25 septiembre 2012

Nihil novum

Arnold Lunn, esquiador y polemista, recién converso, en correspondencia con el ateo C. E. M. Joad 

Cubre usted su retirada de una tumba vacía con la cortina de humo de su desprecio hacia mi ingenuidad, mi estrechez de miras, etc. etc. Y es curioso, pero esa es precisamente la acusación que los católico-romanos dirigen a la intelectualidad moderna... La principal diferencia entre el padre Knox y los líderes de esa intelectualidad es que el padre Knox ha estudiado cuidadosamente nuestros modernos credos, mientras que la media de los que pertenecen a la intelectualidad desconocen totalmente el cristianismo. Déjeme recordarle una vez más que discuto con ustedes no porque se nieguen a tomarse en serio el cristianismo, sino porque no cesan en su afán de criticar una fe que son demasiado holgazanes para estudiar. 

 (Is Christianity true?, Londres 1933)

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23 septiembre 2012

¿Qué pasa si se pierde Cataluña?

Respuesta gallega: ¿Se perdería algo si se pierde la actual España? Que Cataluña 2012 sea independiente no me quita a Eugenio d´Ors, a Dalí ni a Balmes... ni a Francisco Ibáñez (¿quién tan español como los personajes de Ibáñez?) La disolución territorial de España no es más que un episodio de su disolución moral. Cataluña está perdida, como lo están las provincias vascas. Pero, ¿no están perdidos para España todos esos castellanos que sólo agitan la rojigualda con ocasión de un campeonato de fútbol?

Todo eso, sin embargo, no borra a España de la historia ni de la cultura. Algunos llevaremos a ambas como los hombres-libro de Farenheit 451 llevaban su historia literaria. España Dulcinea, que decía José García Nieto... "Y si es preciso, nos azotaremos para desencantarte".

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21 septiembre 2012

Nudo de víboras



En un artículo sobre Knut Hamsun, Vintila Horia empezaba preguntando: ¿Quién no ha leído, en su juventud, una novela de Knut Hamsun? Más o menos por la misma época, un profesor mío de universidad se ponía: ¿quién no ha leído alguna vez una novela de François Mauriac? Es la clase de preguntas que te hacen sentirte como un marciano. Mi única experiencia con Hamsun (Bajo las estrellas de otoño) me dejó con cara de tonto, y aún hoy no sé qué es lo que leí. Ahora abordo por primera vez a Mauriac y la impresión es totalmente diversa, pero me cuesta imaginar a los españoles del 45 al 85 peleándose por la última reedición.

Luis se va a morir y concentra sus últimos esfuerzos en encontrar el modo de desheredar a sus hijos. Es malo, y no deja de decírnoslo. Y además, ateo y masón, y goza pillando a su mujer con trampas dialécticas sobre la religión. Sólo quiso a su difunta hija María y a un sobrino llamado Lucas. Los hijos, hijos políticos y nietos, por su parte, sin hacer ostentación de odio, se muestran como unos egoístas de campeonato y sólo esperan la muerte del malvado abuelo, cuya última baza es dejar su fortuna a un hijo ilegítimo al que apenas conoce.

Es una novela de suspense espiritual, por así decir, pues sospechamos que la gracia de Dios acabará tocando a Luis. Pero Mauriac, con un exquisito pudor literario, nos oculta la solución y deja que seamos nosotros quienes averigüemos el cómo, cuándo y por qué de su conversión, si es que se produce, a partir de los datos de su diario. Un foro sobre esta novela sería apasionante. 


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19 septiembre 2012

El paganismo,


el hoy tan decantado paganismo por los que hacen profesión de anticristianos, vino en sus postrimerías a dar en un hastío y desencanto de la vida, en un tétrico pesimismo. Y si la religión de Cristo prendió, arraigó y se extendió tan pronto, fue porque predicaba el amor a la vida, el verdadero amor a la verdadera vida y la esperanza de la resurrección final. Más agudo y perspicaz era Schopenhauer al combatir al cristianismo por optimista, que aquellos espíritus ligeros que le acusan de haber entenebrecido la vida. La esperanza de resurrección final fue el más poderoso resorte de acción humana, y Cristo el más grande creador de energías. 


