Arnold Lunn, esquiador y polemista, recién converso, en correspondencia con el ateo C. E. M. Joad
Cubre usted su retirada de una tumba vacía con la
cortina de humo de su desprecio hacia mi ingenuidad, mi estrechez de miras,
etc. etc. Y es curioso, pero esa es precisamente la acusación que los católico-romanos
dirigen a la intelectualidad moderna... La principal diferencia entre el padre
Knox y los líderes de esa intelectualidad es que el padre Knox ha estudiado
cuidadosamente nuestros modernos credos, mientras que la media de los que
pertenecen a la intelectualidad desconocen totalmente el cristianismo. Déjeme recordarle
una vez más que discuto con ustedes no porque se nieguen a tomarse en serio el
cristianismo, sino porque no cesan en su afán de criticar una fe que son
demasiado holgazanes para estudiar.
Respuesta gallega: ¿Se perdería algo si se pierde la actual España? Que Cataluña 2012 sea independiente no me quita a Eugenio d´Ors, a Dalí ni a Balmes... ni a Francisco Ibáñez (¿quién tan español como los personajes de Ibáñez?) La disolución territorial de España no es más que un episodio de su disolución moral. Cataluña está perdida, como lo están las provincias vascas. Pero, ¿no están perdidos para España todos esos castellanos que sólo agitan la rojigualda con ocasión de un campeonato de fútbol?
Todo eso, sin embargo, no borra a España de la historia ni de la cultura. Algunos llevaremos a ambas como los hombres-libro de Farenheit 451 llevaban su historia literaria. España Dulcinea, que decía José García Nieto... "Y si es preciso, nos azotaremos para desencantarte".
En un artículo sobre Knut
Hamsun, Vintila Horia empezaba
preguntando: ¿Quién no ha leído, en su juventud, una novela de Knut Hamsun? Más o menos por la misma época,
un profesor mío de universidad se ponía: ¿quién no ha leído alguna vez una
novela de François Mauriac? Es la
clase de preguntas que te hacen sentirte como un marciano. Mi única experiencia
con Hamsun (Bajo las estrellas de otoño) me dejó con cara de tonto, y aún hoy
no sé qué es lo que leí. Ahora abordo por primera vez a Mauriac y la impresión es totalmente diversa, pero me cuesta
imaginar a los españoles del 45 al 85 peleándose por la última reedición.
Luis se va a morir y concentra sus últimos esfuerzos en
encontrar el modo de desheredar a sus hijos. Es malo, y no deja de decírnoslo. Y además, ateo y masón, y goza
pillando a su mujer con trampas dialécticas sobre la religión. Sólo quiso a su
difunta hija María y a un sobrino llamado Lucas. Los hijos, hijos políticos y
nietos, por su parte, sin hacer ostentación de odio, se muestran como unos egoístas
de campeonato y sólo esperan la muerte del malvado abuelo, cuya última baza es
dejar su fortuna a un hijo ilegítimo al que apenas conoce.
Es una novela de suspense espiritual, por así decir, pues
sospechamos que la gracia de Dios acabará tocando a Luis. Pero Mauriac, con un exquisito pudor
literario, nos oculta la solución y deja que seamos nosotros quienes averigüemos
el cómo, cuándo y por qué de su conversión,
si es que se produce, a partir de los datos de su diario. Un foro sobre esta
novela sería apasionante.
el hoy tan decantado paganismo por los que hacen profesión de anticristianos, vino en sus postrimerías a dar en un hastío y desencanto de la vida, en un tétrico pesimismo. Y si la religión de Cristo prendió, arraigó y se extendió tan pronto, fue porque predicaba el amor a la vida, el verdadero amor a la verdadera vida y la esperanza de la resurrección final. Más agudo y perspicaz era Schopenhauer al combatir al cristianismo por optimista, que aquellos espíritus ligeros que le acusan de haber entenebrecido la vida. La esperanza de resurrección final fue el más poderoso resorte de acción humana, y Cristo el más grande creador de energías.
