02 marzo 2026

Narciso y Goldmundo

No conozco mucho de la espiritualidad oriental y en concreto eso del yin y el yang, pero esta novela de Hermann Hesse parece la mejor ilustración de esa idea: tenemos dos personajes, uno asceta, racional, aventajado cultivador de las ciencias y de la madre de todas, la Teología; y otro sensual, errabundo, hipersensible, con imperiosa vocación de artista. Narciso y Goldmundo: ambos se profesan una amistad rayana en lo erótico, se necesitan de algún modo el uno al otro, pero desde la absoluta complementariedad. Ninguno es el bueno o el malo, sino que las dos figuras, la ciencia y el arte, pero también los estilos de vida anejos a ellas según esta fábula, pueden ser camino hacia Dios, signifique esto lo que signifique en esta fantasía seudomedieval, ya que lo cristiano, si bien está presente, queda como parte del decorado y la espiritualidad que está realmente al fondo es de tipo inmanente, con una deidad femenina, la ansiada Eva-Madre de Goldmundo, principio y fin del cosmos, a la que uno vuelve a la hora de la muerte. Hermann Hesse podría ser el padre de todas las new ages que hoy día son.

Goldmundo es el personaje que lleva casi todo el paso de la obra: desde que sale del monasterio de Mariabronn, donde le internó su padre y donde conoce a Narciso, asistimos a una especie de novela picaresca despojada de humor negro e impregnada de naturalismo romántico: el joven Goldmundo recorre los bosques y aldeas en un afán de desvelar el misterio de la vida y expresarlo como artista, guiado por la evocación de una madre que no conoció y que identifica con la madre del universo. Perfecciona su arte con un buen maestro; conoce el placer venéreo (y en este aspecto, todo hay que decirlo, es donde más chirría la novela: las aldeanas se le entregan como lo harían sus propias bestias a los machos; cosa a todas luces inverosímil en el contexto en que se sitúa la obra y por más que se vista de ternura y delicadeza); conoce la intemperie, el frío, el hambre, la cárcel, mata en defensa propia. Pero todo eso, insisto, es, para él y para el cronista de su peripecia, no males morales o males físicos sino la misma vida que hay que experimentar para ser en plenitud, y con esta convicción acaba muriendo Goldmundo a pesar de algún arrepentimiento que más es pena por quien tuvo que matar, y de una confesión general que más es abrir el corazón al amigo del alma. Una avanzadilla, como vemos, de muchas cosas que han venido después a asentarse en amplias zonas de nuestra agonizante civilización.