Miguel de Unamuno, Contra esto y aquello.

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16 septiembre 2012

Evasión y autoindulgencia


Malcolm Muggeridge, en su discurso de renuncia como rector de la Universidad de Edimburgo, recogido en Jesus rediscovered:

Los estudiantes de esta universidad... son los últimos beneficiarios de nuestro estado del bienestar... su espíritu de rebeldía y oposición no tiene prácticamente nada que hacer a la hora de aceptar los medios y los valores de este modo de vida nuestro en decadencia y espiritualmente empobrecido, por el que no siento ninguna atracción y que, en cualquier caso, soy incapaz de entender. ¡Qué infinitamente triste, qué macabramente divertido resulta que su insubordinación tenga como objeto reclamar marihuana y píldoras, en el intento de evasión y autoindulgencia más miserable jamás conocido!... El recurso de cualquier viejo baboso y libertino, en cualquier lugar del mundo y en cualquier época de la vida: la droga y la cama.

(Citado por J. Pearce en Escritores conversos)

Ciertamente, estos rebeldes a lo más que recuerdan es a los epsilones de Un mundo feliz reclamando su soma, la droga con que el poder los mantenía sumisos.

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15 septiembre 2012

El estudio en escarlata




Al igual que El signo de los cuatro, El estudio en escarlata consta de un caso detectivesco y una mininovela de aventuras que sirve para explicar los antecedentes remotos del crimen. Lo cual puede ser un capricho del autor o un modo de encubrir su incapacidad parta sostener una intriga policíaca durante muchas páginas. A saber.

Esta es la primera novela de Sherlock Holmes y, naturalmente, se nos describe al personaje -y a Watson- con mayor pormenor que en otras. Los que ya tenemos el gusto de conocerle no nos sorprendemos, pero sin duda debió de causar un gran impacto en su momento. Choca enterarse de que Sherlock tenía carencias fundamentales de conocimientos que a él no le importaban, es más, que despreciaba, porque, según él, un hombre sólo debe tener en su cabeza los datos imprescindibles para el oficio que ha de desempeñar: lo demás es atestar el cerebro de trastos inútiles que no hacen más que estorbar.

La novelita de aventuras es sorprendente porque, sin previo aviso, y cambiando de narrador, nos traslada a Salt Lake City en la época en que es fundada por los mormones. De creer a Doyle, aquello fue un régimen de terror donde la mínima disidencia de la "verdadera fe" se pagaba con la muerte, y donde las mujeres eran algo así como cabezas de ganado. El argumento es muy folletinesco, con doncella atribulada y apuesto salvador de por medio: una peripecia que terminará en el Londres victoriano en espeluznantes circunstancias, y tal.

13 septiembre 2012

Refinamiento

Tengo un compañero que se jubila el 30 de septiembre. Esto puede parecer absurdo, pero el absurdo es connatural a quien lleva un par de décadas en el sistema educativo español. Y sin embargo, bien mirado, jubilarse el 30 de septiembre es un placer de extremo refinamiento. Algo así como poner el despertador a las 6 para seguir durmiendo. Le ves al tío paseándose por ahí, como quien está pero no está. Parece que todo empieza de nuevo, pero no. Un horario, unas clases, y todo mentira, todo se esfuma por san Miguel, patrón local, a mayor abundamiento. Es casi inmoral su presencia en los pasillos, transfigurado (todo profesor se transfigura en la jubilación) ante los que van a bregar veinte horas semanales sin paga extra (encima eso), y él haciendo como que tal, probando un poco sólo y luego nada. O quizá no, quizá es un anticipo de la gloria que nos espera después de haber bregado toda la noche, una mala noche en una de las posadas más ingratas. Me pido la jubilación el 30 de septiembre, aunque sea a los setenta y tantos.