Malcolm Muggeridge, en su discurso de renuncia como
rector de la Universidad de Edimburgo, recogido en Jesus rediscovered:
Los estudiantes de esta universidad... son los últimos
beneficiarios de nuestro estado del bienestar... su espíritu de rebeldía y oposición
no tiene prácticamente nada que hacer a la hora de aceptar los medios y los
valores de este modo de vida nuestro en decadencia y espiritualmente
empobrecido, por el que no siento ninguna atracción y que, en cualquier caso,
soy incapaz de entender. ¡Qué infinitamente triste, qué macabramente divertido
resulta que su insubordinación tenga como objeto reclamar marihuana y píldoras,
en el intento de evasión y autoindulgencia más miserable jamás conocido!... El
recurso de cualquier viejo baboso y libertino, en cualquier lugar del mundo y
en cualquier época de la vida: la droga y la cama.
(Citado por J. Pearce en Escritores conversos)
Ciertamente, estos rebeldes a lo más que recuerdan es
a los epsilones de Un mundo feliz reclamando su soma, la droga
con que el poder los mantenía sumisos.
Al igual que El signo de los cuatro, El estudio en
escarlata consta de un caso detectivesco y una mininovela de aventuras que
sirve para explicar los antecedentes remotos del crimen. Lo cual puede ser un capricho
del autor o un modo de encubrir su incapacidad parta sostener una intriga policíaca
durante muchas páginas. A saber.
Esta es la primera novela de Sherlock Holmes y,
naturalmente, se nos describe al personaje -y a Watson- con mayor pormenor que
en otras. Los que ya tenemos el gusto de conocerle no nos sorprendemos, pero
sin duda debió de causar un gran impacto en su momento. Choca enterarse de que
Sherlock tenía carencias fundamentales de conocimientos que a él no le
importaban, es más, que despreciaba, porque, según él, un hombre sólo debe
tener en su cabeza los datos imprescindibles para el oficio que ha de
desempeñar: lo demás es atestar el cerebro de trastos inútiles que no hacen más
que estorbar.
La novelita de aventuras es sorprendente porque, sin previo
aviso, y cambiando de narrador, nos traslada a Salt Lake City en la época en
que es fundada por los mormones. De creer a Doyle, aquello fue un régimen
de terror donde la mínima disidencia de la "verdadera fe" se pagaba
con la muerte, y donde las mujeres eran algo así como cabezas de ganado. El
argumento es muy folletinesco, con doncella atribulada y apuesto salvador de
por medio: una peripecia que terminará en el Londres victoriano en
espeluznantes circunstancias, y tal.
Tengo un compañero que se jubila el 30 de septiembre. Esto puede parecer absurdo, pero el absurdo es connatural a quien lleva un par de décadas en el sistema educativo español. Y sin embargo, bien mirado, jubilarse el 30 de septiembre es un placer de extremo refinamiento. Algo así como poner el despertador a las 6 para seguir durmiendo. Le ves al tío paseándose por ahí, como quien está pero no está. Parece que todo empieza de nuevo, pero no. Un horario, unas clases, y todo mentira, todo se esfuma por san Miguel, patrón local, a mayor abundamiento. Es casi inmoral su presencia en los pasillos, transfigurado (todo profesor se transfigura en la jubilación) ante los que van a bregar veinte horas semanales sin paga extra (encima eso), y él haciendo como que tal, probando un poco sólo y luego nada. O quizá no, quizá es un anticipo de la gloria que nos espera después de haber bregado toda la noche, una mala noche en una de las posadas más ingratas. Me pido la jubilación el 30 de septiembre, aunque sea a los setenta y tantos.
tomar el mando de la clase el día de su cumpleaños. En St. Edmund había muchachos incapaces de percibir la diferencia entre la amabilidad y la familiaridad, lo que obligaba a mantener siempre las distancias.
Evelyn Waugh, Ronald Knox
Mira, no estaría mal como objetivo o competencia en una programación didáctica: "percibir la diferencia entre amabilidad y familiaridad".
Las fábulas que sirven a Cunqueiro como punto de
partida de sus historias parecen ser el mundo mismo: un marco, un
espacio-tiempo particular dentro del cual se mueve todo. Sí, porque aquí, por
ejemplo, Egisto, Clitemnestra y Orestes parecen inmóviles en su tragedia. No se
dirigen a ninguna parte, han quedado petrificados en la espera de la venganza
y, como de costumbre, en torno a ellos se suceden mil anécdotas que acaban y
terminan en un fulgor, como bengalas, y de las cuales ellos mismos pueden ser
protagonistas, pero siempre sin desenlace.
En definitiva, es el mismo libro de Cunqueiro, ahora
con Orestes como antes con Merlín o con Ulises. La misma estructura, idénticas
características, y sin embargo de imaginación inagotable. Cuando aún no te has
repuesto de una sorpresa, llega la siguiente, en forma de personaje pintoresco,
de suceso peregrino o simplemente de invención verbal.
