30 mayo 2011

Era mi última noche en Zafra.


Apoyado en la balaustrada miraba hacia donde los jóvenes formaban sus algaradas. Los oía gritar embarulladamente, enlazando tan precipitadamente las oraciones que unas a otras se sobreponían perdiendo el significado. Era un sonido amorfo, gritado, en el que ninguna palabra lograba aislarse para expresar algo, cualquier cosa. Me era imposible descubrir que en aquel sonido revuelto existiera una comunicación. Parecía que todos gritaban anulándose entre sí porque en el fondo no deseaban decirse nada. No logré reconocer ni una sola palabra que intentara salvarse. Creo que se les notaba demasiado que, creyéndose protagonistas, no eran sino meros servidores de una diversión que les habían regalado para que no percibieran el vacío en que vivían. [...] Me entristeció que con tanto progreso un día perdiéramos la palabra o hubiéramos jugado tanto con los sinónimos por temor a la verdad, que ya no existiéramos.

En Antonio Prieto, El manuscrito sellado

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