20 octubre 2010

Trabas, convenciones...


Leo la interpretación de La Celestina por Guillermo Díaz-Plaja:

... la España teológica de la Edad Media se cierra con un canto al amor carnal, sin escrúpulos ni fronteras... El mensaje tremendo, revolucionario, está en el hecho mismo, con toda su fuerza genesíaca y paganizante, del amor conseguido por encima de trabas y convenciones...

No me resulta nuevo, y sé que se sigue enseñando así. Lo que me pregunto es de dónde lo han sacado.

¿Trabas? ¿Quién se las pone? ¿Los padres, que no se enteran? ¿La Iglesia, que ni está ni se la espera? Y no vale decir que se sobreentienden, como el valor en la mili. Si son parte del tema, esas trabas han de estar expresas y tener un papel de primer orden en la trama.

¿Convenciones? Las únicas que aparecen en la obra son las del amor cortés, y lo hacen como cobertura hipócrita de la lujuria en boca de los amantes. Por otro lado, de unos héroes del amor libre se esperaría algo de gallardía y de independencia de espíritu... En cambio, Calisto es un triste obseso de quien sus propios criados hacen chacota. Melibea actúa conscientemente, pero inducida por una Celestina que sólo busca una victoria personal y una recompensa material... Una Celestina, por cierto, cuyo mundo dista de ser ejemplo de nada.

La Celestina es un laberinto de pasiones que abocan a la muerte violenta. Su autor no necesitaba disimular nada porque en primer lugar no tenía necesidad de escribir la obra, y si lo hizo fue con la intención que dice en el prólogo. Pocas veces se verá tal correspondencia entre intenciones y resultado. La licencia de costumbres del fines del XV no es aquí cantada, sino criticada de la manera más feroz.

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