Cunqueiro es un maestro a la hora de sacar partido
del galleguismo: del giro lingüístico gallego, quiero decir, que contribuye a
dar un aire arcaico o novelesco a la frase. Creo que él era consciente de esto,
pero también es cierto que ese matiz puede perderse en el original gallego,
cuando lo hay (no es el caso del Orestes). Sucede, por ejemplo, con el
pluscuamperfecto simple: llegara, tuviera. En todo caso, el
galleguismo sería sólo una ínfima parte de los recursos que Cunqueiro
pone aquí en acción para conseguir un espectáculo deslumbrador.
Pero esta vez se trataba de otra cosa muy distinta: la pena de cadena perpetua acababa de aplicarla a un inocente, un inocente que iba a ser feliz y de quien destruía no sólo la libertad, sino la felicidad; esta vez no era juez, era verdugo.
(El Conde de Montecristo)
Perdón, pero no. No era verdugo. Era criminal. Un verdugo es un funcionario que no hace sino ejecutar la sentencia del juez. Conviene tenerlo en cuenta porque abusamos cada vez más del término verdugo para referirnos a acciones criminales.
(Y que conste que no ha habido ninguno en mi familia, que yo sepa)
Uno queda fascinado por la extraordinaria floración de poetas, novelistas e intelectuales en general que decidieron, durante la primera mitad del pasado siglo, acogerse a la Iglesia católica desde el anglicanismo o al menos acercarse más a este desde una posición de indiferencia. Tanto más cuanto que la gran mayoría perseveró en la iglesia y llegaron a ser incluso grandes apologetas. Y a la vez uno se queda un poco deprimido por no encontrar en su propio país una floración espiritual similar. Bien es cierto que los contextos son diferentes y que en España todo el mundo es más o menos católico y lo que puede hacer es alejarse y acercarse según sople el espíritu o se le haga más o menos caso. Pero no es eso. Aquí apenas hay Eliots, ni Waughs, y mucho menos Chestertons.
En fin, dejémoslo. Lo cierto es que estamos ante un libro mágnífico, no solo porque nos descubre a un montón de personajes interesantes, sino por su esmerada factura. Pearce no se limita a ir poniendo uno detrás de otro a los autores estudiados, sino que procede de modo cronológico y temático a la vez. El caso de Oscar Wilde sirve de algún modo como prólogo, como si este hubiera sido la espoleta o el santo intercesor de esta eclosión . Luego, con el trío Chesterton-Belloc-Baring se inicia el fuego y vamos asistiendo a su propagación por parte del resto de los personajes, que forman, en efecto, una red de mentes. Se nos muestra su actitud frente a la guerra, la crisis de valores, los cambios en la Iglesia, etc., de un modo casi novelístico y con una prosa de buena calidad que nunca atrae la atención sobre si misma. Un buen trabajo.
Tadeo Jones arrasa en Twitter. Hay que reconocer que el
título está bien puesto. Aunque en la red nadie lo ha dicho todavía, supongo
que muchos en la calle ya habrán hecho el chistecito: "´ta de..." Eso
se dice más bien de lo que afecta al paladar, pero no importa.
...
Rajoy sobre Bolinaga: hay que estar con la ley. Oh, el Estado de derecho, por lo menos el nuestro, ya nos ha demostrado bastante que
no hay ley, sino interpretadores de la ley. Y el derecho es el de estar con
unos hermeneutas o con otros. La juventud se vuelve decisionista, con razón.
Ellos han desacralizado ya la democracia, porque no han vivido la época en que
se vendió como panacea política. Coinciden con los ultras de entonces, sin
saberlo, y aunque no les guste, tal vez.
...
Carlos
Esteban: The French and Italians enjoy drinking, the English and Irish enjoy
getting drunk.Los españoles estábamos con los del área
mediterránea. El calimocho cambió todo eso. Testigos las hordas errantes
llamadas peñas (san Fermín, ora pro eis) que pululan por mi ciudad en fiestas.
...
Me preguntan en Lecturalia por los libros que más me ha costado leer.
