26 julio 2019

El don de la fiebre


Este Mario Cuenca Sandoval es un descubrimiento. Ahora mismo no recuerdo si este don de la fiebre es su primera novela pero, en todo caso, si continúa a esa altura, estamos ante lo que se llama un valor seguro*. Es la memoria ficticia de Olivier Messiaen, uno de los compositores contemporáneos de mayor reputación, desde un presente en que el personaje se encuentra hospitalizado en fase terminal. El autor centra las memorias en el campo de concentración donde fue internado durante la guerra mundial, escenario cuyo horror él y varios compañeros trataron de atemperar mediante la música. Su fe cristiana angustiada, muy a lo francés, y su capacidad de sinestesia, es decir, de asociar colores y sonidos, son motivos permanentes en la narración, por supuesto, morosa y psicológica, llevada con el acreditado procedimiento Ciudadano Kane, de flashbacks aparentemente caóticos que nos llevan ahora a la infancia ahora a la madurez triunfante, pero predominando, como digo, ese momento crucial del internamiento en el que lo mejor y lo peor del ser humano se dieron cita. En sus últimos momentos, el anciano entubado vuelve a ser el niño que pedía a Dios saber leer los sonidos, a punto de contemplar el sentido de todo.

*Ojeando luego por Amazon me encuentro otro título suyo con una portada completamente disuasoria. En todo caso, permaneceremos atentos a su trayectoria.


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23 julio 2019

La vida de Santa Teresa de Jesús


Marcelle Auclair fue una hispanista bien relacionada con las personalidades de la cultura española de la primera mitad del XX, como Ignacio Sánchez Mejías, por ejemplo. Entre las cosas que hay que agradecerle de esta biografía está el que quite importancia al hecho de que Teresa tuviera sangre judía, algo tan explotado por el americocastrismo. “El mismo rey Fernando el Católico tenía sangre judía por parte de su madre... Las uniones entre cristianos y judíos no escandalizaban en los siglos XIV y XV”. Lo que permitió a muchos judíos ostentar títulos de nobleza. En cuanto a la afición de Teresa a los libros de caballerías, donde menudeaban también las aventuras amorosas, me alegra que la autora constate que “...en aquella época no se hacía un misterio del modo de perpetuar la especie, y para aquellos robustos cristianos no eran los de la carne los pecados más graves”. La hija de Alonso de Cepeda no era una tipa rara, sino una joven físicamente atractiva y con una recia personalidad, que “no hubiese consentido ser señalada con el dedo [por acceder a tonteos con cualquier galán] ni desposada por obligación”.

Hay cosas que no cambian: “El que se había comprometido por contrato a entregar anualmente varias fanegas de trigo a los pobres se resistía a entregar a Dios su hija preferida...”. Sin embargo, lo que temía Teresa a la hora de tomar su decisión irrevocable era “a mí y a mi flaqueza”. Que no se impusieron sobre la gracia, por fortuna. De hecho, su carácter recio le sirvió para exigir igual reciedumbre a sus monjas: vamos, que no podía apalancar con churros. “Aquellas esposas de Cristo debían tener por lo menos las cualidades que los hombres piden para las suyas”. Tuvieron más, como el amor a la pobreza (hasta el punto de echarla de menos cuando tenían de todo) y el buen humor: “A una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios”. Por eso aconsejaba reírse de los que las calumniaban y “dejarlos decir”.

Por su parte, decía que solo la habían calumniado tres veces: en su mocedad, cuando la llamaban hermosa; más tarde, cuando decían que era lista, y, la que le resultaba más insufrible, cuando le decían que era buena. Hoy la calumnia viene de los libros de texto, donde suelen presentarla como una mujer liberada que fue perseguida por obrar por libre en un mundo de hombres, como si actuase por cuenta propia. La realidad es que “... solo era capaz de amar y de actuar para el Señor, porque el administrador que obra por cuenta de un dueño todopoderoso no tiene en cuenta su propio interés: actúa sin nerviosismo ni codicia, castiga sin odio... compra como si no poseyese y usa las cosas sin apegarse a ellas; por eso tiene sosiego”.


