31 octubre 2006

El mar de las Sirtes


Es difícil enterarse, al menos en una primera lectura (y, sintiéndolo mucho, creo que no habrá segunda), de cuál ha sido la epopeya, el drama interior de nuestro oficial, y tampoco el del país (o el mundo) al que pertenece, esa ficticia Orsenna, ya que ambos, hombre y país, parecen los protagonistas de la novela. Con estos narradores de “línea oscura” se podría discutir durante horas enteras el sentido de cada párrafo, de cada frase.

El caso es que nuestro hombre parte de modo voluntario hacia un destino situado en los confines de la polis, un lugar más bien inhóspito donde es posible replantearse muchas cosas e incluso empezar a virar el rumbo colectivo. Allí se encuentra frente al enemigo, pues Orsenna se halla en guerra, bien que largo tiempo apagada, contra Farghestán. Este contacto con el límite parece, en efecto, cambiar algo en Aldo (que así se llama), que empieza a actuar de modo irregular y llega a hacer chirriar su relación de amistad con Marino, su superior.

Lo que percibe el lector, a través de la escritura de Julien Gracq (¿este sí escribe, Marguerite Duras? Sartre, “il n´écrit pas”, decía la dama; él da doctrina), es una espantosa inercia en la república, que su poder establecido no hace sino mantener y prolongar y que Aldo va a romper. Las brumas en que esta ruptura y aquella inercia quedan sumidas por obra de Gracq hacen recordar, como inteligentemente ha captado el diseñador de la cubierta, un cuadro de Chirico.

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