06 diciembre 2016

Aspectos de la novela


E. M. Forster fue novelista, en concreto autor, entre otras, de la historia en que se basó aquel rollazo postalero titulado Una habitación con vistas, y además teórico del arte de novelar, tal como se ve en este ensayo que se ha convertido en eso que se llama "obra de referencia" en Teoría literaria. Se trata de un ciclo de conferencias, y eso se nota en el estilo. El tipo es muy sutil, y así, por ejemplo, distingue entre historia y argumento, consistiendo el segundo en el modo de concatenar los hechos que constituyen la historia, o al menos eso me parece haber entendido. El caso es que cada concepto le da para una conferencia. Otra la dedica a La gente, es decir, a los personajes, tratando, con bastante ingenio, de distinguir al homo sapiens del homo fictus, como él dice, es decir, al ser humano real y al personaje de novela; e introduciendo también aquí su famosa dicotomía de personajes planos frente a personajes redondos. Si ha captado la diferencia, el redondo es el menos previsible, el de personalidad más proteica, por así decirlo, mientras que uno puede siempre conjeturar cómo actuará el personaje plano.

No estoy seguro de haber comprendido otro distingo que le ocupa otro par de conferencias, el que realiza entre fantasía y profecía. No sé si al hablar de novelas proféticas (desde luego, no son las que predicen el futuro) se refiere a aquellas que se erigen en portavoces de un mensaje trascendental para su época. El caso es que al mencionar entre los profetas a Dostoievski se aleja de una norma que había seguido casi invariablemente a lo largo de su discurso, que es la de referirse sólo a novelas en inglés, cosa que me fastidia un poco porque compruebo lo que me falta por conocer en ese ámbito.

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03 diciembre 2016

Peligro público


Una entrevista en directo es peliaguda, sobre todo si te piden opiniones de lo que no es lo tuyo. Llevaron a Javier Cercas a un Festival de literatura infantil y juvenil (Fundación Santillana) y no tuvo más remedio que soltar tópicos y alguna gracieta. Entre otras cosas, va y dice: "La persona que lee es un peligro público".

Para el poder, se supone, claro. Sí, hay gente a quien le gusta creer que vivimos en un régimen totalitario. Son sobre todo jovencitos radicales que encuentran así la justificación para embadurnar las paredes. Algo turbio se vislumbra, como ya he sugerido aquí alguna vez, con las leyes Lgb y tal, pero a día de hoy, hombre, ya quisieran los cubanos y los coreanos. Sin mencionar que, en un régimen como esos, sería difícil encontrar algo cuya lectura te convirtiera en "peligro público". Ya se encargan ellos.

Es cierto que la persona bien formada es un peligro para todo aspirante a controlar la sociedad, y por eso se diseñó la Logse por ejemplo. Pero estar bien formado no es leer así comoquiera; no es leer cualquier cosa, en plan intransitivo, al gusto de la beatería de la lectura que tanto abunda en ambientes académicos y que lleva a los chicos a pensar que con unas intrascendentes historietas de chavales pueden sentirse inmunes a toda manipulación. El directo es peligroso, pero yo, en lugar de Cercas, tal vez habría dicho que una persona que lee es, ante todo, una esperanza.



30 noviembre 2016

El primer comunista


Algún propagandista lanzó el eslogan y muchos mentecatos inteligentes lo repiten: "Jesucristo fue el primer comunista". ¿Acaso no estaba en contra de los ricos y hartos?

¿Acaso no alababa a los pobres y necesitados? ¿Acaso no se rodeó de gentes sencillas, de proletarios? ¿Acaso no tronó contra los sacerdotes profesionales, cuyo odio acabó por ocasionar su muerte? ¿Acaso no se saltó la idea elitista del pueblo judío haciéndose amigo de los pobres de otros pueblos? ¿Acaso no se preocupó siempre de la suerte de la gente sencilla? ¿No vivió acaso con sus apóstoles en una comunidad puramente comunista?

"Resulta muy seductor", dije, cuando uno de esos mentecatos inteligentes me expuso todo esto. "Permítame, sin embargo, que añada todavía un par de preguntas. ¿Enseñó Cristo también que toda religión es opio para el pueblo? ¿Que Dios es un invento de la burguesía y los capitalistas para mantener en sus límites al proletariado? ¿Que lo único que importa es la vida terrenal, porque es la única que existe? ¿Que la meta final de la humanidad es el ordenamiento paradisíaco del Estado y que deberá comenzar matando a los gobernantes actuales? ¿Que la moral es un invento de los capitalistas para frenar al proletario? ¿Que solo importa una clase determinada de hombres, los proletarios? ¿Que la vida del individuo no tiene ningún valor frente a los intereses del Estado? ¿Acaso Jesucristo fue un precursor del materialismo? ¿Consideraba que la oración era una estupidez y la visita al templo un acto reaccionario? Y finalmente, ¿encomendó a sus discípulos la misión de obligar a las personas a aceptar sus ideas por medio de la fuerza policial? Y aquí he de añadir que precisamente Él era quien entre todos los ostentadores de poder en el mundo habría tenido perfecto derecho a dar esa orden. Él era el más poderoso porque era Dios. Sin embargo, Dios, el único totalitario justificado, respeta el libre albedrío de los hombres. La frase "Jesucristo fue el primer comunista" es una obra de arte de la hipocresía. Pero si fuera cierto, habría que felicitar a sus dirigentes por su extraordinario parecido con el "primer comunista": Marx por su amor al prójimo lleno de bondad, Lenin por su humildad y caridad, y Stalin por su amor a la verdad y su disposición a perdonar.

