21 agosto 2012

La realidad virtual de don Quijote (V)



Me ayudó mucho a comprender el Quijote una carta al director en un periódico local. ¿Comprender, digo? Comprender, quiero decir, una de sus múltiples implicaciones y enseñanzas, ya que cada uno ha de ver en el Quijote lo que el Quijote le diga a él personalmente. Léanlo y saquen conclusiones. No vayan a ir luego diciendo pro ahí que “comprenden” el Quijote porque un día en la universidad un señor se lo explicó. Nada más lejos de mi intención.
Pero a lo que iba: en aquella carta el lector (de cuyo nombre, por supuesto, no me acuerdo aunque quiera) se quejaba de que alguien había dicho que las ideologías estaban en crisis. Ya saben, el viejo tema del “crepúsculo de las ideologías” que puso de moda en los años 60 Gonzalo Fernández de la Mora y que ya se ha convertido en un tópico. El crepúsculo de las ideologías es uno de esos libros que se lo deben todo a su título. Pocos son los que lo han leído pero todos hablan de él. Pasa, por ejemplo, con La decadencia de Occidente, del que dicen que es un ladrillo insoportable e interminable, y que si Spengler lo hubiese titulado “Ensayo de morfología de la historia”, que es lo que figura en el subtítulo y lo que más le conviene, no habría tenido el mismo éxito. Es lo que decía Borges, el perverso, de Eduardo Mallea, su compatriota, el autor de Todo verdor perecerá y La bahía del silencio: “Qué bonitos títulos pone Eduardo Mallea; qué pena que tenga la manía de adjuntarles un libro”. No digo yo que pase lo mismo con El crepúsculo de las ideologías: me parece un ensayo muy bueno y la prosa de Fernández de la Mora es brillante. Sucede que su mismo título es tan decidor que parece que dispensa de leerlo.
Al tema: ¿qué quieren decir con eso del crepúsculo de las ideologías? Pues eso mismo: que la política no es ya cosa de doctrinas sino de hechos. El hombre de Estado se acredita, no por su visión del mundo, sino por su capacidad para gestionar la república (en el sentido lato de la palabra). Y esto se puede aplaudir y se puede lamentar. Entre los que lo lamentan estaba este señor de la carta. Y en apoyo a las ideologías reivindicaba a don Quijote, el gran idealista, el hombre dispuesto a dar su vida por un ideal, que aunque acabó derrotado por la vulgar y triste realidad, nos dejó para siempre su ejemplo y su bandera.
Me faltó tiempo para coger la vieja Olivetti y pergeñar otra carta con la que trataba de sacar a este hombre de su lamentable confusión entre el ideal y la ideología. Mira, querido amigo, venía a decir: don Quijote no es un ideólogo. No me lo empequeñezcas. Una ideología no es más que una filosofía de andar por casa, una filosofía light, diríamos hoy, con el lenguaje de la Coca Cola; una filosofía que se adultera al hacerse política; un conjunto de normas doctrinarias vagamente inspiradas en algún pensador y que tratan de marcar el rumbo de una nación, o quizá del mundo: Comte y Nietzsche reducidos a Adolfo Hitler, Hegel caricaturizado en Fidel Castro. No. Don Quijote no es un ideólogo, sino un idealista, cosa harto diferente. A veces coinciden, pero un ideólogo puede ser un hombre con corazón de computadora.

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