necesaria corrección política?

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27 mayo 2007

¿Cuál es el colmo de una candidata del Partido Antitaurino?

Llamarse Lidia. (Verídico).

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No vayan a pensar

Guadalajara. Les dan a los escolares de primaria (6-12 años) un cuento que, por lo leído, podría ruborizar a Joaquín Sabina. Fantasías sexuales de una contribuyente en el autobús. Los padres, menos mal, ponen el grito en el cielo y dicen, muy propiamente, que aquello es una locura y una brutalidad. El PP, lógico, se suma a la protesta y dice que el asunto es absolutamente reprobable. Y el colofón: "no tenemos nada contra la literatura pornográfica, pero..."

La caquearon. Una vez más.

Hombre, algo indeseable tendrá la pornografía cuando darla a los niños es una brutalidad ¿no? ¿Habrían matizado igual si se hubiera tratado de iniciar a los niños en el consumo del tabaco?

Correctísimas almas de cántaro, centristas de mis pecados, ¿hasta cuándo abusaréis de nuestra paciencia?

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26 mayo 2007

La busca

El Manuel de esta novela es un Antonio Azorín del lumpen, un abúlico que demuestra que en todas partes cocían las habas de la abulia, también entre pícaros y golfos. Y, como Azorín, Baroja necesitará una trilogía para desplegar el aprendizaje (o anti-aprendizaje) de su antihéroe. Aquí lo vemos en su fase inicial, la del espectador, si así puede llamarse. O más bien, la del que empieza a mirar el panorama del mundo con no muchas esperanzas de encontrar algo en él.

Lo que sorprende es la extrema diferencia de estilo con respecto a Azorín. En este, no pasa nada. En Baroja, no dejan de pasar cosas. El alicantino las comenta con demora, saboreando el discurso: quiero decir, las pocas cosas que van ocurriendo, o de las que se habla. El vasco despacha cada suceso o cada presencia con dos frases cortantes, escupiendo las palabras. Se diría que se ve obligado a contar su historia, más que hacerlo por gusto.
"Llevaba ocho años de buscona y tenía diecisiete. Se lamentaba de haber crecido, porque decía que de niña ganaba más". Frases así, sin comentario, en su cruda desnudez, esmaltan toda la novela y la convierten en el tópico descenso a los infiernos, o al fin de la noche, que diría el otro. Uno se acuerda de las descripciones lacónicamente crueles de Dashiell Hammett, o a veces del Valle-Inclán de Luces de bohemia, como cuando llama a las busconas vestales del arroyo.


Nota redactada en mayo de 2004. Sí, el libro era preceptivo en COU. Por eso quizá no lo leí hasta esa fecha.

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25 mayo 2007

Imagination

Más que nada, temía a la imaginación, a esa falsa compañera, esa amiga de doble faz: por un lado amistosa y por otro hostil. Amiga cuanto menos lo crees y enemiga si te duermes confiado bajo sus dulces susurros. Tenía miedo a toda ilusión, y si entraba alguna vez en su terreno lo hacía como quien entra en una gruta con la inscripción Ma solitude, mon ermitage, mon repos, conociendo la hora y el minuto en que se va a salir de ella.

Iván A. Goncharov, Oblómov

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24 mayo 2007

La Celestina



Después de explicar tantas veces que el castigo por el amor loco, al que se entregan Calisto y Melibea, es esa su muerte violenta, me doy cuenta de que eso no es más que un recurso del autor para dar un final tremendo a su fábula. Como suele decirse, Dios no tiene prisa por castigar. Calisto podía haberse ido de rositas y Melibea ser recluida en un convento hasta que muriese de tedio o se convirtiera. Las consecuencias de ese abandono a las pasiones son otras, y no menos funestas. No otra cosa convierte a Calisto en un redomado egoísta, sin ojos para la honra de su amada ni para la muerte de sus criados, y en un pelele irresponsable capaz de dilapidar su hacienda. Melibea, por su parte, es ciega para la escasa categoría humana de su amante y compromete su honra y la de su familia, además de la salvación de su alma. Es, sin embargo, más consciente que Calisto, pues sabe que ha hecho una elección irreversible y que al morir el objeto de su amor no le queda más que ir tras él a la perdición. Y Fernando de Rojas sabe que compartir el infierno es tan romántico como absurdo. En realidad, se burla de sus personajes con soterrada crueldad.

