Los personajes de Azorín parecen llegados a un limbo
de los justos, a una sosa eternidad donde las cosas, naturales o artificiales,
se dirían decorados puestos allí para que las almas no se sientan demasiado
desplazadas, como la habitación neoclásica de 2001 Odisea del espacio.
En Salvadora de Olbena el tren de la 1,45 es como una familiar barca de
Caronte que lleva a ese lugar, que en este caso lleva el nombre de Olbena,
donde no hay movimiento ni por tanto futuro y donde se habla sin cesar del
pasado.
Un limbo de los justos, sí, porque en Azorín no hay
villanos ni héroes, pero no porque cada uno participe de la maldad y de la
virtud en diversas proporciones, sino porque no son más que juguetes de un
destino que no es trágico ni feliz, sino que simplemente se complace en ser.
Las poses más o menos dramáticas que podían haber adoptado en el pasado parecen
ahora, en esta estación definitiva, puros juegos de niños: así sucede con un
Don Juan en la novela homónima, o aquí con esta especie de mujer fatal llamada
Salvadora.
Hoy se sigue discutiendo si las novelas de Azorín lo
son realmente, lo que, vista la historia literaria del último siglo, lo
convierte en uno de los mayores innovadores. Porque eso ya no se discute con Joyce,
Proust o Kafka. De cara al público (en el que me incluyo) quizá
le falte que este capte la diferencia entre unas novelas y otras, porque lo
cierto es que, al igual que Cunqueiro, tan diferente por otra parte,
parece escribir siempre variaciones sobre lo mismo.
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