El quinto volumen de
El
espectador consta de dos partes: unas “Notas del vago estío” tomadas, se
supone, a lo largo de un viaje por Castilla, y un ensayo sobre “Vitalidad, alma
y espíritu”. De la primera parte destacan unas “Ideas sobre los castillos” que llevan
al autor a muy diversos parajes intelectuales, desde la diferencia entre
liberalismo y democracia (crucial en
Ortega,
como sabemos) hasta el origen del concepto de
criado, pasando por unas interesantes reflexiones en torno a la
muerte como cifra de lo que uno ha pretendido que sea su vida (no que “un bel
morir tutta una vita honora”, sino que una bella muerte es el símbolo de una
vida bella, digamos). En la segunda parte, de un modo un tanto caprichoso,
relaciona esos tres conceptos con las potencias del alma humana: voluntad,
intelecto, sentimientos, emociones. Como todo en
Ortega, bien pensado pero sumamente discutible.
El sexto volumen reúne conferencias, artículos y textos de
diverso origen que le sirven, como de costumbre, para divagar en torno a las
cuestiones más variopintas. De su estudio sobre el fascismo (“sine ira et
studio”, lo cual era ya, en efecto, bastante difícil), destaca su idea de que
lo que le caracteriza es su ilegitimidad,
dicho no como reproche sino como característica asumida, como propio de un
movimiento político que surge en tiempos en que los europeos estaban hartos de
todas las “legitimidades”. Es interesante también su visión del romanticismo en
la conferencia que impartió con motivo de la inauguración del Museo Romántico,
así como su “Interpretación bélica de la historia”, donde reivindica el papel
de la guerra como motor de los cambios históricos, frente a Marx y su interpretación económica.
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