06 noviembre 2009

Qué mala prensa tiene la prensa

[La leyenda] en algunas ocasiones saca a la luz la verdad que la historia ha dejado escapar, pero... la mayoría de las veces no es más que el insensato balbuceo del tiempo, como el que se relataba antes en torno al fuego y que ahora cuaja en los periódicos...

Nathaniel Hawthorne
, La casa de los siete tejados

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05 noviembre 2009

La poética de la ironía


Lo más peculiar de este estudio es que termina y no se ha dado una definición satisfactoria de su objeto de estudio. Bueno, sería peculiar si no supiéramos lo difícil que es definir la ironía, aunque todos la identifiquemos, pues va más allá del mero "dar a entender lo contrario de lo que se dice". Sí que nos enteramos, en cambio, de todas las posibles definiciones que se han dado.

La obra está dividida en tres partes. La primera repasa los tipos fundamentales de eso que se ha llamado ironía en el transcurso de la historia: la ironía socrática, la de situación ("ironía del destino"), la verbal y la romántica. He de decir que este último concepto no dejó de sorprenderme, pues siempre pensé que el discurso romántico era el menos proclive a la ironía. En fin, la segunda parte se dedica a los diversos elementos que rodean la práctica de la ironía: la entonación, la complicidad... así como su interpretación y su relación con otros conceptos como la parodia, el sarcasmo o el humor. La tercera nos acerca a tres ensayos recientes sobre el tema. No quiero dejar de hacer notar la sorpresa que me produjo el autor cuando, como quien no quiere la cosa, casi al final se descuelga: "contar una historia es necesariamente preguntarse sobre la verdad de los seres y de las cosas cuando no es perseguir objetivos morales, incluso abiertamente moralizadores". Afirmación rotunda y arriesgada, pero, como hoy dirían, valiente.

Nota redactada en abril del 2004. El autor de La poética de la ironía es Pierre Schoentjes.

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04 noviembre 2009

... que un maestro finés de escuela

A pesar de lo de ayer, Enrique, no me iré a Finlandia. El artículo dice también que los profesores, allí, cobran sobre todo en prestigio, pero para vivir con cierta holgura tienen que dar clases de refuerzo. Lo que repercute, por otra parte, en la calidad del sistema, pero deja a los pobres un poco como los viejos maestros de escuela del dicho popular: una fuerza viva mal alimentada.

Sobre lo que dice Altea, allí lo de la patada está resuelto: no se tolera a nadie que altere el normal funcionamiento de la clase. Esos, cuando los hay, van a currar a la cocina (hay siempre comedor escolar) o a realizar otros trabajos, pero aparte. O sea, patada, en efecto.

La contrapartida está en lo de Juan Ignacio: en efecto, muy buena educación, pero me pregunto cómo se evitará la escalada de suicidios en un país donde un embrión humano no es más digno de respeto que una lagartija. Así, lo de profundizar hasta las raíces y remontarse a las estrellas no dejará de ser, Ljudmila, una bonita frase. En fin, ya se ve que no se puede tener todo. Lo malo de España es que tenemos cada vez menos. Incluso de pelas.

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03 noviembre 2009

Yo me voy a Finlandia

Todos los representantes del Finnish National Board of Education coinciden también en afirmar que la supresión de la función inspectora en 1994 supuso un enorme salto cualitativo, una inyección de excelencia y calidad para el sistema educativo de su país. La administración ya tiene publicado su National Core Curriculum... y eso ahorra un montón de trabajo administrativo (revisión de las programaciones, etc.) que en España corre a cargo de la función inspectora. Por otro lado, los profesores finlandeses, a decir de sus "jefes", están muy bien preparados y cuentan con un enorme prestigio social; en consecuencia, la administración ha de confiar en ellos, ha de depositar en ellos la responsabilidad última de la calidad de la educación. Casi no hay reclamaciones de las calificaciones, por ejemplo, y éstas se resuelven siempre dentro del centro. Los profesores y nadie más que los profesores son las autoridades educativas; ante los alumnos, ante los padres y ante la administración. No hay más guardabosques que los profesores. El resultado ha sido un aumento del prestigio de los enseñantes y una mejora del clima en que se desarrolla su trabajo.

