04 febrero 2023

Voces que te han cantado

Paulina Crusat ha reunido en este volumen los poemas religiosos que más le impresionan. Poca representación española, a mi ver, y de esta más en lengua levantina que castellana. Pero, de los muchos poetas extranjeros que aparecen, me complace ver gente que yo tenía catalogada como más o menos atea (William Blake, Paul Verlaine, Goethe) o simplemente indiferente a lo religioso (Emily Dickinson, Rilke). Algo parecido puedo decir de Carles Riba, Josep Carner o Josep Vicent Foix, cuya adscripción catalanista me llevaba, por inercia, a suponerles “del otro lado” en todos los aspectos. Me ha supuesto también, este libro, el descubrimiento de algunos poetas cristianos que desconocía del todo. Es el caso de Francis Thompson, curioso personaje, a juzgar por lo poco que he indagado sobre él, pero cuyo poema El lebrel celestial (The hound of Heaven) es lo más impresionante que recoge el libro, a excepción de los “clásicos”, claro: un alma perseguida por Cristo, que le va susurrando palabras que minan poco a poco su ánimo de huida:

                …Todo traiciona a aquel que me traiciona a Mí…

                …No huye tanto el temor como el amor persigue…

                …A quien no me da asilo, nada asilo será…

                …A quien no me contenta, ¿quién le contentará?...

                …¡Mira!, todo te huye porque tú huyes de Mí…

                Cuando el alma se siente hundida en el abandono, Él le tiende su mano: “¿Mi noche, acaso era la sombra de Su Mano, tan tiernamente abierta?”

                Hay otros descubrimientos aquí, nombres en los que habrá que profundizar: Marie Noël (que me entero que está en proceso de beatificación), Robert W. Buchanan, “Michael Field” (“nom de plume” de dos mujeres, al parecer), Mary Elizabeth Coleridge, y otros. Están los conversos del siglo XX (Claudel, Peguy, Chesterton) y, tal como apunté, están los “clásicos”: junto a algunos salmos de la Biblia, el Stabat Mater de Todi, los himnos eucarísticos de santo Tomás y el “No me mueve, mi Dios, para quererte”. No hay mención alguna a la traducción. Si es de la propia Crusat, hay que decir que ha realizado una labor de filigrana: uno no deja de advertir que está leyendo poesía de la mejor ley. No he mencionado, por cierto, que los poemas están en español y en el idioma original, de modo que es fácil, en los idiomas que uno más o menos conoce, cotejar ambas versiones.

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