El tiempo que abarca es desde el final de la primera guerra
mundial hasta mediados de los años 30, cuando Münzenberg aparece muerto en un bosque suizo, probablemente
asesinado en el contexto de las grandes purgas estalinianas. Asistimos a la
creación de las organizaciones antifascistas, de los Frentes populares y de los
congresos de escritores “por la libertad”, así como a la contumacia de unos
seres que fueron capaces de orillar su “antifascismo” cuando la URSS y Alemania
firman el tratado de no agresión o de confesar cualquier cosa cuando fueron
llevados ante los “tribunales” del régimen. Y asistimos, sobre todo, a la
inmensa capacidad de propaganda del aparato comunista, que consiguió que el
caso Sacco y Vanzetti pareciera el summum de la injusticia universal mientras
que en la propia URSS morían veinticinco mil presos políticos, estimación a la
baja, en la construcción de un canal. Piensen en el caso Floyd o en lo de Minneapolis y luego en China, Irán y Venezuela y
díganme si hemos cambiado tanto.
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