27 marzo 2023

De corazón y alma

Es un epistolario entre Carmen Laforet y Elena Fortún que abarca de 1947 a 1952. Ambas simpatizaron en seguida, al parecer, y aunque en la primera carta Elena aún llama a Carmen de usted, pronto aparece el tú. Hay de convencional todo lo que uno quiera, como los cumplidos: tú, la primera escritora española, tú, mi maestra y casi mi hermana, etc., pero no cabe duda de que el afecto que se profesaban era auténtico. La descarga de glucosa imagino que era normal en el trato entre dos amigas de la época, aunque hoy llegue a resultar empalagoso, sobre todo por parte de Laforet: queridísima, pienso en ti todos los días, te quiero muchísimo, etc. Hombre, Elena Fortún lo necesitaba, porque la mayor parte de este tiempo transcurre durante la enfermedad que la llevó a la muerte y que fue terrible (al parecer un cáncer de pulmón, aunque no se lo dijeron): ponen los pelos de punta sus detalles sobre los dolores que le causaba.

Hablan sobre sus familias y sus amistades (Carmen Conde está especialmente presente), como es natural, pero nos interesan más, por supuesto, las noticias sobre los libros que leen y escriben. Resulta interesante, sobre todo, el despego con que habla Carmen de su segunda novela, La isla y los demonios, que tiene en proceso de escritura durante estos años. Escribe, dice, casi por necesidad, pero no la convence nada el resultado. Curiosamente, la crítica estuvo de acuerdo. Yo no puedo decir nada porque aún no la he leído. Con estos antecedentes, apetece poco, sobre todo teniendo en cuenta que es más bien voluminosa.

La fe cristiana las sostiene a ambas, a Elena en su enfermedad y a Carmen en su inseguridad palpable. Aunque no le gustan los libros místicos y prefiere la sublimidad del Evangelio, Carmen nos da noticia también de algunos libros de autores cristianos que sí le dicen algo, como La destinación del hombre de Berdiaev. Además, en estas fechas sucede ese deslumbramiento paulino del que da fe, en parte, en La mujer nueva, y que aquí relata en primera persona:

Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable… Es que no se puede no creer en ello.

[…]

La Virgen y los santos y los dogmas todos de la Iglesia se acercan a uno, están dentro de uno. No puedo desear otra cosa en la vida que el que los que yo quiero tengan esta sensación infinita… y todos, todos los hombres, Elena. ¡Si la pudieran tener!

Fue la deportista Lilí Álvarez, según manifiesta la propia Laforet, quien tuvo que ver en ese acercamiento a la fe, previo al golpe de gracia. Interesante personaje, del que sería bueno saber más. A ver si un Juan Manuel de Prada o algún otro, en vez de torrarnos con gimnastas lesbianas, nos ofrecen algún acercamiento biográfico a esta figura.

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