
Los griegos antiguos titulaban sus tragedias con el nombre de sus protagonistas, así que Eliot podría haber titulado ésta Beckett, como la película protagonizada por Burton y O´Toole, en lugar de ponerle este título tan policíaco. Pues, en efecto, la obra tiene forma de tragedia, con sus coros y todo ("clásico en literatura", se definía Eliot). Y, bien mirado, con cada vida de un mártir se podría hacer una tragedia. ¿No era la catarsis, o purificación del espectador, lo que buscaban los trágicos? Pues nada mejor para ello que la representación de una muerte, no en aras ya del destino, sino de la Vida y de la Verdad encarnadas. Los poderosos de la tierra hacen aquí el papel de los viejos dioses, y el héroe muere desafiándolos, pero sabiendo muy bien, al contrario que Antígona, lo que se va a encontrar después (bien, el ejemplo no es totalmente adecuado, pues justamente Antígona se enfrenta también a los poderosos de la tierra y no a los dioses). Pero además hay otro antagonista, el demonio (aquí en la figura de los cuatro tentadores), el que "puede matar el alma", que aporta a la tragedia una dimensión insospechada.
Nota redactada en octubre del 2009
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