...donde las cosas han
llegado al extremo y donde las fuerzas –por lo común profundamente reprimidas— se
liberan y se oponen no a una determinada forma de orden, sino al orden en sí. En
tales desórdenes, además de abrir las cárceles y las plazas fuertes, se llega
también a incendiar las bibliotecas y colecciones, en las que la plebe ve el palladium de la civilización. La iconoclastia indiscriminada
es siempre síntoma de que vacilan los fundamentos. En relación con ella obtenemos
ciertas revelaciones que anuncian que la levadura comienza a espumar. El culto al fuego es una de estas revelaciones,
no como fuente de luz sino como poder incendiario, y a lo largo de la historia
se presenta bajo formas diversas [...]
síntoma infalible de ese estado es la noticia de que se han profanado tumbas y
se han expuesto cadáveres en la plaza pública. Tales espectáculos no
representan únicamente capriccios lóbregos
en que se complace el desenfreno del espíritu, sino un pàroli, una triplicación de la apuesta lanzada a
ese espíritu que se lo juega todo. Pues la condición humana se basa
precisamente en el entierro de los muertos y quien comienza a bromear en ese
aspecto ya no retrocederá ante nada.
España, 1936.
__