Igualmente, la codicia y la envidia, presentes en Celestina y en los criados, no siempre han de conducir a la muerte, pero sí provocan una espiral de odios de la que las cruentas escenas de la tragicomedia son buena muestra.

Nota redactada en agosto del 2002.

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22 mayo 2007

"Ciudadanía": lidiar el toro

En memorable artículo, la disidente Mercedes Rosúa afirmaba, cuando la LOGSE daba sus primeros pasos: “a la enseñanza privada la ha venido Dios a ver”. Quizá pueda decirse esto con más razón cuando se implante la Educación para la Ciudadanía, rótulo dado por los socialistas a la asignatura con la que piensan diseñar su ejército de orcos. El siguiente paso es, pues, dar otra vuelta a la tuerca que ahoga la iniciativa social en el campo educativo. Cuando el ministerio dice que la asignatura podrá adaptarse al ideario de los centros privados, estos harían mal en recibirlo como una caricia. El partido del gobierno conoce de sobra que cuanto mayor sea la facilidad de acceder a un centro de iniciativa social más muchachos escaparán del reciclado ideológico, de modo que habrá que subir de nuevo la guardia contra la tentación totalitaria, que en el socialismo es más que tentación.

De todos modos, como dice el presidente de Profesionales por la Ética, Jaime Urcelay, el sesgo que tome la asignatura va a depender más de los profesores que la impartan que del ideario del centro, ya que en la red pública este ideario es sumamente difuso y suele apelar de modo genérico a los llamados valores constitucionales: de otra manera, los padres se pensarían la elección de centro mucho más de lo que lo hacen ahora mismo. En realidad, la Educación para la Ciudadanía no va a suponer sino un plus en el adoctrinamiento que ya reciben los escolares. En las aulas españolas se ha venido adoctrinando sin pudor, durante décadas, en el sentido querido por la facción hoy gobernante. Pero ha sido así porque los profesores, en particular los de Enseñanza Media, han sido los mejores altavoces de esa facción (al tiempo que, por triste paradoja, eran los más perjudicados por ella).

Harán muy bien los padres en objetar contra la nueva asignatura. Será un hermoso primer acto de la resistencia contra el socialismo en su cutre versión zapateriana. Pero a los profesores, quiero decir a los profesores conscientes de lo que se juega, nos corresponde agarrar ese toro y ofrecernos a impartir la asignatura, reconvirtiéndola en formación de ciudadanos europeos dignos de ese nombre. A no ser que queramos perder otro tren, ¿y van...?

(El Manifiesto)

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21 mayo 2007

(Negrita mía)

La Iglesia vuelve a tener hoy una inmensa función formativa, justamente cuando quizá tenga menos presencia docente o enseñante. En este momento de la historia, por temor a ideologizaciones y utilizaciones políticas, por rechazo de todo dogma, por difuminación de los sistemas de valores, no hay ya prácticamente nadie que se atreva a educar públicamente. El drama del sistema educativo del país es que todos hemos quedado a merced de los poderes anónimos, que propalan palabras e ideas y no se responsabilizan de su sentido ni de sus consecuencias a largo plazo. Las familias están desbordadas; los profesores, en institutos y colegios, se reducen a docentes, por temor a ser acusados de indoctrinadores. Entre la masa y las sectas apenas han surgido minorías con coraje crítico y respeto absoluto a las conciencias, pero a la vez con voluntad decidida de ofrecer propuestas de verdad y moralidad, de acción y esperanza. Es un momento providencial, por lo duro en un sentido y por lo necesario en otro, para que la Iglesia tenga una presencia formadora e ilusionadora desde su palabra propia que es el Evangelio.

