02 abril 2020

La casta Susana


El otro día leían el pasaje evangélico de Susana y los viejos. Recordé a José Miguel Ibáñez Langlois.

En tiempos de Susana y los jueces malvados
qué de intrigas en el huerto de la bella,
qué alboroto se armaba en la ciudad,
qué fulminante el castigo de Daniel
contra los viejos fornicarios.

Hoy todas las Susanas son adúlteras,
se bañan desnudas ante los jueces,
el fornicar ha caído en desuso
y Daniel, por las calles sin trabajo,
y al Señor de Daniel
empieza ya a colmársele su infinita paciencia.

(En Poemas dogmáticos, parte II)





29 marzo 2020

Cervantes y la libertad


Traía aquí hace unos días una cita del Cervantes y la libertad, de Luis Rosales, que me había entusiasmado. Se trata de una obra magna, también por la extensión, que hizo bien en reeditar Trotta en los 90. En su origen venía precedido por otro ensayo sobre la libertad en general, que luego se editó aparte.


En su mayor parte, es un estudio sobre el Quijote, sobre lo que constituye la “locura” del personaje, que para Rosales es nada menos que un proyecto vital que toma forma en la madurez, un deseo de dar sentido a una vida hasta entonces anodina. En ese proyecto la libertad es una libertad para, y en concreto libertad para el amor, ya que Dulcinea es lo que permanece en una personalidad cambiante y que al final se arrepiente de sus tonterías pero no, al parecer, de haber amado. En el Quijote de 1605 tenemos a un Quijote en busca de su identidad, y por eso se esfuerza por ir creando su mundo, a base de esas alucinaciones que todos conocemos; mientras que en el Quijote de 1615 (la culminación del arte cervantino, también para Rosales) ha logrado su objetivo, hecho protagonista de un libro y agasajado como caballero, lo que hace que renuncie a sus alucinaciones y se muestre cada vez más como la persona juiciosa y virtuosa que siempre fue.

Pero en la primera parte Rosales analiza también otros personajes cervantinos, para llegar a la conclusión de que lo común a todos ellos es, como indica el título, el afán de libertad, en unos casos químicamente pura y sin empleo, como el caso de la pastora Marcela, en otros exquisitamente volcada hacia una disponibilidad para una vida lograda, que diría Alejandro Llano, como es el caso de Preciosa, “la Gitanilla”.

Es interesante también en el libro la controversia de Rosales con otros cervantistas, contra los que ironiza con frecuencia. En concreto, a pesar de estimar como maestro a Américo Castro y de apreciar sus escritos sobre Cervantes, dedica unas cuantas páginas a rebatir la idea de este sobre la moral de don Miguel, que Castro estima como un fatalismo neopagano; capítulo que me parece uno de los más atractivos de la obra. 


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27 marzo 2020

Meditaciones del Quijote


De esta obra inconclusa y primeriza, “ensayos de amor intelectual” que no llegaron a cuajar (de hecho apenas habla del Quijote) me quedo con esto:

Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud. Un alma abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla, para que logre esa plenitud. Esto es amor –el amor a la perfección de lo amado.

Es, aplicado a las personas, lo que algunos llaman agapé, amor efectivo, diverso del eros aunque compatible. De este amor intelectual trata la primera parte, “Meditación preliminar”, mientras que la segunda, “Meditación primera”, es una reflexión sobre la novela en general, de agradable lectura, como todo lo de Ortega, aunque no aporte gran cosa.
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25 marzo 2020

Milicianos, -as


Las chicas venían pegando. Pertenecían a unas compañías formadas bajo la bendición y revista de La Pasionaria. “Pelo teñido, mucho carmín, desenfado en los ojos. Y grandes ojeras.

“--¡Desnúdense!

“Abrieron los ojos con sorpresa.

“--¡Desnúdense!

“—Con que se levanten las faldas es suficiente, comandante.

“Y ellas se levantaron las faldas. Castro [dirigente comunista] se volvió de espaldas. Y esperó a que el capitán se dirigiera a él.

“—Siete con gonorrea, comandante.

“—Siga ya solo, capitán.”

El informe que le entregaron fue desastroso: “Doscientos milicianos enfermos e inutilizados para combatir por un largo período… De doscientas milicianas reconocidas, el 70 por 100 padece de enfermedades venéreas… “¡Hijas de p…! ¡Debería fusilar a unas cuantas!”, pensaba Castro. Entonces se fue a ver a La Pasionaria, a la que llama “la santa roja”. Doña Dolores dijo que aquello era una maniobra de Castro y defendió a las chicas. Castro le hizo una buena pregunta, con el permiso de la santa: “¿Por qué entre los combatientes y las putas das preferencia a estas últimas?” Hubo portazos, pero Castro, de momento, se salió con la suya. En el cuartel reunió a la banda del gonococo. El cuartel, por eso de que el partido comunista siempre ha sido respetuoso con los católicos, ocupaba, entre otras edificaciones, una iglesia. Castro se subió al púlpito y desde allí preguntó:

“--¿Queréis saber por qué os echo?

“Silencio.

“--Por putas; oídlo bien, por putas.”