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08 julio 2019

Bárbara injusticia


[Luis Buñuel, tras reconocer que no le gusta Eugenio d´Ors]

Y es de los pocos españoles, de los poquísimos –con esa enorme, bárbara injusticia con la que el mundo, después de la victoria protestante, ha ignorado a España– que traspuso las fronteras y del que ¡todavía! se leen y traducen libros.*

Max Aub, Luis Buñuel, novela, p. 102


Vaya, ya se ve que no son solo ocurrencias de Elvira Roca Barea...


03 julio 2019

Es preciso amar a los semejantes


para tener el derecho de decirles, duramente si es necesario, las verdades que les salvarán.*

Es decir, una apologética que no provenga del amor al prójimo se dirige únicamente a la propia gloria, y no se diferencia de lo que Pierre de Boisdeffre reprocha en Montherlant, “una moral construida únicamente para la glorificación del individuo”. Pero, a la vez, se deduce que el amor al semejante lleva a afirmar esas verdades con toda la “dureza” necesaria, como hace un buen padre o un buen hermano. Reírles las gracias es, por contra, propio del simple amigote o del cómplice.

*En Pierre de Boisdeffre, Metamorfosis de la literatura, II, “Montherlant en cuarentena”



01 julio 2019

A ras de las sombras


Él y yo, nosotros tres, a pesar de lo pretencioso del título, me pareció una novela muy estimable. No volví a tener ningún contacto con la novelística de Marta Portal hasta este A ras de las sombras, su segunda novela, creo. Es también de corte existencial, por utilizar la etiqueta al uso, aunque muy inferior a la que he citado. “No aporta nada”, o algo así, dice el Pedraza, y he de darle la razón. Trata de las vicisitudes de un extranjero en un pueblo de Mallorca, un desencantado tras unas relaciones sentimentales fracasadas y cuyo vacío no hace sino ahondarse con nuevos escarceos. Será al fin su asistenta Margalida, una sencilla joven del lugar, quien de algún modo termine iluminándole con su bondad. Termina bien y dan ganas de pasar una temporada allí.

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22 junio 2019

Siete novelas cortas


Hay que agradecer a Carmen Laforet que haya reivindicado la figura de la viejecita piadosa, tan maltratada en la literatura y especialmente en la nuestra. En tiempos en que el desertor, el homosexual, el adúltero o el hereje pueden aparecer como los buenos de una ficción, no está mal que alguien rompa una lanza por esas señoras de las que, según Ibáñez Langlois, depende la vida de la Iglesia (“dulces clavos, dulce cruz...”).

Bueno, lo cierto es que no son siempre beatas las que protagonizan estos relatos, a pesar de los dos prologuistas, que utilizan con reiteración este término. Por lo menos, si lo entendemos como “una señora de edad que frecuenta mucho la iglesia y los rezos”. Se trata de cuentos cristianos, desde luego, en los que es casi siempre una mujer quien lleva la iniciativa en la cooperación con la gracia, podríamos decir. Como en La mujer nueva, la ejemplaridad es bastante explícita, a diferencia, por ejemplo, de los cuentos de Flannery O´Connor, pero eso no les resta mérito. Y esa ejemplaridad suele consistir en una alabanza de la virtud: la joven cónyuge de El piano muestra a su marido la importancia del desprendimiento del dinero; la anciana de La llamada realiza con su antigua vecina un acto de caridad que puede calificarse de heroico, al poner al tablero su reputación; caridad heroica hay también en la joven maestra de Los emplazados que no denuncia al rojo escondido, pero igualmente en el soldado nacional que se juega la piel al defenderla; dos mujeres, en El viaje divertido, tienen ocasión de enseñarse mutuamente cosas decisivas, desafiando la incomprensión de los maridos; y qué decir de los hijos de El último verano, tan mezquinos en sus pequeños egoísmos hasta que llega el momento de echar el resto por su madre; incluso la solterona algo tocada de El noviazgo resulta agrandada por su rasgo de dignidad al rechazar a quien solo la solicitó cuando necesitó un báculo para su vejez...

Como digo, esta ejemplaridad no resta valor a unas novelas cortas que podrían reclamar su ascendencia cervantina, aunque en su factura recuerdan más a los cuentos decimonónicos y en concreto a Alarcón.

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19 junio 2019

Explicar la obra por el hombre


equivale, en resumidas cuentas, a explicar lo conocido por lo desconocido.

No deja de tener razón, el tal Boris de Schloezer. Lo cita Max Aub en Luis Buñuel, novela.


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