Olegario González de Cardedal, Educación y educadores. El primer problema moral de Europa.

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19 mayo 2007

La guerra de los botones

Si la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud, eso quiere decir que la virtud existe y no es una mera simulación. Digo esto porque Louis Pergaud parece insinuar que el comportamiento vital y espontáneo de sus chicos se opone a las hipocresías de la educación (familia y escuela), y se aducen como ejemplo, al final, los hábitos prematrimoniales de algunos padres. Es como razonar que el comportamiento normal es el de los tramposos y que las reglas del juego no sirven para nada, por el mero hecho de que hay gente que hace trampas: lógica subnormal al nivel de cualquier cantautor de los 90. Por otra parte, la novela saldría ganando si el autor hubiera prescindido de sus proclamas anarquistas, bastante primarias e idiotas, hasta el punto de creerse poco menos que un autor maldito por el hecho de que sus personajes se insultan llamándose güevones y lameculos y hacen pintadas en las iglesias. Pobre hombre.

Todo ello, sin embargo, no quita que estos chavales que protagonizan la obra nos resulten inevitablemente simpáticos y que la novela parezca, sin género de dudas, superior a todo, o a la mayor parte, que se escribe hoy sobre adolescentes. Quizá porque estos sí, estos adolescentes de las novelas de ahora son los que rezuman hipocresía, aparentando una moral que repele por lo lacrimógena y retórica y que oculta un egoísmo atroz. Nada de eso vemos en los principios guerreros, en la solidaridad, en la combatividad y en la sencillez contagiosa de estos chicos de Pergaud, que en nada contradicen (a pesar del autor) la labor formativa de la familia y la escuela.

Nota redactada en junio del 2000

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18 mayo 2007

El vértigo de la diversidad

Es lamentable que en las épocas de crisis como esta en que vivimos, sean los marginados los que gozan de privilegio. En las épocas clásicas, como, por ejemplo, entre 1930-60, había modelos. Y, tanto en la sociedad como en la Iglesia, las personas que se apartaban de tales modelos se las consideraba marginadas, hasta el punto que la marginalidad era contemplada en cuanto tal.

A partir de mayo de 1968, asistimos a una verdadera canonización de la marginalidad: si uno permanece personalmente fiel a los principios que le han sido inculcados, es considerado como arcaico, como un desfasado, con un tono de claro menosprecio. Consideremos el problema que esto constituye para nosotros, que nos referimos a una revelación que se remonta a dos mil años, una religión de encarnación, judeo-cristiana, con un mensaje datado, radicado en el tiempo y en el espacio.

Esto supuesto, cae lo permanente en descrédito, y en todas las cosas se privilegia la diversidad, el fenómeno de la desviación. Es el resultado de la influencia de los "media", anclados en lo diverso, en lo que se aparta de la norma y que es presentado de forma extraordinariamente simpática (véase por ejemplo el inmediato éxito de la revista "Autrement". Bien se trate de medicina, de Iglesia o de todos los posibles fenómenos de nuestra sociedad, en los números de esta revista, hechos con mucho talento, se encuentra siempre el panegírico de lo que es autre, de lo "diverso"). Bien se conoce el proverbio inglés: "La hierba del vecino es siempre más verde". Este hecho ha llegado a ser hoy como un vértigo: Dificultad para una Iglesia a la que nosotros pertenecemos y que pretende poseer una vedad, trazar las líneas de conducta. En todos los grandes debates que han acompañado a los documentos de la Iglesia en la última década, en ciertos órganos de información, hablados o escritos, se encuentra el mismo espacio, el mismo planteamiento tipográfico, la misma presentación, reservados a la contestación de quien tenía autoridad para hablar, cuando no ocurre exactamente lo contrario (Encíclica Humanae Vitae... y quintales de papel reservados a la contestación por parte de los marginados), y esto acaba produciendo un efecto terrible sobre los lectores y sobre los oyentes.