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11 septiembre 2012

... ni tampoco permitía a los alumnos

tomar el mando de la clase el día de su cumpleaños. En St. Edmund había muchachos incapaces de percibir la diferencia entre la amabilidad y la familiaridad, lo que obligaba a mantener siempre las distancias. 

Evelyn Waugh, Ronald Knox

Mira, no estaría mal como objetivo o competencia en una programación didáctica: "percibir la diferencia entre amabilidad y familiaridad".


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08 septiembre 2012

Un hombre que se parecía a Orestes


Las fábulas que sirven a Cunqueiro como punto de partida de sus historias parecen ser el mundo mismo: un marco, un espacio-tiempo particular dentro del cual se mueve todo. Sí, porque aquí, por ejemplo, Egisto, Clitemnestra y Orestes parecen inmóviles en su tragedia. No se dirigen a ninguna parte, han quedado petrificados en la espera de la venganza y, como de costumbre, en torno a ellos se suceden mil anécdotas que acaban y terminan en un fulgor, como bengalas, y de las cuales ellos mismos pueden ser protagonistas, pero siempre sin desenlace.

En definitiva, es el mismo libro de Cunqueiro, ahora con Orestes como antes con Merlín o con Ulises. La misma estructura, idénticas características, y sin embargo de imaginación inagotable. Cuando aún no te has repuesto de una sorpresa, llega la siguiente, en forma de personaje pintoresco, de suceso peregrino o simplemente de invención verbal.

Cunqueiro es un maestro a la hora de sacar partido del galleguismo: del giro lingüístico gallego, quiero decir, que contribuye a dar un aire arcaico o novelesco a la frase. Creo que él era consciente de esto, pero también es cierto que ese matiz puede perderse en el original gallego, cuando lo hay (no es el caso del Orestes). Sucede, por ejemplo, con el pluscuamperfecto simple: llegara, tuviera. En todo caso, el galleguismo sería sólo una ínfima parte de los recursos que Cunqueiro pone aquí en acción para conseguir un espectáculo deslumbrador.

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07 septiembre 2012

La ocurrencia de Alberto Contador

después de coronar Fuentedé expresa, mejor que un libro, muchas actitudes hacia la moral cristiana:

Había un demonio que me decía: "ataca, ataca..." Luego había un ángel que me decía: "conserva... no seas loco..."

Por supuesto, Alberto, hombre audaz y esforzado donde los haya, hizo caso al demonio.

Sancte Michael... Eso: ora pro ei.

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05 septiembre 2012

Un poco de propiedad, Dumas

Villefort se debate con su conciencia:


Pero esta vez se trataba de otra cosa muy distinta: la pena de cadena perpetua acababa de aplicarla a un inocente, un inocente que iba a ser feliz y de quien destruía no sólo la libertad, sino la felicidad; esta vez no era juez, era verdugo. 

(El Conde de Montecristo)

Perdón, pero no. No era verdugo. Era criminal. Un verdugo es un funcionario que no hace sino ejecutar la sentencia del juez. Conviene tenerlo en cuenta porque abusamos cada vez más del término verdugo para referirnos a acciones criminales.

(Y que conste que no ha habido ninguno en mi familia, que yo sepa)

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04 septiembre 2012

Escritores conversos

Uno queda fascinado por la extraordinaria floración de poetas, novelistas e intelectuales en general que decidieron, durante la primera mitad del pasado siglo, acogerse a la Iglesia católica desde el anglicanismo o al menos acercarse más a este desde una posición de indiferencia. Tanto más cuanto que la gran mayoría perseveró en la iglesia y llegaron a ser incluso grandes apologetas. Y a la vez uno se queda un poco deprimido por no encontrar en su propio país una floración espiritual similar. Bien es cierto que los contextos son diferentes y que en España todo el mundo es más o menos católico y lo que puede hacer es alejarse y acercarse según sople el espíritu o se le haga más o menos caso. Pero no es eso. Aquí apenas hay Eliots, ni Waughs, y mucho menos Chestertons.