Francisco Giménez Gracia, "El bosque educativo finlandés", en Cuadernos de Pensamiento Político, 23

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29 octubre 2009

Pablo y Virginia


Decididamente, el XVIII fue el siglo de los ingenuos. Pablo y Virginia son unos adolescentes angelicales, preservados del mal por la naturaleza y capaces de morir de amor, un amor que, por supuesto, nunca es carnal. A pesar de los esfuerzos de la editora, María Luisa Guerrero, es una novela que hoy no levantaría pasiones sino carcajadas, y se justifica su inclusión en el Depósito de la biblioteca de donde lo he sacado. Queda como testimonio, eso sí, de la filosofía de una época, de la época del prerromanticismo, ingenuo, como digo, y llorón.

Resulta que dos mujeres van a parar a la Isla de Francia (actual Mauricio) con dos tragedias diferentes. La una, Margarita, madre de Pablo, ha sido abandonada por su seductor; la otra, señora de La Tour, ha enviudado con una hija, Virginia. Los dos chicos crecen como hermanos, en una naturaleza idílica, alejados de todo mal pensamiento, alejados de ese siglo malvado que sus madres han dejado atrás. Es curioso, nos aparece aquí un tipo de familia alternativa de esas que tanto gustan a los progres de hoy: nada menos que dos madres. Y además nunca riñen ni nada parecido.

El caso es que ambos muchachos tienen ocasión de demostrar su virtud ayudándose a sí mismos (cómo me reí con aquello de Pablo llevando a cuestas a Virginia por el bosque, descalzo y en medio de una tempestad) y a los demás. Y al final Virginia morirá por culpa del mundo canalla, en otra tempestad. Quizá lo que más valga sea el discurso del vecino, al final.


Nota redactada en mayo del 2002. No se entienda que me muestro escéptico sobre la virtud ni sobre la pureza de una relación amorosa. Lo que critico es el rousseaunianismo de la obra, o sea, que eso, aquí, lo da la naturaleza, y no la educación ni el autodominio.

Por cierto, el autor es Bernardin de Saint-Pierre


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28 octubre 2009

Creencia y fe

En todo caso mi creencia en Dios no era una creencia interesada pues no la creía merecedora de compensaciones ultraterrenas. Creía en Dios porque tenía el conocimiento, sin prueba, de su existencia. Creía en Dios porque otros creían en Él, igual que creía en Asia, sin conocerla, fiado tan sólo del testimonio de los demás. En último análisis, a lo definitivo, creía en Dios no por la prueba de su afirmación, sino por la de su negación. Yo había bajado en vida a la Sombra y este conocimiento era suficiente, más que sobrado, para creer. Pero creer no implica, por lo menos en mi caso, tener fe. Si yo tuviera fe, la causa no se habría enseñoreado de mi vida. Sólo una vez sentí más que fe, la necesidad de tenerla. Pero eso fue hace mucho tiempo...

Pablo Cossío, narrador de La gota de mercurio, de Alejandro Núñez Alonso. La causa es la oscura razón que le empuja al suicidio.

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27 octubre 2009

Cogeces, pueblo ejemplar

Si en Castilla y León hubiese un "Premio al pueblo ejemplar", como el que concede la Fundación Príncipe de Asturias en el Principado, pocos podrían reclamarlo con tanto mérito como Cogeces del Monte. A Sobrescobio se lo dieron por sus "iniciativas sociales y culturales". El ayuntamiento de Cogeces aprobó el presente año (y puso en práctica) la mejor, probablemente, de todas las iniciativas sociales: la de incentivar la natalidad. Seiscientos euros por hijo concebido. Una pareja de inmigrantes búlgaros recibió el primer cheque.

Claro que, de existir ese premio, probablemente se lo dieran al pueblo que hubiese hecho un carril bici o un programa de orientación afectivo-sexual para la tercera edad.

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