Paul Poupard, Iglesia y culturas

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16 mayo 2007

Esos indeseables que fuman

En su día, los censores españoles quisieron ocultar un adulterio y destrozaron una estupenda historia en torno al pecado y la gracia, cual es Mogambo, de John Ford. Hoy, el nuevo puritanismo parece dispuesto también a machacar obras de arte con sus melindres profilácticos: Hollywood va a tener en cuenta el consumo de tabaco en los filmes como un criterio más para determinar su calificación moral.

De chico, nada me hubiera satisfecho más que colgar un par de revólveres de mi cintura, o en su defecto una espada. Por suerte para todos, ello no me fue posible, quiero decir con armas de verdad, porque la sociedad ya se ocupaba de no dejar tales cosas al alcance de quien no las necesitaba ni mucho ni poco. Con eso del tabaco parece que se quiere actuar a la inversa: la facilidad para adquirir el producto contrastará con la dificultad para verlo consumir en pantalla. El mensaje es, pues: no seas como esos chicos malos que se queman los pulmones. No importa que John Wayne arriesgue su pellejo en defensa de la justicia sin irle ni venirle nada personal: fuma y es un tío deleznable, que no sabe lo que valen cinco años de vida totalmente asépticos, viviendo y dejando vivir, con una dieta equilibrada y practicando sexo seguro.

Dicen que los chicos hacen lo que ven, lo cual es cierto. Pero me pregunto qué es peor, si un Río Bravo o un Casablanca llenos de fumadores o un manga japonés sin humos o un Torrente donde sólo fuman los tontos. Yo al menos sé que no me importaría que un hijo mío llevara un Ducados en el bolsillo si al tiempo adquiría las virtudes del Wayne de Howard Hawks o de Rick Bogart. Es mejor morir de cáncer de pulmón que de aburrimiento.

(El Manifiesto)

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14 mayo 2007

Trilogía de la Residencia de Estudiantes

Entre 1915 y 1919 dictó Eugenio d´Ors estas conferencias, y apostaría a que fue de lo más brillante y original que oyeron los residentes de la institución gineriana. Y no sólo por el estilo, quizá hoy un poco altisonante pero de una elaboración exquisita. Se abre el volumen con "De la amistad y el diálogo", que expone una tesis audaz: en España adolecemos de cierta minusvalía para la amistad, porque nos cuesta acceder al diálogo. Sea exagerado o no, no estará mal tomar nota de la advertencia. Pero no es hasta "Aprendizaje y heroísmo" cuando d´Ors alcanza el culmen de su genio: la exposición, que comienza por todo lo alto con un introito digno de ser enmarcado, sigue una línea segura y fascinante para convencernos de que en el diario estudio, en el diario ejercicio de la profesión, puede y debe darse el heroísmo y que, sensu contrario, aquel que odia su quehacer cotidiano no es un hombre honesto. Los españoles, dice, hemos fiado mucho de aquel verso del Tenorio: "un punto de contrición/ da al alma la salvación"; pero importa mucho efectuar un giro y "cifrar nuestra moralidad, no en puntos de contrición, sino en líneas de heroísmo". La letra con sangre entra, pues, pero no con la sangre de los palos, sino con la de la propia disciplina. Y aquí d´Ors se muestra rigurosamente anti-logsiano, pues "es hora de rehabilitar el valor del esfuerzo, del dolor, de la disciplina de la voluntad, ligada... no a aquello que place, sino a aquello que desplace". Como se ve, palabras de plena actualidad, pronunciadas hoy por muchos en murmullos.

Nota redactada en junio del 2003.

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12 mayo 2007

Vaya, ¿tendrá razón?

(El final del cuento borgiano "Deutsches Requiem" siempre me ha dejado meditabundo. Un jerarca nazi reflexiona en la oscuridad de su celda a la espera de su ejecución.)

... Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la justicia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

(En El Aleph)

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11 mayo 2007

Los traseros obedientes de Spencer Tunick

Levántese usted el domingo a las cuatro de la mañana, o no se acueste. Lléguese usted en cueros vivos hasta el paseo de Tal, donde se reunirá con otras veinte mil personas en las mismas circunstancias, todos bien juntitos, y pase una hora a las órdenes del fotógrafo Fulano: a ver, pónganse así, ahora así... Cualquier juez sería linchado públicamente si se atreviera a dictar semejante castigo. Pero sarna con gusto no pica, y allí se fueron veinte mil tíos, esta vez en México, a dar gusto a Spencer Tunick, el fotógrafo que ha conseguido hacerse un nombre a fuerza de reunir masas, no para soltarles un discurso sobre la superioridad de la raza aria, sino para inmortalizarlas en bloque y en pelota picada.

Algunos dicen que es un artista polémico. No sé qué puede causar polémica ya en el mundo del arte. Me parece mucho más polémica la borreguez con que veinte mil ciudadanos se prestan al número en cuestión. Posar desnudo, a solas, para un escultor o un pintor entra en lo que llamamos normal. Pero lo de estos veinte mil roza ya el terreno de la patología. Las antiguas penitencias con saco y ceniza quedan desacreditadas ante este nuevo ejemplo de negación del yo, de renuncia a la autoestima. No en vano la desnudez en publico y la actuación en masa forman entre los modos más claros de degradación entre los humanos.

En el fondo, creo que sólo para su director tiene sentido esta performance multitudinaria. Es él quien debe de disfrutar con ese conglomerado de seres humanos despojados de todo, hasta de sus ropas, obedeciéndole: ahora tumbados, ahora levantando el trasero, en postrada sumisión... Así una hora. Hubieran gritado ¡Heil Hitler! o ¡No a la guerra! si Tunick se lo hubiera pedido; o coreado una canción de Maná, o exigido la crucifixión de alguien... Es lo que llaman la erótica del poder, nunca mejor figurada. Al desnudo.

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Regla número n de todo publicista que quiera pasar por demócrata

Al referirte al franquismo, y a falta de otros epítetos más degradantes, añadirás siempre el adjetivo largo: largos años, larga etapa...

No vayan a pensar.

Y que conste que la conferencia de mons. Sebastián es certera y enjundiosa. Pasa que siempre hay algún quisquilloso dispuesto a poner peros.



10 mayo 2007

Centro

Alguien cuyo nombre no recuerdo (y no lo digo en plan desdeñoso) reivindica, en el último número de la revista de la FAES, el centro político. Su argumento central es que los electores, preguntados sobre su posición en el espectro ideológico, suelen señalar de modo mayoritario los números 4, 5, 6, en una escala del 1 al 10. Pero, ¿significa eso que votan a quien más centrado se les ofrece? Ca. Votan a quien se les presenta como el más coherente y mayores garantías brinda de una buena gestión (a no ser que medien terrores colectivos como el del 11M, aún actuante).

No tengo nada contra un partido de centro que es apreciado como tal por la opinión pública, porque sus propuestas contienen elementos de la izquierda y de la derecha. Pero cuando es el propio partido quien, como dicen ahora, se reclama de centro, mal asunto. Por lo general indica falta de firmeza en los principios, predisposición al compadreo y querencia al sí, pero poco y al que no vayan a pensar que yo. Las elecciones se ganan en el centro algunas veces. Otras veces en la izquierda y otras en la derecha. Depende de la credibilidad de cada cual.

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09 mayo 2007

Nuestro padre san Daniel

San Daniel es el profeta, patrón de Oleza, la Orihuela literaria que se inventó Miró. Y su imagen en piedra es casi como un tótem en el grupo social que se nos aparece aquí, cerrado en sí mismo y sin esperanzas de futuro. La novela es un cuadro pintoresco, sí, de un mundo en descomposición, y se diría que la naftalina se impone sobre todos los otros olores que sabe extraer Miró y ponernos en las narices con su pluma genial.