En fin, dejémoslo. Lo cierto es que estamos ante un libro mágnífico, no solo porque nos descubre a un montón de personajes interesantes, sino por su esmerada factura. Pearce no se limita a ir poniendo uno detrás de otro a los autores estudiados, sino que procede de modo cronológico y temático a la vez. El caso de Oscar Wilde sirve de algún modo como prólogo, como si este hubiera sido la espoleta o el santo intercesor de esta eclosión . Luego, con el trío Chesterton-Belloc-Baring se inicia el fuego y vamos asistiendo a su propagación por parte del resto de los personajes, que forman, en efecto, una red de mentes. Se nos muestra su actitud frente a la guerra, la crisis de valores, los cambios en la Iglesia, etc., de un modo casi novelístico y con una prosa de buena calidad que nunca atrae la atención sobre si misma. Un buen trabajo.

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02 septiembre 2012

Miscelánea tuitera


Tadeo Jones arrasa en Twitter. Hay que reconocer que el título está bien puesto. Aunque en la red nadie lo ha dicho todavía, supongo que muchos en la calle ya habrán hecho el chistecito: "´ta de..." Eso se dice más bien de lo que afecta al paladar, pero no importa.

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Rajoy sobre Bolinaga: hay que estar con la ley. Oh, el Estado de derecho, por lo menos el nuestro, ya nos ha demostrado bastante que no hay ley, sino interpretadores de la ley. Y el derecho es el de estar con unos hermeneutas o con otros. La juventud se vuelve decisionista, con razón. Ellos han desacralizado ya la democracia, porque no han vivido la época en que se vendió como panacea política. Coinciden con los ultras de entonces, sin saberlo, y aunque no les guste, tal vez.
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Carlos Esteban: The French and Italians enjoy drinking, the English and Irish enjoy getting drunk. Los españoles estábamos con los del área mediterránea. El calimocho cambió todo eso. Testigos las hordas errantes llamadas peñas (san Fermín, ora pro eis) que pululan por mi ciudad en fiestas.
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Me preguntan en Lecturalia por los libros que más me ha costado leer. Supongo que son algunos de los que he dejado. El lenguaje de Karl Bühler, la Crítica de las utopías políticas de Spaemann. Pero también los muy malos, que he terminado tras penosos esfuerzos: el único de Salgari (Los tigres de Mompracem, creo) o algunas de aquellas cosas aspirantes a bestseller que me pagaban por reseñar hace una temporada, tipo El papa mago o una de templarios de un tal Corral cuyo título ni recuerdo. 

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31 agosto 2012

Ahí, ahí.

Una sociedad no puede organizarse ni mantenerse en la realidad legalizando todo tipo de uniones a voluntad de las orientaciones subjetivas de los individuos y de las inclinaciones sexuales de cada uno. No le toca a la ley legitimar tendencias confiriendo derechos cuando a menudo lo que los individuos piden es ser reconocidos en su personalidad porque tienen dificultad para aceptarse

Tony Anatrella, La diferencia prohibida. Negrita mía.

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30 agosto 2012

Miau


Galdós es cruel. Se burla sin piedad de esta colección de seres mediocres como pocas veces lo había hecho con otros de sus personajes, hasta en la manera de nombrarlos. Junto al infeliz cesante Ramón Villaamil se halla su parentela, compuesta por su esposa doña Pura, una manirrota y víctima del qué dirán, su cuñada Milagros, fracasada en su carrera como cantante; su hija Abelarda, la insignificante, la sosa, presa fácil del miserable de su cuñado Víctor Cadalso, el burlador, padre de Luisito, niño visionario que quiere ser cura. Con todos ellos compone Galdós una tragedia que no es tragedia y que casi es esperpento. Ciertamente, en estas condiciones, la vida es insoportable y uno casi aplaude la "decisión final" de don Ramón.

