14 octubre 2019

Durante la dictadura


Son realmente cómicos. Reeditan una novela de Tomás Salvador (bien) y te dicen en la contraportada: “…demostró que se podía hacer novela policíaca durante la dictadura”.

Pues menuda hombrada. El Viti demostró que se podía torear durante la dictadura. Valerio Lazarov demostró que se podían hacer musicales durante la dictadura. Alfonso Paso demostró que se podían hacer comedias de enredo durante la dictadura. Francisco Ibáñez demostró que se podía escribir historietas durante la dictadura. Mi padre demostró que se podía fabricar asientos para coches durante la dictadura. Y yo mismo demostré que se podía jugar a los madelman durante la dictadura.

Tendrá que ver el culo con el pulso, señor…




20 septiembre 2019

Las sombras de Quirke


Sépanlo ustedes: las generaciones futuras nos mirarán con horror por haber permitido la lacra de los niños dados en adopción a cambio de suculentas cantidades cobradas por gentes del entorno eclesiástico y conservador. Sí señor, esta es la lacra del siglo XXI, y no el que tantos de esos niños “no deseados” por las adolescentes no lleguen ni siquiera a tener la opción de nacer. Esto último no lo dice el prota de Las sombras de Quirke, pero se deduce. Los puñeteros curas, con sus sermones sobre el aborto, obligan a las niñas a parir para enriquecer a estos sujetos. Esto tampoco lo dice “Benjamin Black” a través de su Quirke, pero también se deduce. Lo que sí que dice es lo primero, con todo su cuajo, como si cada día nos desayunáramos con una noticia de adopciones ilegales y monjas secuestradoras, que de eso va el rollo.

Pero en fin, si Dante puso en el infierno a sus enemigos, qué mucho que los escribidores de novelas policiacas escojan como los villanos a sus tipos más odiados. Por lo demás, la novela, psché, una para pasar el rato en el metro. ¿Bien escrita?, pues quizá. Pero ya no tiene la gracia de la imitación de Chandler, como en La rubia de ojos negros.

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06 septiembre 2019

La ciudad de los prodigios


Onofre Bouvila tiene algo de Vito Corleone, o quizá Corleone lo tiene de Bouvila, depende de con qué figura nos hayamos topado antes, en la realidad o en la ficción. Si los Corleone de Coppola resultan estilizados, de tal modo que pensamos en los gangsters reales como forzosamente más cochambrosos, Onofre y su entorno no pierden nunca un cierto aire de peleles, como para que no perdamos tampoco la sensación de que nos hallamos ante una ficción. Este toque es muy de Mendoza (en lo poco que le conozco) y se halla tanto en los nombres como en las situaciones. Tal vez sea este toque lo que le otorga su sitio en el Olimpo narrativo español.

La protagonista, junto con Onofre, es, en efecto, la ciudad. Otra cuestión es que esa ciudad sea realmente Barcelona, como la cuestión es si Vetusta era en verdad Oviedo. Porque tengo la seguridad de que en la Barcelona real hay, al menos, algunas personas capaces de actos de virtud…
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26 julio 2019

El don de la fiebre


Este Mario Cuenca Sandoval es un descubrimiento. Ahora mismo no recuerdo si este don de la fiebre es su primera novela pero, en todo caso, si continúa a esa altura, estamos ante lo que se llama un valor seguro*. Es la memoria ficticia de Olivier Messiaen, uno de los compositores contemporáneos de mayor reputación, desde un presente en que el personaje se encuentra hospitalizado en fase terminal. El autor centra las memorias en el campo de concentración donde fue internado durante la guerra mundial, escenario cuyo horror él y varios compañeros trataron de atemperar mediante la música. Su fe cristiana angustiada, muy a lo francés, y su capacidad de sinestesia, es decir, de asociar colores y sonidos, son motivos permanentes en la narración, por supuesto, morosa y psicológica, llevada con el acreditado procedimiento Ciudadano Kane, de flashbacks aparentemente caóticos que nos llevan ahora a la infancia ahora a la madurez triunfante, pero predominando, como digo, ese momento crucial del internamiento en el que lo mejor y lo peor del ser humano se dieron cita. En sus últimos momentos, el anciano entubado vuelve a ser el niño que pedía a Dios saber leer los sonidos, a punto de contemplar el sentido de todo.

