El arranque habitual: una mujer va a ver a
Lew Archer con un
asunto del que no parece querer dar todos los datos. En este caso, la mujer va
a prevenirle sobre su marido, con quien Archer estaba citado una hora más
tarde. El marido, un militar autoritario y algo neurótico, lo que quiere es que
Archer investigue al tipo del que su hija se ha encaprichado y con el que
piensa casarse. Pronto el detective descubre que sobre el tipo en cuestión, un
pintor, recae la sospecha de haber asesinado a su anterior esposa...
Nada nuevo, afortunadamente. Como es habitual en Ross Macdonald, Archer va descubriendo
pormenores cada vez más turbios en el pasado de los actores del drama a la vez
que trata de ajustar las piezas de un rompecabezas que incluye objetos
delatores, falsas identidades y sorpresivas relaciones de amor-odio, y nada
estará resuelto, aunque lo parezca, hasta el último capítulo. Como tiene que
ser.
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