Es, de los que he leído, uno de los títulos más flojos de don Benito, y no me extraña que alguna vez haya sido lectura obligatoria en Secundaria, teniendo en cuenta el panorama educativo en España, que está clamando por un novelista simplemente ingenioso que le dé su merecido. Debió de fascinar su contenido social, único criterio de calidad durante muchos años en la escuela española, y aun fuera de ella. Pero es una novela que adolece de excesos folletinescos, aunque tamizados por la retranca galdosiana. Esto y el castellano casi teresiano del autor, que asimila maravillosamente toda clase de giros populares, dando a la narración un delicioso gracejo, salvan los muebles de lo que no es más que un retablo de marionetas macabras.

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28 agosto 2012

La realidad virtual de don Quijote (y IX)

¿Y España? ¿Cómo enlaza todo esto con la tragedia del imperio que se vino abajo cuando parecía a punto de culminar su proyecto? La tragedia de don Quijote, tal como él mismo la comprendió, nos enseña que también las naciones, los estados, pueden ser víctimas de ensueños y dedicarse a enderezar tuertos en lugar de sencillamente trabajar para el bien común de los súbditos, los ciudadanos o como queramos llamarlo. Carlos I y Felipe II quisieron ser Lanzarote o Tristán y desgastaron a España en la tarea de salvar a la doncella en peligro, la catolicidad amenazada por la Reforma y los caprichos de los reyes. Quizá no tuvieron más remedio: el primer embate de la modernidad fue aquel cuius regio eius religio, que venía a consagrar que cada príncipe adoptase su verdad, la que más le conviniera. Yo, bacía, ese, yelmo, y el de más allá baciyelmo; yo soy de Lutero, yo de Calvino, yo del Papa. Ante este panorama, los monarcas españoles se vieron como obligados a dar la batalla por la vieja unidad medieval. Era difícil darse cuenta, entonces, de que la cristiandad no iban a recobrarla los imperios, ni las espadas. La tarea de los gobiernos es hacer política, en el sentido más noble de esta palabra, que lo tiene. Y, si acaso, dejar a otros que den la batalla espiritual, si hay que darla. Las épocas más prósperas de nuestra historia han venido de recordar esto. Las peores, de olvidarlo. Y, como diría el propio Cervantes, vale. 

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26 agosto 2012

La realidad virtual de don Quijote (VIII)

¿Cuál es el origen de esta casta de explicadores del mundo, de inventores de realidades virtuales? Poco después de morir Cervantes, un hombre va a cambiar toda la historia del pensamiento con tres palabras: cogito, ergo sum; pienso, luego existo; lo que abría el camino para decidir que lo que existe es porque yo lo pienso, o que nada existe más que como yo lo pienso. De hecho, un siglo más tarde, otro señor afirmará sin ambages: esse est percipi: ser es ser percibido. Nada podemos decir acerca de lo que objetivamente son las cosas, pues no le es lícito al hombre salir fuera de su intelecto, de su razón. Sólo podemos hablar de lo que aparece ante nosotros. Yo no tengo derecho a afirmar que a mi lado se encuentra un señor de tupida cabellera negra; como mucho, puedo decir que yo percibo la figura de un señor de tupida cabellera negra.