Y la arenga, precisa, dura, bienintencionada, fue todavía mucho más expresiva. Castro pensaba en que su revolución empezaba a ser “seda. Sífilis. Cornudos al por mayor; y prostitutas en serie”.

Durruti no habló tanto. Cargó en Bujaraloz un tren con rameras y homosexuales. Se fue para la estación con su escolta, mandó correr, por turno, las puertas. Y disparó hasta hartar. No dejó ni una. Ni uno. Gironella lo cuenta, muy bien, por cierto.


De Rafael García Serrano, Diccionario para un macuto, s. v. "Milicianos". Las frases entrecomilladas pertenecen al libro Hombres made in Moscú, de Enrique Castro Delgado.



24 marzo 2020

La Lola se va a los puertos


“Una andaluzada de cierta dignidad”, definió Enrique Baltanás La Lola se va a los puertos. Podría decirse así. Es un homenaje al cante flamenco, encarnado en Lola, esa mujer que parece “el metro de platino iridiado” que nos dibujó Álvaro Pombo en su memorable novela: un compendio de sabiduría, esa que se nos perdió en conocimiento, según Eliot, y que es lo que se quiere que sea el cante, entre otras cosas. Tipos mediocres de diverso pelaje se enamoran de ella, incluyendo el menos mediocre de todos, el guitarrista Heredia, no en vano es el complemento sine qua non de su arte: “Sin Heredia no canta Lola”, viene a decir con orgullo el tocaor. El caso es que se la disputan un padre y un hijo y esa disputa sirve para crear una mínima trama, pero Lola no se queda a ninguno, pues es una especie de Diana del flamenco (“Mis labios se tocan pero no se besan”). El diálogo está compuesto en un verso sonoro que hay que decir, por supuesto, con acento andaluz, de Sevilla o de los puertos, a los de la Meseta nos da igual, y además la localización es incierta, creo recordar. En ese verso sonoro se destaca la esgrima verbal entre Lola y Rosario, la novia despechada que acaba, también, fascinada por la artista. Las acotaciones nos guían demasiado en la lectura, y de hecho supone un auténtico reto para el actor el reproducirlas en la representación.

Nunca agradeceremos bastante a los promotores de la vieja colección Austral que nos facilitaran obras como estas, hoy que apenas se editan, a pesar de sus autores. Que, como todo el mundo sabe, son Manuel y Antonio Machado.
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21 marzo 2020

La libertad de la Gitanilla



Siempre dije que la Gitanilla, como personaje, era la antítesis de Melibea, ésta atontada y sumisa, aquélla dueña de su persona y ejemplo de dignidad. Me alegra ver a don Luis Rosales corroborar genialmente esta mi opinión. Habla de Preciosa, pero podemos intuir a Melibea en el reverso:

Ella no cede a sus pasiones. Su libertad atiende a la virtud, no a la naturaleza. Su libertad no es espontánea, sino esforzada, creyente y voluntaria. No estriba en sujetarse a las pasiones, sino, antes bien, en sujetarlas, en liberarse de ellas. En mantener en todo instante su vida en situación de disponibilidad. Para desarraigarle de sus costumbres, somete a larga y dura prueba la continencia de su amante. Lo que pretende con ello, en definitiva, es espiritualizar la inclinación de su naturaleza y convertir su pasión en un instinto espiritualizado. La castidad puede llegar a ser para nosotros más espontánea y natural que la sensualidad. Todo depende de la exigencia de perfección y de sentido que pongamos en nuestra vida. La estimación de esta prueba –el noviciado del amor—como un rito de purificación me parece indudable.

(En Cervantes y la libertad, segunda parte, capítulo II: “La libertad de los gitanos”)


19 marzo 2020

Tierras del Ebro


“La primavera palpitaba en el aire”. Es el mejor resumen de las descripciones de la naturaleza que Sebastián Juan Arbó nos brinda en esta novela. Si no estuviera Gabriel Miró, se erigiría en el primer paisajista del siglo XX. Las riberas del Ebro cobran vida, en efecto, en cada uno de los capítulos de la obra, y una vida jubilosa compartida cada primavera por sus habitantes. Y, sin embargo, no estamos ante una novela optimista. De hecho, podría considerarse como uno de los últimos relatos naturalistas. El hombre no está a la altura. Diríamos que le agria la fiesta a la naturaleza si no fuera porque esta permanece indiferente al modo como el ser humano es capaz de destruirse a sí mismo, con sus orgullos y sus odios. Una nube de desesperanza, en efecto, constituye el desenlace de la historia, la historia de un aparcero de Amposta capaz de ser feliz, al principio, con una mujer amada y un terruño. Y un hijo. Pero basta que la mujer muera en un mal paso para que en Juan aflore lo peor de sí mismo. Incapaz de recuperarse, tiñe de infelicidad el resto de su vida y la de su hijo, con la colaboración de sus vecinos. Como en el Blasco Ibáñez de las novelas de Valencia, vemos solo el lado bestial de los habitantes de tan, en principio, agraciadas tierras. Cero esperanza, sí, al volver la última página. Y lo lamentamos por lo que podía haber sido, desde el punto de vista humano, una novela tan bien llevada en lo literario, ya que hasta sus momentos de monotonía, ante los que te ves tentado a decir aquello de “le sobran tantas páginas”, tienen su sentido.
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