13 octubre 2010

Los sufrimientos del joven Werther


Indudablemente, aquí está todo el Romanticismo. No sólo porque uno parezca descubrir al Bécquer de "olas gigantes que os rompéis bramando..." en párrafos como este:

Una escena terrible, ver caer, desde las rocas abajo, las ondas enfurecidas a la luz de la luna... dejando el ancho valle, arriba y abajo, como un solo mar bajo el zumbar del viento... Ante mí corría el río con reflejo espléndido y temible, resonando: ¡entonces me invadió un escalofrío y, de nuevo, un anhelo! ¡Ay, con los brazos abiertos me detuve ante el abismo y respiré, sintiendo lo hondo, y me perdí en la delicia de precipitar allí mis tormentos, mis dolores, de perderme mugiendo como las olas!

Es también la creencia de que el mundo gira alrededor de uno. O, mejor dicho, que debería girar. si eso no se produce, el mundo está de más o yo estoy de más. Si Carlota no puede ser mía, yo he de desaparecer del mundo. Porque, como diría Nietzsche, ¿cómo podría soportar yo, cómo podría soportar Werther no ser Dios?

Y este es el mérito fundamental de esta obra, me parece; el de dar fe de esta nueva sensibilidad, o cosmovisión, o como se llame. Por lo demás, acostumbrado ya a todo esto desde las alturas del 2004, no encuentro gran cosa de meritoria en una novelita epistolar que me recordó de modo inmediato a Pepita Jiménez y que me ha hecho ver a esta como un trasunto burgués de aquella: con fasón, con complimán, con seremoní, la chica es mía.

Nota redactada en agosto del 2004

Otras obras de Goethe comentadas aquí:
Las afinidades electivas
Fausto

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