De este principio se va a nutrir todo el pensamiento de la edad moderna, con consecuencias hasta nuestros días. Yo construyo la realidad a partir de mi conciencia. El ser se funda en mi pensar, y no el pensar en el ser, como había ocurrido en todo el pensamiento antiguo y medieval. Todo esto lleva al famoso relativismo (ese tan nombrado), pero también a esos pensadores light que se empeñan no sólo en explicarnos cómo es realmente el mundo (ellos lo han descubierto) sino a hacérnoslo tragar velis nolis (o sea: de grado o por fuerza), y que tanto han proliferado en los pasados siglos. Porque no siempre estos soñadores son tan magnánimos como don Quijote, y en vez de recibir ellos los palos acaban descargándolos sobre cabeza ajena.
Por esto, entre otras cosas, se ha relacionado al Quijote con la modernidad. El Quijote sería la primera novela moderna no sólo en el sentido estético sino también por sus implicaciones de fondo. Bacía, yelmo o baciyelmo, todo depende de la conciencia de cada cual. Falta saber si a Cervantes le ilusionaba esta perspectiva que empezaba a abrirse camino en la Europa posterior al naufragio de la Invencible. Para saberlo quizá podamos mirar una vez más al final de la historia, a las palabras del hidalgo ya curado de su locura. ¿Qué decía? "Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho..." Se congratula, pues, de haber recuperado el juicio y volver a ser Alonso Quijano "el bueno". El bueno, que no es poco.
Como para confirmarlo, Cervantes escribe después del Quijote una especie de réplica, donde los héroes ya no sueñan ser lo que no son, sino que, magnánimos, generosos, idealistas, enamorados, afrontan todas las contrariedades que la existencia les va sacando al paso hasta lograr la victoria y la felicidad. Se llama Los trabajos de Persiles y Sigismunda y nadie la lee, en una de las mayores injusticias de la literatura universal. Dos siglos más tarde, otro novelista nos dará también un ideal de humanidad alejado de sueños absurdos y realidades virtuales: me refiero al mister Pickwick de Dickens. Con él acaba el tiempo de los caballeros y entra en su lugar el "hombre bueno" (en el buen sentido de la palabra, como diría don Antonio); el hombre incapaz de acometer grandes hazañas (ni siquiera sabe patinar sobre hielo) pero dispuesto a todo, incluso a ir a la cárcel, como efectivamente hace, por ser fiel a sus amigos y a sus principios. Alonso Quijano está en Pickwick, no cabe duda, despojado de la ofuscación caballeresca. Una figura que, lamentablemente, no tendrá mucha continuidad porque inmediatamente la novela se lanzará a dibujar al hombre bestial del Naturalismo y luego al hombre sin atributos, al hombre sin rumbo que justamente la modernidad en crisis acabará produciendo.
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24 agosto 2012

La realidad virtual de don Quijote (VII)


Como tantos otros españoles de su época, Alonso Quijano se había zambullido en los novelones de caballeros andantes, que proliferaron como hongos a raíz del éxito del Amadís, a pesar de su calidad más que discutible. Estos novelones eran la última degeneración de la materia de Bretaña, el universo caballeresco de Camelot, que tantos entusiasmos ha suscitado siempre. Salvando al propio Amadís y, por supuesto, Tirante el Blanco, ninguno de ellos ha pasado a la gran historia de la literatura. Ya en su tiempo, los moralistas los censuraron y los hombres de letras abominaban de su pésima calidad, a pesar de lo cual se vendieron como los proverbiales chicles. Vamos, como si nos halláramos en el 2005. Ya se ve que no es fenómeno nuevo el que libros clamorosamente malos alcancen ventas de espectáculo. Hoy, sencillamente, se han sustituido los gigantes de cien brazos por intrigas eclesiásticas. Al menos, entonces, estos libracos no se leían en las escuelas. En aquella época no existía el concepto de “fomento de la lectura”; no se buscaba el leer por el leer, sino la adquisición de la sabiduría. Eso que salimos perdiendo.

Pero me estoy yendo por las ramas. El caso es que, como bien vio Martín de Riquer, lo que espantaba a Cervantes no era el espíritu caballeresco, magnánimo, que estos libros exaltaban, sino sus disparates y su pésima calidad. Por eso, seguía replicándole yo a este señor que escribía la carta, no podemos llamar a don Quijote ideólogo a no ser…