Dicen que las novelas de Oleza son lo mejor de Miró. Qué quieren que les diga, comparado con El humo dormido, que es mi otra experiencia mironiana, Nuestro padre san Daniel me ha parecido a ratos una mera enumeración de flores y de arbustos. Algo que habría estado muy bien si te lo fuesen susurrando mientras paseabas por aquellos lugares. Pero así, a palo seco, llega a producir bostezos. Dicho sea sin desdoro de las cualidades de prosista de don Gabriel.

Es, digo, el cuadro de (más que el canto a) un mundo en descomposición. La sociedad aristocrática y clerical que profesa el carlismo como un suplemento a su religión, y a la que compadecemos por sus cadenas sólo porque nosotros nos hemos acostumbrado a las nuestras. Y Miró nos la presenta también con un tono bergmaniano, o pasoliniano, con algo en definitiva del cine psicológico europeo, abundante en miradas premiosas que son como preguntas formuladas a medias.

Nota redactada en junio de 2004.

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07 mayo 2007

Last tango

He sido explotada: no era famosa, era sólo una mujer, que además tenía diecinueve años. Por aquello recibí en total cinco millones de liras (unos tres mil euros). Mientras Marlon Brando y Bernardo Bertolucci continúan ganando dinero con aquella película, yo paso verdaderas dificultades para poder vivir... Me pusieron la etiqueta de la chica del tango. He sido aniquilada por esta película. Para mí fue una violencia moral. La desnudez es algo que no debería ser explotado de esa manera por el cine.

Maria Schneider. Citado por Alfonso López Quintás en La cultura y el sentido de la vida. Ignoro si figura también entre los extras o special features del DVD.

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06 mayo 2007

La ley de paridad socialista

se llama propiamente Ley de igualdad, pero temo que se va a popularizar así, como ley de paridad, por más de una razón. Y sea la principal que el pintoresco asunto de las listas electorales (mitad niños, mitad niñas, que si no no vale) dará mil quebraderos de cabeza. Empieza a darlos: ya se han producido denuncias por parte del PP hacia listas del PSOE que infringían su propia ley, y la ya famosa candidatura de Garachico (Tenerife), donde los populares incluían sólo mujeres, parece concebida con el sólo ánimo de mostrar la incongruencia de una norma que nacía con el propósito de acabar con la discriminación de la mujer (al menos así lo interpretaron las rapsodas que aclamaron a Zapatero tras el alumbramiento: ista, ista, ista...).

De hecho, el producto es susceptible de impugnaciones casi hasta el infinito. No sólo es que obligue a confeccionar candidaturas pares, lo que supone una arbitrariedad añadida y de dudosa legalidad. Sucede que, puestos a computar, a lo mejor resulta que hay más varones cabezas de lista que mujeres, y así tampoco vale, jo, porque el primero tiene más posibilidades de salir que el segundo, y el tercero que el cuarto. Habrá que presentar un número par de partidos y sortear los que encabezan con varones y los que encabezan con mujeres... ¿Dejar al elector el orden de preferencia? Eso sería el principio de las listas abiertas, y eso sí que no. En fin, un embrollo. ¿No sería más sencillo que, para compensar esa dicha discriminación de siglos, dejáramos participar en política sólo a mujeres hasta el 2200, pongo por caso, quizá con un cupo del diez por ciento de varones? ¿Delirante? No más que lo otro, por cierto.

Y lo más chispeante es que todo esto parte de los que han hecho una bandera de la superación de la diferencia sexual. O de género, como mal dicen ellos.