Supongo que son algunos de los que he dejado. El lenguaje de Karl
Bühler, la Crítica de las utopías políticas de Spaemann. Pero también
los muy malos, que he terminado tras penosos esfuerzos: el único de Salgari (Los
tigres de Mompracem, creo) o algunas de aquellas cosas aspirantes a
bestseller que me pagaban por reseñar hace una temporada, tipo El papa mago o
una de templarios de un tal Corral cuyo título ni recuerdo.
Una sociedad no puede organizarse ni mantenerse en la realidad legalizando todo tipo de uniones a voluntad de las orientaciones subjetivas de los individuos y de las inclinaciones sexuales de cada uno. No le toca a la ley legitimar tendencias confiriendo derechos cuando a menudo lo que los individuos piden es ser reconocidos en su personalidad porque tienen dificultad para aceptarse.
Tony Anatrella, La diferencia prohibida. Negrita mía.
Galdós es cruel. Se burla sin piedad de esta colección
de seres mediocres como pocas veces lo había hecho con otros de sus personajes,
hasta en la manera de nombrarlos. Junto al infeliz cesante Ramón Villaamil se
halla su parentela, compuesta por su esposa doña Pura, una manirrota y víctima
del qué dirán, su cuñada Milagros, fracasada en su carrera como cantante; su hija
Abelarda, lainsignificante, lasosa, presa fácil del
miserable de su cuñado Víctor Cadalso, el burlador, padre de Luisito, niño
visionario que quiere ser cura. Con todos ellos compone Galdós una
tragedia que no es tragedia y que casi es esperpento. Ciertamente, en estas
condiciones, la vida es insoportable y uno casi aplaude la "decisión final"
de don Ramón.
Es, de los que he leído, uno de los títulos más flojos de don
Benito, y no me extraña que alguna vez haya sido lectura obligatoria en
Secundaria, teniendo en cuenta el panorama educativo en España, que está
clamando por un novelista simplemente ingenioso que le dé su merecido. Debió de
fascinar su contenido social, único criterio de calidad durante muchos
años en la escuela española, y aun fuera de ella. Pero es una novela que
adolece de excesos folletinescos, aunque tamizados por la retranca galdosiana.
Esto y el castellano casi teresiano del autor, que asimila maravillosamente
toda clase de giros populares, dando a la narración un delicioso gracejo, salvan
los muebles de lo que no es más que un retablo de marionetas macabras.
¿Y España? ¿Cómo enlaza todo esto con la tragedia del
imperio que se vino abajo cuando parecía a punto de culminar su proyecto? La
tragedia de don Quijote, tal como él mismo la comprendió, nos enseña que también
las naciones, los estados, pueden ser víctimas de ensueños y dedicarse a
enderezar tuertos en lugar de sencillamente trabajar para el bien común de los
súbditos, los ciudadanos o como queramos llamarlo. Carlos I y Felipe
II quisieron ser Lanzarote o Tristán y desgastaron a España en la tarea de
salvar a la doncella en peligro, la catolicidad amenazada por la Reforma y los
caprichos de los reyes. Quizá no tuvieron más remedio: el primer embate de la
modernidad fue aquel cuius regio eius religio, que venía a consagrar que
cada príncipe adoptase su verdad, la que más le conviniera. Yo, bacía, ese,
yelmo, y el de más allá baciyelmo; yo soy de Lutero, yo de Calvino,
yo del Papa. Ante este panorama, los monarcas españoles se vieron como
obligados a dar la batalla por la vieja unidad medieval. Era difícil darse
cuenta, entonces, de que la cristiandad no iban a recobrarla los imperios, ni
las espadas. La tarea de los gobiernos es hacer política, en el sentido más
noble de esta palabra, que lo tiene. Y, si acaso, dejar a otros que den la
batalla espiritual, si hay que darla. Las épocas más prósperas de nuestra
historia han venido de recordar esto. Las peores, de olvidarlo. Y, como diría
el propio Cervantes, vale.
¿Cuál es el origen de esta casta de explicadores del mundo, de inventores de realidades virtuales? Poco después de morir Cervantes, un hombre va a cambiar toda la historia del pensamiento con tres palabras: cogito, ergo sum; pienso, luego existo; lo que abría el camino para decidir que lo que existe es porque yo lo pienso, o que nada existe más que como yo lo pienso. De hecho, un siglo más tarde, otro señor afirmará sin ambages: esse est percipi: ser es ser percibido. Nada podemos decir acerca de lo que objetivamente son las cosas, pues no le es lícito al hombre salir fuera de su intelecto, de su razón. Sólo podemos hablar de lo que aparece ante nosotros. Yo no tengo derecho a afirmar que a mi lado se encuentra un señor de tupida cabellera negra; como mucho, puedo decir que yo percibo la figura de un señor de tupida cabellera negra.