A no ser en un sentido muy diferente al que usted dice: en el sentido de que don Quijote se fabrica una realidad a su gusto y a su conveniencia, y a esa realidad inventada lo amolda todo. Eso es un ideólogo (en la acepción peyorativa del término, claro: no tengo nada contra quien desarrolla el pensamiento de un partido o de una asociación): el que, sentado en su despacho, se calienta la cabeza y se fabrica una realidad virtual para tratar de imponerla, no sólo a sí mismo, sino a todo el mundo. El que se sienta en su despacho y decide que hay una parte de la humanidad, los que tienen la nariz chata por ejemplo, que nacen para ser parásitos de los demás, y que la misión del buen gobernante es hacer que esa casta maldita desaparezca de la faz de la tierra. O decide que la historia del mundo se reduce a la lucha de los hombres A por someter a los hombres B, y que todo lo demás que vemos en el mundo no son más que inventos de los hombres A para confundir y alienar a los B. Si todos los demás no lo ven así, si todos los demás ven molinos, peor para todos los demás. No hay un loco que circula en dirección contraria, son todos los demás los que se equivocan de dirección.

Esos son ideólogos. Y existen, como bien sabemos. Y son un fenómeno relativamente nuevo en la historia, por lo menos en la historia del mundo que conocemos. En ese sentido, Cervantes no hace sino profetizarlos. Don Quijote no se esfuerza por adaptarse a la realidad, sino que trata por todos los medios de que la realidad se adapte a su cosmovisión caballeresca. “Bien se ve que no estás versado en esto de la caballería”, le dice a Sancho. Ellos son gigantes, y si no estás dispuesto a enfrentarte a ellos, apártate y mira. Y termina por hacer prosélitos: en la segunda parte, muchos otros entran en su juego. ¿Es bacía o yelmo? Ya saben, don Quijote porfiaba que era el yelmo de Mambrino la bacía que llevaba un barbero puesta en la cabeza para protegerse del sol. “Será baciyelmo”, concluye Sancho, en una magnífica alegoría de lo que más tarde se llamará la equidistancia o el consenso.

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22 agosto 2012

La realidad virtual de don Quijote (VI)


“La libertad, amigo Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”
“Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.”
“Sancho amigo, has de saber que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos… Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas de esta noche, su extraño silencio, el sordo y confuso estruendo de estos árboles… Pues todo esto que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace que el corazón me reviente en el pecho con el deseo que tiene de acometer esta aventura, por más dificultosa que se muestra.”
Todo esto son pensamientos de idealista, aunque más que este de idealista soy partidario de utilizar el adjetivo magnánimo. Lo de idealista se presta a ambigüedades. Por cierto, que trabajando hace poco, en clase, con chicos en torno a los catorce años, el pasaje de los molinos, nos encontramos con esta pregunta del libro de texto: “Don Quijote es un loco, pero le mueven grandes ideales. Señala cómo se muestra esto en el texto”. En esta profesión nunca te curas de espanto, así que me dejó perplejo una pregunta de un alumno: “¿Qué quiere decir eso de grandes ideales?”... Bueno, es posible que dentro de poco haya que empezar a explicar el Quijote, y muchas otras cosas, diciendo que antiguamente había hombres para quienes la vida no tenía como objeto solamente meter y sacar cosas del cuerpo; quizá haya llegado ya ese momento. Pero creo que no es el caso de los que estamos aquí.
Volvamos al tema: Alonso Quijano, don Quijote, es, en efecto, con palabra que ha caído en desuso, un hombre magnánimo, es decir, de ánimo grande. Alguien que no se conforma si no hace de su vida algo por encima de lo común. Alguien a quien no le asustan, antes al contrario, las grandes empresas, las aventuras, y para quien su propia persona se halla en último lugar de sus intereses. En el cielo no hay almejas, como bien sabía Álvaro de Laiglesia, sino almas grandes, gente magnánima. Y aunque el mundo le niegue esas grandes empresas, él no decae en su ánimo: en medio de la noche se encuentran el caballero y su escudero con unos sonidos misteriosos. Don Quijote quiere emprender la aventura, pero Sancho está muerto de miedo y le ata las patas a Rocinante para que no se pueda mover; y allí pasan la noche. Cuando amanece, resulta que los ruidos misteriosos no eran más que el tamborileo de unos mazos de batán, de un molino para machacar telas. Y Sancho, en uno de los pasajes más desternillantes del libro, se burla de su amo parodiando sus mismas palabras: “Has de saber, amigo Sancho, que yo nací en esta edad de hierro…”. Pero don Quijote se defiende:
¿Paréceos a vos que si como estos fueron mazos de batán fueran otra peligrosa aventura, no habría yo mostrado el ánimo que convenía para emprendella y acaballa?
Y dice bien. Otras cosas le faltarían, pero ánimo no. El drama de don Quijote, vamos a verlo ya, es que se trata de una magnanimidad mal encauzada; una magnanimidad sacada de quicio; que, como diría Marcos Mundstock, no le acertaba bien al recipiente.
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21 agosto 2012

