Pierre Loti
escribía en un tiempo en que una narración con semejantes elementos podía leerse
sin provocar carcajadas o erupciones cutáneas. Se entiende que Emilia Pardo Bazán, en el prólogo,
saque a colación el Pablo y Virginia
de Saint-Pierre, cosa que me chocó
hablando de un hombre a quien tenía por una especie de Conrad o de Baroja. En
todo caso, Loti salva los muebles
gracias a que sabe qué hacer con una pluma. Las dichosas montañas y los
atardeceres, los sencillos lugareños y la remota lengua vasca vienen servidos
con una estupenda prosa a lo Pereda
que resulta más interesante que la propia historia.
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