19 enero 2021

La muerte en Venecia

 


Vi la película de Visconti con suma indiferencia, pues fue en aquellos años en que se ponía la televisión casi automáticamente y se tragaba uno lo que echaran. Solo me sorprendió que la figura femenil que aparecía en la foto del diccionario enciclopédico, sub voce “cinematografía” o quizá “Visconti”, no sé, era en realidad un chico, el efebo de la obra. Pero creo que el tedio que nos causó a todos la película no fue superado siquiera por la natural repulsión que causa el ver a un señor mayor fascinado por un jovencito.

La de Thomas Mann, de todos modos, no es una novela sobre la pederastia, sino sobre ese tema tan grato a los centroeuropeos, desde del Romanticismo, que es la reflexión sobre la belleza y el arte. Se dice de Santo Tomás que quiso destruir sus escritos tras una aparición de Jesucristo: ninguna construcción teórica valía la pena ante la presencia de la pura belleza. Es lo que le sucede a Aschenbach, el creador meticuloso, “el poeta de todos los que trabajan al borde de la extenuación”, cuando descubre a Tadzio y lo sigue a todas partes, fascinado. La enfermedad y la muerte están ahí también, como es habitual en las novelas de Mann, entablando una relación con el tema principal que, una vez más, se me escapa. Seré demasiado mediterráneo.

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17 enero 2021

Símil culinario

 La literatura moderna elabora más platos para cocinero que para gastrónomo, dice Gómez Dávila. Muy agudo. Viendo la literatura española de hoy, sin embargo, creo que los elabora para clientes de burger.



09 enero 2021

El arte de la fragilidad

Pues lo siento: seré un réprobo, un infeliz, un adocenado, o quizá simplemente me hago viejo, pero todavía no sé qué es lo que me ha dicho Alessandro d´Avenia a lo largo de estas doscientas y pico páginas de retórica apabullante; vamos, que me quedo sin saber cómo la poesía puede salvarme la vida. A no ser que todo se cifre en lo que propone el último capítulo, es decir, que el secreto de los secretos es el amor, es Dios. ¿Y para eso hacían falta todas esas páginas llenas de estrellas, infinitos, destinos y arrebatamientos?

El libro se presenta como un diálogo con Giacomo Leopardi, el poeta favorito del autor: “Tú sabías que…, tú sabías que…”, repite sin cesar, y yo, insisto, me quedo sin saber qué es lo que Giacomo sabía. Para colmo, D´Avenia se declara admirador de El club de los poetas muertos, piensa que la escuela tiene que llevar a la felicidad y se supone que lo que vierte en este libro es lo que trata, al parecer con éxito, de comunicar a sus alumnos. Pero yo odio las historias de profesores guay y me pregunto por qué los de Literatura somos los únicos del gremio a los que se les pide hacer magia, transformar voluntades y salvar vidas, en vez de transmitir conocimientos del modo más eficaz posible, como los demás. En fin, que prefiero el D´Avenia novelista, al menos el de Lo que el infierno no es, que es lo que conozco de él.

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07 enero 2021

La crisis de la conciencia europea


 La crisis de la conciencia europea es uno de esos libros citados aquí y allá como referentes inexcusables a la hora de comprender un período de la historia, algo así como La cultura del Renacimiento en Italia de Burckhardt o El otoño de la Edad Media de Huizinga. Ocurre que hay momentos, y este es uno, en que es difícil encontrar nuevas ediciones de esos clásicos. Afortunadamente he podido hacerme con un ejemplar de Ediciones Pegaso (?), 1975, en una biblioteca particular. No parece que sea mala edición. Al menos, no he encontrado frecuentes  erratas ni chapuzas de traducción.

La crisis de la que habla el título es la que tiene lugar en lo que el autor llama también pre-ilustración, esa fase de la edad moderna en que de verdad empiezan a ponerse las bases del racionalismo que a su vez lleva a las convulsiones políticas y sociales de los últimos siglos. Paul Hazard acota esa etapa histórica entre los años 1680 y 1715, y sus protagonistas se llaman Bayle, Leibniz, Locke, Spinoza, Pascal o Hobbes. Hazard nos va explicando con detalle el pensamiento de cada uno de ellos sin perder la visión de conjunto, de modo que la fisonomía de la época viene dada por la aportación de cada uno de ellos. Lo que más me ha sorprendido de la lectura del volumen es su estilo divulgativo, de documental televisivo:

El debate se eleva más aún. Bayle saca el argumento predilecto, el que le parece más original y más nuevo: que si los cometas fueran un presagio de desgracia, Dios habría hecho milagros para confirmar la idolatría en el mundo… Se apasiona, se inflama; llega a ser elocuente y casi lírico: ¡ah, no vayamos, en nuestra flaqueza y nuestra ignorancia, a recurrir a la idea del milagro cada vez que estamos perplejos ante la explicación de un hecho!...