La realidad virtual de don Quijote (V)



Me ayudó mucho a comprender el Quijote una carta al director en un periódico local. ¿Comprender, digo? Comprender, quiero decir, una de sus múltiples implicaciones y enseñanzas, ya que cada uno ha de ver en el Quijote lo que el Quijote le diga a él personalmente. Léanlo y saquen conclusiones. No vayan a ir luego diciendo pro ahí que “comprenden” el Quijote porque un día en la universidad un señor se lo explicó. Nada más lejos de mi intención.
Pero a lo que iba: en aquella carta el lector (de cuyo nombre, por supuesto, no me acuerdo aunque quiera) se quejaba de que alguien había dicho que las ideologías estaban en crisis. Ya saben, el viejo tema del “crepúsculo de las ideologías” que puso de moda en los años 60 Gonzalo Fernández de la Mora y que ya se ha convertido en un tópico. El crepúsculo de las ideologías es uno de esos libros que se lo deben todo a su título. Pocos son los que lo han leído pero todos hablan de él. Pasa, por ejemplo, con La decadencia de Occidente, del que dicen que es un ladrillo insoportable e interminable, y que si Spengler lo hubiese titulado “Ensayo de morfología de la historia”, que es lo que figura en el subtítulo y lo que más le conviene, no habría tenido el mismo éxito. Es lo que decía Borges, el perverso, de Eduardo Mallea, su compatriota, el autor de Todo verdor perecerá y La bahía del silencio: “Qué bonitos títulos pone Eduardo Mallea; qué pena que tenga la manía de adjuntarles un libro”. No digo yo que pase lo mismo con El crepúsculo de las ideologías: me parece un ensayo muy bueno y la prosa de Fernández de la Mora es brillante. Sucede que su mismo título es tan decidor que parece que dispensa de leerlo.
Al tema: ¿qué quieren decir con eso del crepúsculo de las ideologías? Pues eso mismo: que la política no es ya cosa de doctrinas sino de hechos. El hombre de Estado se acredita, no por su visión del mundo, sino por su capacidad para gestionar la república (en el sentido lato de la palabra). Y esto se puede aplaudir y se puede lamentar. Entre los que lo lamentan estaba este señor de la carta. Y en apoyo a las ideologías reivindicaba a don Quijote, el gran idealista, el hombre dispuesto a dar su vida por un ideal, que aunque acabó derrotado por la vulgar y triste realidad, nos dejó para siempre su ejemplo y su bandera.
Me faltó tiempo para coger la vieja Olivetti y pergeñar otra carta con la que trataba de sacar a este hombre de su lamentable confusión entre el ideal y la ideología. Mira, querido amigo, venía a decir: don Quijote no es un ideólogo. No me lo empequeñezcas. Una ideología no es más que una filosofía de andar por casa, una filosofía light, diríamos hoy, con el lenguaje de la Coca Cola; una filosofía que se adultera al hacerse política; un conjunto de normas doctrinarias vagamente inspiradas en algún pensador y que tratan de marcar el rumbo de una nación, o quizá del mundo: Comte y Nietzsche reducidos a Adolfo Hitler, Hegel caricaturizado en Fidel Castro. No. Don Quijote no es un ideólogo, sino un idealista, cosa harto diferente. A veces coinciden, pero un ideólogo puede ser un hombre con corazón de computadora.

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