Vintila Horia se refiere a los autores que han abordado en sus novelas el tema del totalitarismo.
La diferencia entre
Bernanos y Huxley, Orwell o Jünger es que, mientras que estos hegelianizan de
alguna manera el destino humano proyectándolo en el Estado y dándole un matiz
colectivo –de aquí la falta de personalidad de los personajes utópicos en la
novela contemporánea—Bernanos los existencializa, en el sentido de que su drama
es única y exclusivamente personal y presente. El Estado no existe en las
novelas del autor de Monsieur Ouine.
Sólo existe el cura y el pecador, el santo, hombre o mujer, y los que no pueden
serlo porque están ahogados por la mediocridad, o sea, víctimas ya del demonio
moderno. La tentación de la desesperación, que mueve a sus personajes antes de
haber conseguido la esperanza, no es la de los héroes de Orwell, que bregan por
la libertad, pero no en un sentido religioso, sino político y moral. De este
modo, podríamos decir que, aunque lograsen liberarse de las garras del Estado
y, como Winston Smith, deshacerse del Big Brother y hacer volver a la sociedad a un estado de normalización en las relaciones
humanas, su libertad sería una mera ilusión, porque pasarían de un demonio a
otro. De Oceanía a un Mundo feliz. Sus derechos humanos se verían como
reanimados y protegidos, pero, en el fondo, el problema seguiría siendo el
mismo, puesto que, tarde o temprano, en aquella perspectiva hegeliana,
racionalista y democrática, la tentación de Leviathán se apoderaría de un nuevo
hermano Mayor y el juego se repetiría. Es así como el drama ha de producirse en
el marco del Estado hegeliano, manejado por los neognósticos, modificadores del
mundo, a los que Bernanos llama la Retaguardia, los que no van a la guerra,
pero sí la organizan, con el fin de sistematizar el futuro según sus planes
utópicos, fieles a la filosofía del siglo XVIII.
(Los derechos humanos
y la novela del siglo XX, capítulo 9, 29)