02 julio 2020

Empoderamiento


La mujer pierde su encanto no solo por permitirse palabras indelicadas, sino también por lo que escucha, es decir, por lo que osan decir en su presencia. En el seno de la familia la modestia y la sencillez se bastan para mantener las consideraciones que a una mujer se deben, pero en la calle hace falta más. La elegancia de su lenguaje y la nobleza de sus maneras forman parte de su dignidad misma y solo mediante ellas se ganará el respeto de la sociedad.

Madame de Staël, 1766-1817, novelista, autora de ensayos filosóficos, politóloga, crítica literaria, salonnière y exiliada antibonapartista. En La literatura y su relación con la sociedad, segunda parte, capítulo II.

Gracias, Madame…





24 junio 2020

La juventud de 1936


Francisco de Cossío, en Manolo:

Los predicadores se desgañitan en los púlpitos escandalizados por los hábitos de esta juventud. El teatro de costumbres nos la ofrece como una juventud medio tonta, sin ideales, entregada no más que a los estímulos de la sensualidad y del ocio. Se anuncia la disolución de la sociedad, por la pendiente en que se halla esta juventud. Ni padres ni maestros pueden con ella. Los hijos saben más de todo que los padres. No existe disciplina. El concepto de la jerarquía se ha perdido. “Estas son ideas rancias”. “Hay que marchar con los tiempos”, “los viejos están chochos”… Las normas morales las da el cinematógrafo, y por cualquier parte advertimos síntomas de disociación familiar. ¿Para qué va a servir esta juventud, Dios mío?

Citado por Rafael García Serrano en Diccionario para un macuto, el cual prosigue:

Esa juventud fue la de la generación de los voluntarios, la que siguió con fidelidad celtibérica, hasta más allá de la muerte, la bandera que habían levantado unos cuantos hombres jóvenes y a la que sirvieron ejemplarmente, como una alegre guerrilla, como una venturosa profecía, los jóvenes que ya luchaban por España antes de que el ejército levantase su espada.

¿Quién puede decir que todo está perdido?




16 junio 2020

Perplejidad


Juan Meseguer, en Aceprensa:

La libertad religiosa pinchó en ese país [España] la “burbuja católica”; esto es, la apariencia inflada de consenso en torno a unos valores y unas creencias que el régimen franquista consideraba intocables. Y de paso, se llevó por delante el caldo de cultivo para un anticlericalismo resentido, que no dejaba de ser una reacción al hecho de que alguien fuera obligado a actuar en contra de sus convicciones íntimas.

Me quedo pasmado. ¿Se puede afirmar, con la cara en su sitio, que el “anticlericalismo resentido” está ausente en la España actual? ¿Que hay menos anticlericalismo ahora que en 1967? Y, si efectivamente no es así, ¿se puede afirmar con semejante cuajo que la causa de ese anticlericalismo era la falta de libertad religiosa?

No dejo de tener la impresión de que, por lo que se refiere a cuando entonces, hasta los cerebros más juiciosos parecen incapaces de pensar fuera de los cauces impuestos como correctos hace ya demasiado tiempo…





13 junio 2020

Es mejor


Es mejor, en términos generales, que las mujeres se consagren únicamente a las virtudes domésticas…

Madame de Staël (1766-1817), novelista, autora de ensayos filosóficos, politóloga, crítica literaria, salonnière y exiliada antibonapartista.

(En su contexto, lo importante es el pero que viene a continuación, donde se queja de que los hombres perdonen mejor la falta de esas virtudes que el que las mujeres sobresalgan por su talento. Pero no me negarán que, como premisa, resulta impactante, viniendo de quien viene.)



05 junio 2020

El fin de la eternidad


Las novelas de ciencia ficción tienen con frecuencia un elemento de distopía, ya saben, ese tipo de relatos que nos muestran un mundo sometido a un poder omnímodo y deshumanizador a base de aplastar derechos y libertades, pero a menudo convencido de que hace lo mejor para la humanidad: “comunidad, identidad, estabilidad”, era el lema de los dirigentes del mundo feliz de Huxley.

En el caso de El fin de la eternidad, ese poder se ejerce desde más allá del tiempo, y se trata de reencauzar acontecimientos para que resulten lo más inocuos posible: un cambio de realidad lo llaman. Eso está reservado a una élite de funcionarios de la Eternidad agrupados en funciones que son casi castas: computadores, técnicos, operarios y no sé qué más. Aquí Asimov se enfrenta a las aporías del viaje en el tiempo, un desatino conceptual ya que el viaje como tal es en el espacio forzosamente, pero una idea atractiva desde que Einstein o quien fuese vinculó el espacio con el tiempo. Asimov hace encaje de bolillos para lidiar con estas aporías, entre las que se incluye la típica y chusca situación de encontrarse uno consigo mismo en el pasado. Pero no llega a convencer, claro. El tiempo sería aquí lo más parecido a un río en que cada punto es infinitamente cambiante, según aquello de Heráclito de que nunca te bañas en el mismo río; de modo que una persona tendría infinitos análogos en el mismo punto del tiempo. Una auténtica demencia.

La eternidad, ya se ve, aparece aquí como algo ajeno a la metafísica, es decir, no es ni de lejos la morada de Dios o de los ángeles, sino algo totalmente integrado en el universo físico, aunque la mayor parte de los temporales ni siquiera sospechen su existencia. Pero tampoco convence, pues esta eternidad acaba teniendo también su tiempo, que miden en fisioaños, fisiohoras…

Y, como en otras distopías, el tinglado entra en crisis cuando entra en escena el amor, prácticamente prohibido a los eternos. El prota, un técnico llamado Harlan, se propone nada menos que destruir la eternidad cuando ha de elegir entre ella o su amada. Y ahí lo tenemos pensando que es el caballero andante que va a salvar a la chica, ***SPOILER pero sí, sí…***

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02 junio 2020

Nihil novum


La libertad de opinión empezó en Francia con los ataques contra la religión católica porque eran los únicos actos de osadía sin consecuencias para el autor…


Madame de Staël (1766-1817), La literatura y su relación con la sociedad, parte I, capítulo XX.




18 mayo 2020

De la ética al control


"...ya no hay ámbito de la vida en el que no se hable de ética. Todo se ha moralizado minuciosamente. Observemos lo fácil que es, a continuación, transformar lo ético en político a base de promulgar una ley para cada norma moral, un escrache mediático para cada opinión o conducta políticamente incorrecta. Y el siguiente paso, una vez que hemos convertido ya todo lo personal en político, consiste en poner todo lo político bajo el control total de unos pocos."

Del artículo "La perversión de las causas justas", de Alfredo Marcos