De este principio se va a nutrir todo el pensamiento de la edad moderna, con consecuencias hasta nuestros días. Yo construyo la realidad a partir de mi conciencia. El ser se funda en mi pensar, y no el pensar en el ser, como había ocurrido en todo el pensamiento antiguo y medieval. Todo esto lleva al famoso relativismo (ese tan nombrado), pero también a esos pensadores light que se empeñan no sólo en explicarnos cómo es realmente el mundo (ellos lo han descubierto) sino a hacérnoslo tragar velis nolis (o sea: de grado o por fuerza), y que tanto han proliferado en los pasados siglos. Porque no siempre estos soñadores son tan magnánimos como don Quijote, y en vez de recibir ellos los palos acaban descargándolos sobre cabeza ajena.
Por esto, entre otras cosas, se ha relacionado al Quijote con la modernidad. El Quijote sería la primera novela moderna no sólo en el sentido estético sino también por sus implicaciones de fondo. Bacía, yelmo o baciyelmo, todo depende de la conciencia de cada cual. Falta saber si a Cervantes le ilusionaba esta perspectiva que empezaba a abrirse camino en la Europa posterior al naufragio de la Invencible. Para saberlo quizá podamos mirar una vez más al final de la historia, a las palabras del hidalgo ya curado de su locura. ¿Qué decía? "Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho..." Se congratula, pues, de haber recuperado el juicio y volver a ser Alonso Quijano "el bueno". El bueno, que no es poco.
Como para confirmarlo, Cervantes escribe después del Quijote una especie de réplica, donde los héroes ya no sueñan ser lo que no son, sino que, magnánimos, generosos, idealistas, enamorados, afrontan todas las contrariedades que la existencia les va sacando al paso hasta lograr la victoria y la felicidad. Se llama Los trabajos de Persiles y Sigismunda y nadie la lee, en una de las mayores injusticias de la literatura universal. Dos siglos más tarde, otro novelista nos dará también un ideal de humanidad alejado de sueños absurdos y realidades virtuales: me refiero al mister Pickwick de Dickens. Con él acaba el tiempo de los caballeros y entra en su lugar el "hombre bueno" (en el buen sentido de la palabra, como diría don Antonio); el hombre incapaz de acometer grandes hazañas (ni siquiera sabe patinar sobre hielo) pero dispuesto a todo, incluso a ir a la cárcel, como efectivamente hace, por ser fiel a sus amigos y a sus principios. Alonso Quijano está en Pickwick, no cabe duda, despojado de la ofuscación caballeresca. Una figura que, lamentablemente, no tendrá mucha continuidad porque inmediatamente la novela se lanzará a dibujar al hombre bestial del Naturalismo y luego al hombre sin atributos, al hombre sin rumbo que justamente la modernidad en crisis acabará produciendo.
Como
tantos otros españoles de su época, Alonso Quijano se había zambullido en los
novelones de caballeros andantes, que proliferaron como hongos a raíz del éxito
del Amadís, a pesar de su calidad más que discutible. Estos novelones eran la
última degeneración de la materia de Bretaña, el universo caballeresco de
Camelot, que tantos entusiasmos ha suscitado siempre. Salvando al propio Amadís
y, por supuesto, Tirante el Blanco,
ninguno de ellos ha pasado a la gran historia de la literatura. Ya en su
tiempo, los moralistas los censuraron y los hombres de letras abominaban de su
pésima calidad, a pesar de lo cual se vendieron como los proverbiales chicles.
Vamos, como si nos halláramos en el 2005. Ya se ve que no es fenómeno nuevo el
que libros clamorosamente malos alcancen ventas de espectáculo. Hoy,
sencillamente, se han sustituido los gigantes de cien brazos por intrigas
eclesiásticas. Al menos, entonces, estos libracos no se leían en las escuelas.
En aquella época no existía el concepto de “fomento de la lectura”; no se
buscaba el leer por el leer, sino la adquisición de la sabiduría. Eso que
salimos perdiendo.