Apasionado y elocuente: eso podría decirse también del estilo de Hazard, y se agradece, por supuesto.

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29 diciembre 2020

Pues estamos a punto de verlo...

 Exageramos la constancia hasta luchar ocho siglos contra los moros; exageramos la religión hasta inventar la Inquisición; un día exageraremos el socialismo y ya veremos a dónde llegamos. 

Juan Donoso Cortés, citado por Waldo de Mier en La herencia.

...y si no lo vimos hace ochenta años, fue porque alguien lo evitó. 






23 diciembre 2020

John Le Carré

 En mi temprana adolescencia, ese nombre, junto con el de Graham Greene, venía asociado a películas de complejo argumento protagonizadas por unos tipos fríos y calculadores que, en medio de los peligros, se pegaban una vidorra viajando de acá para allá entre hoteles y locales de ocio más o menos glamuroso. Es cierto que el mundo del espionaje tiene un gran poder de fascinación a esas edades. Hasta el punto de que, más tarde, cuando La chica del tambor se vendía por ahí como un best-seller, tuve la impresión de que el nombre, al comercializarse, perdía parte de su hechizo. Como si sus libros anteriores no hubieran vendido igual.

Pero un día, ojeando un folleto no sé si del Círculo de Lectores, o algo así, leo que La chica del tambor está protagonizada por una chica antisionista. Por entonces yo creía en las conspiraciones mundiales, y los sionistas tenían una parte importante en ellas, según mis lecturas… ¿diré tóxicas? de aquel momento. Y encima ilustraban la reseña con una jovencita en pose tariro tariro (que, por cierto, no responde al tipo de la protagonista de la novela). Así que no debió de pasar mucho tiempo hasta que empezase a leer La chica del tambor con auténtica veneración. Y en ella me enteré, entre otras cosas, de que el antisionismo no era solo cosa de las tendencias políticas que yo por entonces frecuentaba, sino también de los rojillos, que estaban por los palestinos y tal. La chica del tambor (todavía no sé por qué ese título) era una roja ingenua a la que los israelíes consiguen reclutar. Y resulta que los judíos y los palestinos representaban, respectivamente, el papel de los occidentales y de los rusos en otras novelas del autor, es decir, los buenos y los malos, con todos los matices que un buen escritor debe considerar, claro. Allí empecé a matizar también mis posturas.

Mis experiencias posteriores con Le Carré pasan por la serie protagonizada por Alec Guinness y, mucho más tarde, por algunas lecturas de las que he dejado constancia en este cartapacio, aparte del Espía que surgió del frío, leída antes de que me diera por escribir reseñas, y con bastante gustito. Las obras posteriores a La chica, no sé por qué, no me atraen demasiado.



20 diciembre 2020

La danza de los salmones


 La única razón que se me ocurre para que Mercedes Salisachs escribiera esto es que quisiera dar la réplica al Juan Salvador Gaviota de Richard Bach, desde una perspectiva que sería fácil llamar burguesa, pero que quizá no sea más que un elogio de la vida sencilla y familiar frente a los excesos retóricos de esas espiritualidades sincretistas, con sus frases de hoja de calendario, que a base de voluntarismo abocan a la pura vanidad. Así sucede con el salmón llamado Trueno, el que renuncia a la danza (al apareamiento) y a las costumbres inveteradas de estos peces, para vivir en una solitaria superhombría (supersalmonería, en este caso) cuyas relaciones con los demás se limitan a ser el gurú de un coro de admiradores que repiten sus mantras. El salmón Patricio cae en esa trampa hasta el punto de erigirse en el más rendido admirador de Trueno y abandonar su romance con Potámide, convertido a la utopía a cambio de volverse un tipo altivo y rarito. Pero, como en una buena fábula, acabará escarmentando.

Dije que me parece la única razón porque Salisachs ha demostrado su capacidad para crear tramas novelescas sólidas, más allá de esta fabulilla superficial, como lo es la de Bach, por supuesto, hoy sumida en el olvido aunque sus frases adornaran tantas carpetas en los 70.

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