06 octubre 2013

Leyendo blogues


¿Sabía Adolfo Suárez lo que iba a acarrear el café para todos? ¿Fue posible otra transición, sin autonomías? En todo caso, muy caro el café. Diecisiete niños malcriados, unos más que otros, por más consentidos. La malcrianza fue el mal de la España democrática, quizá como golpe pendular frente a los pasados años de paternalismo, no sé.

Caín, dice Quiñonero. Pero no conozco política sin cainismo. No creo que sean más sangrientas las puñaladas de la España plural que las de la Francia realista o la Roma imperial.

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"Los que se van ya volverán", dice Aréchaga, aunque no con las palabras de Juan Erasmo Mochi. Lo que me gusta de este hombre (de Aréchaga, no de Mochi) es el toque optimista en que desembocan siempre sus ironías. Todo el mundo lamentando que los jóvenes talentos se van de España. Ya volverán, hombre, y volverán cualificados.

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Daría dos nóminas por conocer el nombre del Embajador. Es hombre prudente y sutil y da gusto leerle aunque no compartas su fidelidad a la causa legitimista. Sus reflexiones sobre la renuncia de Benedicto XVI, que leo a deshora, subyugan, aunque nada más sea por el aire misterioso que les imprime. Yo creo que lo de Benedicto XVI fue más un ejercicio de responsabilidad que unas banderillas de fuego en el lomo de la Iglesia: no me parece propio del emérito papa. Pero, si fuese así, las llamadas de Francisco a la pobreza y al apostolado serían una recogida del guante: hala, todos en cuatro latas y a predicar oportune et importune hasta nueva orden. Menos samba y más travallar.

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