-No seas tonto. Me prometiste no ser impertinente, curioso
ni pesado...
-Eso es lo mismo que prometer no amar...
(En La corte de Carlos IV, de Benito Pérez Galdós)
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Novalis no era de
este mundo, y lo más parecido a una novela escrita por un ser celeste es Enrique de Ofterdingen. A su lado, Bécquer parece sencillamente un buen
prosista empeñado en lograr algo parecido. El mundo en Novalis aparece transfigurado: qué bueno es estar aquí, dices a
medida que lees, y lo más gordo es que, en un momento dado, se permite una
digresión, la historia de Eros y Fábula, que es aún más fascinante que el
resto.
Será involuntario, pero este es uno de los peores libros en
que uno pueda pensar como propaganda de los hombres que hicieron la Segunda
República. Todos se muestran patéticamente afanados en "aver juntamiento
con fembra placentera" y, en tanto lo consiguen, se entretienen con
conspiraciones que, como bien sabemos, no cuajaron hasta que el rey y sus
partidarios les entregaron el mando, comidos por no se sabe qué complejos.
Una de Arniches:
don Antonio y su hija Leonor malviven sin un empleo digno, cuando un amigo
vivales le ofrece a él uno de inspector
de una casa de juegos, un casino, vaya. El tal inspector tiene que exhibir
artes de matón que no le van a don Antonio ni en sueños; pero puede más la
desesperación y acepta. “El valor es una cosa que la tiene todo el mundo cuando
le hace falta. ¿Qué valor puede tener un pobre muchacho que está de sacristán
en unas monjas? Pues un día le llega su servicio, le visten de soldado, y hala,
a donde le manden… Pues eso me ocurre a mí”. Esta es la moraleja secundaria de
la obra (Arniches era proclive a las moralejas, porque lo era su público). La
principal es que el auténtico valor no es el de los matones, sino el de los
hombres como don Antonio, que bregan día a día por mantener a su familia. La
cosa es que don Antonio acaba creyéndose su papel y se arrima a una tipa de más
que dudosa reputación con la que dilapida el ciertamente jugoso sueldo que le
paga el admirado dueño del local. Pero acaba entrando en razón, claro.
Mi primera experiencia con Rosa Chacel fue
deslumbrante. Había novelista en Valladolid, y la había antes y quizá mejor que
Miguel Delibes. En todo caso, estaba en otra línea, una línea que
entonces yo no sabía que emparentaba con Virginia Woolf y quizá con Proust,
pero ahora que lo sé tampoco me importa admitir que me gusta mucho más Rosa
Chacel que ese par de pelmazos.