04 noviembre 2010

La cara


Su aspecto, que podría aparentar veinticinco años, producía a primera vista una impresión de belleza abatida, ajada y, casi diría, descompuesta. Un velo negro, suspendido y extendido horizontalmente sobre la cabeza, caía a ambos lados, un tanto separado de la cara; bajo el velo, una blanquísima venda de lino ceñía, hasta la mitad, una frente de distinta, pero no menor blancura; otra venda plisada rodeaba su rostro, y terminaba bajo la barbilla en un cuello que se extendía algún tanto sobre el pecho cubriendo el escote de un hábito negro. Pero aquella frente se fruncía a menudo, como por una contracción dolorosa; y entonces dos cejas negras se aproximaban, con un rápido movimiento. Los ojos, muy negros también, se clavaban a veces en el rostro de las personas, con inquisitiva soberbia; a veces se bajaban apresuradamente, como buscando un escondite; en ciertos momentos, un observador atento habría argüido que pedían afecto, comprensión, piedad; otras veces habría creído sorprender en ellos la revelación instantánea de un odio inveterado y reprimido, un no sé qué de amenazador y feroz: cuando se quedaban inmóviles y fijos en el vacío, algunos habrían imaginado una displicencia orgullosa, otros habrían podido sospechar la pesadumbre de un pensamiento oculto, de una preocupación familiar al espíritu, y más fuerte en él que los objetos circundantes. Las mejillas palidísimas descendían con un contorno delicado y gracioso, pero alterado y desdibujado por una lenta extenuación. Los labios, aunque apenas coloreados por un rosa desvaído, resaltaban, sin embargo, en aquella palidez. Sus movimientos eran, como los de los ojos, repentinos y vivos, llenos de expresión y de misterio. Las proporciones bien formadas de su alta figura desaparecían en cierto abandono de su porte, o aparecían desfiguradas en ciertos ademanes repentinos, irregulares o demasiado resueltos para una mujer, cuanto más para una monja. Incluso en el vestir había aquí y allá algo estudiado o descuidado, que anunciaba una monja singular: el talle estaba ceñido con cierto esmero mundano, y de la venda sobresalía cayendo sobre una sien un mechoncito de pelo negro; cosa que demostraba olvido o desprecio de la regla que prescribía llevarlo siempre rapado, desde que había sido cortado en la ceremonia solemne de la toma de hábito.

Alessandro Manzoni
, Los novios, capítulo IX

__