Pero me
estoy yendo por las ramas. El caso es que, como bien vio Martín de Riquer, lo que espantaba a Cervantes no era el espíritu caballeresco, magnánimo, que estos
libros exaltaban, sino sus disparates y su pésima calidad. Por eso, seguía
replicándole yo a este señor que escribía la carta, no podemos llamar a don
Quijote ideólogo a no ser…
A no
ser en un sentido muy diferente al que usted dice: en el sentido de que don Quijote
se fabrica una realidad a su gusto y a su conveniencia, y a esa realidad
inventada lo amolda todo. Eso es un ideólogo (en la acepción peyorativa del término, claro: no tengo nada contra quien desarrolla el pensamiento de un
partido o de una asociación): el que, sentado en su despacho, se calienta la
cabeza y se fabrica una realidad virtual para tratar de imponerla, no sólo a sí
mismo, sino a todo el mundo. El que se sienta en su despacho y decide que hay
una parte de la humanidad, los que tienen la nariz chata por ejemplo, que nacen
para ser parásitos de los demás, y que la misión del buen gobernante es hacer
que esa casta maldita desaparezca de la faz de la tierra. O decide que la
historia del mundo se reduce a la lucha de los hombres A por someter a los
hombres B, y que todo lo demás que vemos en el mundo no son más que inventos de
los hombres A para confundir y alienar a los B. Si todos los demás no lo ven así,
si todos los demás ven molinos, peor para todos los demás. No hay un loco que circula
en dirección contraria, son todos los demás los que se equivocan de dirección.
Esos
son ideólogos. Y existen, como bien sabemos. Y son un fenómeno relativamente
nuevo en la historia, por lo menos en la historia del mundo que conocemos. En
ese sentido, Cervantes no hace sino profetizarlos. Don Quijote no se esfuerza
por adaptarse a la realidad, sino que trata por todos los medios de que la realidad
se adapte a su cosmovisión caballeresca. “Bien se ve que no estás versado en
esto de la caballería”, le dice a Sancho. Ellos son gigantes, y si no estás
dispuesto a enfrentarte a ellos, apártate y mira. Y termina por hacer
prosélitos: en la segunda parte, muchos otros entran en su juego. ¿Es bacía o
yelmo? Ya saben, don Quijote porfiaba que era el yelmo de Mambrino la bacía que
llevaba un barbero puesta en la cabeza para protegerse del sol. “Será baciyelmo”,
concluye Sancho, en una magnífica alegoría de lo que más tarde se llamará la
equidistancia o el consenso.
“La libertad,
amigo Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los
cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el
mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar
la vida”
“Dulcinea
del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero
de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta,
caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.”
“Sancho
amigo, has de saber que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de
hierro para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo
soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los
valerosos hechos… Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas de esta
noche, su extraño silencio, el sordo y confuso estruendo de estos árboles… Pues
todo esto que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya
hace que el corazón me reviente en el pecho con el deseo que tiene de acometer
esta aventura, por más dificultosa que se muestra.”
Todo esto son pensamientos de idealista, aunque más
que este de idealista soy partidario de utilizar el adjetivo magnánimo. Lo de idealista se presta a
ambigüedades. Por cierto, que trabajando hace poco, en clase, con chicos en torno
a los catorce años, el pasaje de los molinos, nos encontramos con esta pregunta
del libro de texto: “Don Quijote es un loco, pero le mueven grandes ideales. Señala
cómo se muestra esto en el texto”. En esta profesión nunca te curas de espanto,
así que me dejó perplejo una pregunta de un alumno: “¿Qué quiere decir eso de
grandes ideales?”... Bueno, es posible que dentro de poco haya que empezar a
explicar el Quijote, y muchas otras cosas, diciendo que antiguamente había
hombres para quienes la vida no tenía como objeto solamente meter y sacar cosas
del cuerpo; quizá haya llegado ya ese momento. Pero creo que no es el caso de
los que estamos aquí.