*Ojeando luego por Amazon me encuentro otro título suyo con una portada completamente disuasoria. En todo caso, permaneceremos atentos a su trayectoria.


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23 julio 2019

La vida de Santa Teresa de Jesús


Marcelle Auclair fue una hispanista bien relacionada con las personalidades de la cultura española de la primera mitad del XX, como Ignacio Sánchez Mejías, por ejemplo. Entre las cosas que hay que agradecerle de esta biografía está el que quite importancia al hecho de que Teresa tuviera sangre judía, algo tan explotado por el americocastrismo. “El mismo rey Fernando el Católico tenía sangre judía por parte de su madre... Las uniones entre cristianos y judíos no escandalizaban en los siglos XIV y XV”. Lo que permitió a muchos judíos ostentar títulos de nobleza. En cuanto a la afición de Teresa a los libros de caballerías, donde menudeaban también las aventuras amorosas, me alegra que la autora constate que “...en aquella época no se hacía un misterio del modo de perpetuar la especie, y para aquellos robustos cristianos no eran los de la carne los pecados más graves”. La hija de Alonso de Cepeda no era una tipa rara, sino una joven físicamente atractiva y con una recia personalidad, que “no hubiese consentido ser señalada con el dedo [por acceder a tonteos con cualquier galán] ni desposada por obligación”.

Hay cosas que no cambian: “El que se había comprometido por contrato a entregar anualmente varias fanegas de trigo a los pobres se resistía a entregar a Dios su hija preferida...”. Sin embargo, lo que temía Teresa a la hora de tomar su decisión irrevocable era “a mí y a mi flaqueza”. Que no se impusieron sobre la gracia, por fortuna. De hecho, su carácter recio le sirvió para exigir igual reciedumbre a sus monjas: vamos, que no podía apalancar con churros. “Aquellas esposas de Cristo debían tener por lo menos las cualidades que los hombres piden para las suyas”. Tuvieron más, como el amor a la pobreza (hasta el punto de echarla de menos cuando tenían de todo) y el buen humor: “A una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios”. Por eso aconsejaba reírse de los que las calumniaban y “dejarlos decir”.

Por su parte, decía que solo la habían calumniado tres veces: en su mocedad, cuando la llamaban hermosa; más tarde, cuando decían que era lista, y, la que le resultaba más insufrible, cuando le decían que era buena. Hoy la calumnia viene de los libros de texto, donde suelen presentarla como una mujer liberada que fue perseguida por obrar por libre en un mundo de hombres, como si actuase por cuenta propia. La realidad es que “... solo era capaz de amar y de actuar para el Señor, porque el administrador que obra por cuenta de un dueño todopoderoso no tiene en cuenta su propio interés: actúa sin nerviosismo ni codicia, castiga sin odio... compra como si no poseyese y usa las cosas sin apegarse a ellas; por eso tiene sosiego”.


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08 julio 2019

Bárbara injusticia


[Luis Buñuel, tras reconocer que no le gusta Eugenio d´Ors]

Y es de los pocos españoles, de los poquísimos –con esa enorme, bárbara injusticia con la que el mundo, después de la victoria protestante, ha ignorado a España– que traspuso las fronteras y del que ¡todavía! se leen y traducen libros.*

Max Aub, Luis Buñuel, novela, p. 102


Vaya, ya se ve que no son solo ocurrencias de Elvira Roca Barea...


03 julio 2019

Es preciso amar a los semejantes


para tener el derecho de decirles, duramente si es necesario, las verdades que les salvarán.*

Es decir, una apologética que no provenga del amor al prójimo se dirige únicamente a la propia gloria, y no se diferencia de lo que Pierre de Boisdeffre reprocha en Montherlant, “una moral construida únicamente para la glorificación del individuo”. Pero, a la vez, se deduce que el amor al semejante lleva a afirmar esas verdades con toda la “dureza” necesaria, como hace un buen padre o un buen hermano. Reírles las gracias es, por contra, propio del simple amigote o del cómplice.

*En Pierre de Boisdeffre, Metamorfosis de la literatura, II, “Montherlant en cuarentena”