El Manifiesto

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05 mayo 2007

Negra espalda del tiempo


Estamos en una época en que lo que se lleva en narrativa es mezclar realidad y ficción, hacer unas memorias mitad verdad y mitad mentira o una falsa novela donde el escritor nos cuenta su vida, con aderezos más o menos fantásticos al gusto de cada cual. Y esto es lo que viene a ser Negra espalda del tiempo. Claro, se me olvidaba decirlo, este tipo de literatura se convierte a veces en una feria de vanidades, de las vanidades del propio autor, que nos dice de cincuenta maneras diferentes lo pequeñitos que resultan todos los demás mortales a su lado y lo bien que haría él el papel de Dios si le dejaran.

Esto es, digo, este libro que muchos se empeñan en llamar novela pero que, aunque sea un saco donde cabe todo, pues todo tiene un límite. Nos estraga Javier Marías con las reacciones que su novela Todas las almas produjo en sus colegas de Oxford, que creían verse representados en ella, y luego, junto a disquisiciones sobre su propia persona y su familia, nos sigue torrando con la vida y milagros de algunos personajes con los que él se encariñó aunque nunca llegó a conocerlos. Aventureros y medio locos, como el que se proclamó rey de Redonda (un pedrusco de las Antillas) y tuvo a bien hacerle a él, Marías, heredero del título. Todo ello sabiamente enlazado, eso sí, por una obsesión central: la de esa espalda del tiempo, ese mundo de lo que podía haber pasado pero no pasó, encarnado en su hermano Julián, al que tampoco llegó a conocer.

Nota redactada en junio de 2006

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04 mayo 2007

La subversiva opción 0

... Y de la misma manera que el gesto de abstinencia frente al sexo resulta hoy tan subversivo como en las postrimerías del XIX lo fue la publicación de Les fleurs du mal o de Madame Bovary, corre uno el riesgo de ser procesado, como Baudelaire o Flaubert, por afirmar públicamente que la actividad sexual no es obligatoria, o que hay otros placeres tanto o más recompensadores que el del tacto, el gusto y el olfato.

(Ignacio Soldevila Durante, Historia de la novela española (1936-2000), cita libremente al crítico Philippe Sollers)

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02 mayo 2007

Asesinos sin rostro

¿Supera la nueva novela policíaca a la clásica? Si Henning Mankell es el que más vende y, por tanto (aquí ambas cosas sí suelen coincidir), el de mayor reputación de los nuevos, está claro que la respuesta es no. Ni la supera ni la llega a los talones. Bueno, es mi primera experiencia con Mankell, quizá sea esta una de las malas de su autor. Pero "fue considerada la mejor historia policíaca del año por la Academia sueca de novela negra y la mejor novela criminal por la Academia escandinava de novela negra". Mal asunto enctonces, aunque lo cierto es que ni un año ni una región de Europa dan para muchas genialidades.

Veamos: no es un buen whodunnit, porque los culpables no aparecen merced a la hábil hilazón de las pistas por parte del detective, sino que son recordadas por la memoria prodigiosa de uno de los personajes; se llega al móvil por una rutinaria investigación policial, y es el más vulgar de todos los móviles: dinero; los asesinos no son alguien que estaba presente en la historia desde el principio, sino ¡personajes nuevos! que aparecen al final. Un fraude, desde cualquier punto de vista. ¿Es una buena novela negra? Pues mira, no veo tensión narrativa, la acción brilla por su ausencia (salvo en dos o tres secuencias), no hay buenos retratos de malos malosos (no consigue ni por asomo que palpemos la depravación humana) y los problemas personales del héroe están ahí como pegotes, traídos por los pelos, y te hacen bostezar por su topiquez (o topiquitud). Una mediocridad.

Nota redactada en febrero de 2006.



01 mayo 2007

Aunque los españoles saben

que la lógica funciona tan bien en España como en cualquier otro lugar, nunca han encontrado una razón apremiante para ajustar sus vidas a semejante pequeñez.

Harold Raley, El espíritu de España

Estos piropos nos gustan a los españoles más que comer con los dedos. Lo que pasa es que nunca sabes cuándo van envenenados.

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