Volvamos al tema: Alonso Quijano, don Quijote, es,
en efecto, con palabra que ha caído en desuso, un hombre magnánimo, es decir,
de ánimo grande. Alguien que no se conforma si no hace de su vida algo por
encima de lo común. Alguien a quien no le asustan, antes al contrario, las
grandes empresas, las aventuras, y para quien su propia persona se halla en
último lugar de sus intereses. En el cielo no hay almejas, como bien sabía Álvaro de Laiglesia, sino almas
grandes, gente magnánima. Y aunque el mundo le niegue esas grandes empresas, él
no decae en su ánimo: en medio de la noche se encuentran el caballero y su
escudero con unos sonidos misteriosos. Don Quijote quiere emprender la
aventura, pero Sancho está muerto de miedo y le ata las patas a Rocinante para
que no se pueda mover; y allí pasan la noche. Cuando amanece, resulta que los
ruidos misteriosos no eran más que el tamborileo de unos mazos de batán, de un
molino para machacar telas. Y Sancho, en uno de los pasajes más desternillantes
del libro, se burla de su amo parodiando sus mismas palabras: “Has de saber,
amigo Sancho, que yo nací en esta edad de hierro…”. Pero don Quijote se
defiende:
¿Paréceos a vos que si como estos fueron mazos de
batán fueran otra peligrosa aventura, no habría yo mostrado el ánimo que
convenía para emprendella y acaballa?
Y dice bien. Otras cosas le faltarían, pero ánimo
no. El drama de don Quijote, vamos a verlo ya, es que se trata de una
magnanimidad mal encauzada; una magnanimidad sacada de quicio; que, como diría Marcos Mundstock, no le acertaba bien
al recipiente.
Me ayudó mucho a comprender el Quijote una carta al director
en un periódico local. ¿Comprender, digo? Comprender, quiero decir, una de sus
múltiples implicaciones y enseñanzas, ya que cada uno ha de ver en el Quijote
lo que el Quijote le diga a él personalmente. Léanlo y saquen conclusiones. No
vayan a ir luego diciendo pro ahí que “comprenden” el Quijote porque un día en
la universidad un señor se lo explicó. Nada más lejos de mi intención.
Pero a lo que iba: en aquella carta el lector (de cuyo
nombre, por supuesto, no me acuerdo aunque quiera) se quejaba de que alguien
había dicho que las ideologías estaban en crisis. Ya saben, el viejo tema del “crepúsculo
de las ideologías” que puso de moda en los años 60 Gonzalo Fernández de la Mora y que ya se ha convertido en un
tópico. El crepúsculo de las ideologías es
uno de esos libros que se lo deben todo a su título. Pocos son los que lo han
leído pero todos hablan de él. Pasa, por ejemplo, con La decadencia de Occidente, del que dicen que es un ladrillo
insoportable e interminable, y que si Spengler
lo hubiese titulado “Ensayo de morfología de la historia”, que es lo que figura
en el subtítulo y lo que más le conviene, no habría tenido el mismo éxito. Es
lo que decía Borges, el perverso, de
Eduardo Mallea, su compatriota, el
autor de Todo verdor perecerá y La bahía del silencio: “Qué bonitos
títulos pone Eduardo Mallea; qué
pena que tenga la manía de adjuntarles un libro”. No digo yo que pase lo mismo
con El crepúsculo de las ideologías:
me parece un ensayo muy bueno y la prosa de Fernández de la Mora es brillante. Sucede que su mismo título es
tan decidor que parece que dispensa de leerlo.
Al tema: ¿qué quieren decir con eso del crepúsculo de las
ideologías? Pues eso mismo: que la política no es ya cosa de doctrinas sino de
hechos. El hombre de Estado se acredita, no por su visión del mundo, sino por
su capacidad para gestionar la república (en el sentido lato de la palabra). Y
esto se puede aplaudir y se puede lamentar. Entre los que lo lamentan estaba
este señor de la carta. Y en apoyo a las ideologías reivindicaba a don Quijote,
el gran idealista, el hombre dispuesto a dar su vida por un ideal, que aunque
acabó derrotado por la vulgar y triste realidad, nos dejó para siempre su
ejemplo y su bandera.
Me faltó tiempo para coger la vieja Olivetti y pergeñar otra
carta con la que trataba de sacar a este hombre de su lamentable confusión
entre el ideal y la ideología. Mira, querido amigo, venía a decir: don Quijote
no es un ideólogo. No me lo empequeñezcas. Una ideología no es más que una
filosofía de andar por casa, una filosofía light,
diríamos hoy, con el lenguaje de la Coca Cola; una filosofía que se adultera al
hacerse política; un conjunto de normas doctrinarias vagamente inspiradas en
algún pensador y que tratan de marcar el rumbo de una nación, o quizá del
mundo: Comte y Nietzsche reducidos a Adolfo
Hitler, Hegel caricaturizado en Fidel Castro. No. Don Quijote no es un
ideólogo, sino un idealista, cosa harto diferente. A veces coinciden, pero un
ideólogo puede ser un hombre con corazón de computadora.