Lo digo porque son casi los únicos intelectuales que cita,
pero el libro quiere ir más allá, generalizando en el sentido de que un país
católico no puede situar en un altar a gente que se ha desviado del credo. En
realidad, el volumen tiene un carácter más bien pastoral, recordando la norma
de la prudencia en las lecturas: no se deben leer o retener libros que la Iglesia
ha incluido entre los peligrosos para la fe, por más que en esos autores pueda
haber destellos de verdad. Don Antonio
reconoce, sin embargo, que al fiel cristiano le resulta difícil encontrar
alternativas cristianas en su tiempo.
La Humanidad huye por instinto de las cosas muertas, de las aguas
estancadas. Y es ese estancamiento en que nuestra pereza ha sumergido a la
filosofía cristiana lo que ha hecho que el mundo moderno la olvide y la
desprecie, a pesar de las riquezas de verdad que encierra.
El libro es de 1955 y todavía no se habían difundido,
supongo, las obras de Yves Congar, Guardini, Danielou y otros. El libro no da para mucho y se entiende que no
haya sido reeditado, o por lo menos no me consta. El título me hacía esperar
algo así como un Moeller en pequeño, pero no. La sobrecubierta se me cae a
pedazos como un símbolo.
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