17 febrero 2010

Cautivado por la alegría


Uno espera, cuando empieza este libro, que Lewis nos cuente sus experiencias con los cristianos, y cómo en estos parecía arder una llama que invitaba a compartir esa fuente de luz y calor: el bonus odor Christi o el "¿no ardía nuestro corazón cuando nos hablaba..." Pero no hay tal. Si hemos de creerle, su conversión tuvo lugar sin los cristianos, cuando no a pesar de estos. ¿Por qué no? Son muchos los caminos de Dios, y en este caso escogió uno meramente intelectual. La Alegría era algo buscado con afán, y algo diferente del estar contento o del buen humor. Al final del camino, Lewis comprende que la Alegría (él siempre lo escribe así, con mayúscula) no es algo que haya que perseguir, sino que ella misma se nos da por añadidura: la alegoría de los letreros es expresiva. Cuando aún no has encontrado el camino, saludas con entusiasmo los indicadores (esas ráfagas esporádicas de alegría); cuando ya estás en la senda, tan sólo los miras con satisfacción, pero no son, desde luego, lo entusiasmante: eso lo es el camino mismo.

No sé si es flema británica, pero Lewis tiene la cualidad de contar su vida como si explicara un teorema matemático. Pocos dedos de la mano hacen falta para contar las exclamaciones que contiene este libro. Sin embargo, no oculta sus emociones, sus terrores, como aquel tan íntimo de los insectos, descrito, sin embargo, con suma perfección técnica, con pericia de escritor.

Nota redactada en febrero del 2001.

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