En Louis de Wohl, Adán, Eva y el mono



22 noviembre 2016

Mein Führer, mein Führer!


Resulta que Adolfo Hitler vive (estamos en 1975, o por ahí, que es cuando se publica la novela) y es el solitario que habita un viejo molino en una localidad catalana, lugar hasta donde le ayudaron a huir algunos de sus colaboradores.

Este es el planteamiento de la novela, pero no vamos a encontrar un thriller histórico, por supuesto, sino una meditación sobre la muerte, el mal y la identidad, como es habitual en Carlos Rojas. Un joven, el hijo de uno de los colaboradores del führer, cruelmente humillado por este, llega hasta allí con el ánimo de matarlo, cosa que además le había encargado explícitamente su padre. Ambos se encuentran y mantienen un tenso diálogo que abarca un día y una noche, tiempo bien pautado capítulo a capítulo por el autor.

Hitler quiere morir. Es lo que buscó toda su vida, pero sus atrocidades, lejos de provocar que alguien lo matara, no hicieron sino convertir a los demás en envilecidos lacayos. Lo cual no deja de dar un punto de humor grotesco a la novela, pero además ilustra la tesis que viene enunciada en los lemas de Camus y Dos Passos que la encabezan: "El hombre no puede condenar a los demás sin condenarse a sí mismo", y "Todo hombre es capaz de todo crimen", respectivamente. Es la toma de conciencia de esta abyección radical del hombre por parte del joven lo que motivará el desenlace, no menos grotesco, de este diálogo infernal, que se pone, también, bajo el signo del Minotauro, la bestia que buscó la redención en la muerte, según la interpretación de Borges que figura también al frente de la novela.

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18 noviembre 2016

Desfibrilado


Carlos Herrera clama contra los tontos, y hace muy bien. Se ha inventado un desfibrilador de tontos y cada mañana pone de vuelta y media a tanto cantamañanas como, en, efecto, pulula por ahí. Poco imagina que hoy le he catalogado a él entre los potenciales clientes de dicho desfibrilador.

En efecto, aludiendo al incidente de 1981 (creo) en la Casa de Juntas de Guernica, volvió a repetir la estupidez que ya le oí hace unos cuentos años: que se levantaron los batasunos y se pusieron "a cantar el Cara al sol"...

Como se recordará, los batasunos interrumpieron el discurso del rey puño en alto mientras cantaban el Eusko Gudariak.

La intención, evidentemente, es comparar lo que a él le parece comparable. Bien es cierto que en esta ocasión dijo "el Cara al sol o algo así, el eusko nosequé..."

En fin, ya se ve que es muy difícil ir a la contra del discurso dominante sin disculparse de vez en cuando. "Que conste que a mí me caen también muy mal los fachas, tan mal como los de la ETA". Pues nada, Herrera: no se mueva que le desfibrilo un poco.


30 octubre 2016

Sosa... cáustico


Segunda República:

...unos pocos años que tanta nostalgia producen en la actualidad en ambientes que podríamos llamar tiernos en materia de saberes y lecturas.

En Francisco Sosa Wagner, La independencia del juez, ¿una fábula?


27 octubre 2016

Pedro Sánchez


Una de "menosprecio de corte y alabanza de aldea", marca de la casa. Solo que aquí Pereda se centra más en la corte: de hecho, la novela se desarrolla en su mayor parte en Madrid. El tal Pedro es un jovencito montañés que un día conoce a unos veraneantes (como diríamos hoy) de alto copete que le prometen un buen empleo en la capital, más alto que sus pequeñas ambiciones de sustituir a unos paisanos malquistos en la administración de las cosas del pueblo. Pero una vez allí, el gran señor, que resulta ser un ministro o al menos alto cargo en el gobierno, con fama de corrupto, no hace sino dar largas a nuestro hombre, hasta que a este le llega la oportunidad de medrar en el gran mundo por otra vía: la de dirigir un periódico progresista. Haciendo de la necesidad ideología, acaba convertido en uno de los líderes de la revolución liberal de 1854.

Como cabe esperar, Pedro es una víctima de las vanas ambiciones de la cortesanía y Pereda no deja de ridiculizar costumbres como los bailes de salón ("pasatiempo más propio de salvajes que de hombres cultos que se estiman en algo"), las cursiladas literarias (en el álbum de una dama "había estrofas en forma de cáliz, de guitarra, de cruz... sonetos encerrados en orlas de pichones con guirnaldas en el pico...") o los saraos interminables en casa de la gente guapa. Hay retratos intemporales, como el de las masas que nutren las algaradas ("abundaban las mujeres de rompe y rasga, y... los hombres de mala catadura; castas que parecen nacidas para estas cosas, porque nunca se las ve más que en los motines"; o escraches, podríamos añadir) o los políticos con dos caras: "Mire usted: mi padre es el mejor de los hombres en su familia, en los pasillos del teatro, en su pueblo de usted..., en todas partes menos en el sillón de su despacho oficial, y donde quiera que ejerza de político entre los suyos. En estos casos se transfigura y pierde la memoria de las cosas sencillas y ordinarias del mundo, porque lo posee de pies a cabeza el demonio del imperio con todas sus durezas y vanidades. Es una enfermedad propia de las gentes del oficio, y no tiene cura..."

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