Paul Johnson nos
presenta una galería de tiparracos, a cual más egoísta, ingrato, lujurioso y
violento, que tuvieron el don de la palabra y el de hacerse escuchar por
muchos. Se llamaban
Rousseau,
Sartre,
Ibsen,
Marx,
Fassbinder,
Russell,
Tolstoi…y se erigieron en
maîtres a penser, que dicen los franceses, para una o muchas generaciones. Uno se siente a veces incómodo leyendo semejante
exposición de trapos sucios, porque a uno le han educado de una manera… Pero,
bien mirado, no está mal que alguien haga esa exposición, si vemos que algunos
siguen equiparando arte (o ingenio, o cultura) y bondad personal. Lo que dicen
los
intelectuales sigue siendo
considerado tantas veces como la nueva palabra de Dios...
Clercs los llaman, de hecho, los franceses, creo: los nuevos
clérigos. Lo que pretende
Paul Johnson, como dice de modo explícito en el
prólogo, es dar la réplica a quien aduce poca ejemplaridad en los clérigos, o
incoherencia entre doctrina y resultados:
Una de las características más marcadas de los nuevos intelectuales
laicos fue el deleite con que sometían a la religión y a sus protagonistas al
escrutinio crítico… Ahora, después de dos siglos durante los cuales la
influencia de la religión ha seguido decayendo y los intelectuales laicos han
desempeñado un papel mayor en la formación de nuestras actitudes e
instituciones, ha llegado el momento de examinar sus antecedentes tanto
públicos como personales… ¿Cómo condujeron sus propias vidas?... ¿Y cómo han
soportado sus propios sistemas la prueba del tiempo y la praxis?
De esto último se encargan mejor otros libros, si atendemos
a que muchos de estos clercs eran
socialistas. Johnson, como digo,
incide más en lo personal. Uno no se sorprende, viendo la cara de Marx, de que fuese violento, o viendo
la de Hemingway de que fuese un
tarambana, y de Tolstoi ya sabíamos
que andaba un poco chiflado… Sorprende más ver a Ibsen, tan adusto él, pirrándose por las condecoraciones, o cómo
las mujeres se rifaban a Sartre,
cuya cara debían de envidiar en el carnaval… Y está el capítulo de las
mentiras: Lillian Hellman parece la
protagonista de Vamos a contar mentiras,
de Alfonso Paso, pero ya se ve que
todos ellos, si en algo eran coherentes, era en su escepticismo con respecto a
la verdad.
Creo que el mayor mérito de esta obra es haber abierto el
camino a la desmitificación: en las últimas décadas hemos visto aparecer libros
en la misma línea, ya de modo más monográfico: Che Guevara, Giner de los
Ríos y otros de los que ahora no me voy a acordar, vacas sagradas del
progresismo, han encontrado su biógrafo negro. Yo mismo haría el Intelectuales español, si tuviera tiempo
y me hubieran educado de otra manera…
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