Este primer tomo abarca hasta el comienzo de la Primera
guerra mundial. Al hilo
de su vida, Cansinos
nos presenta una serie de personajes de la bohemia madrileña (poetas,
periodistas, editores) a cuál más frívolo y petulante. Tan sólo los grandes (Juan Ramón, los Machado), retratados con respeto, nos libran de ver en aquel
ambiente una charca de vanidades. No sé si el autor había leído mucho a Clarín, pero es quien se me viene a la
mente al leer estos retratos inmisericordes. No es extraño que todos ellos
hayan caído en el más justo de los olvidos. Cansinos es, en efecto, un gran retratista, y su narración es, sí,
amena e incluso divertida. Probablemente le faltaron temas que llevarse a la pluma,
pues (al menos en la prosa) parece que no supo salir de la crónica del mundillo
en el que no tuvo más remedio que moverse si quería ser lo que nos dice en el
título.
En esta novela de un
literato vemos de primera mano el surgimiento del modernismo literario y su
enfrentamiento con la incomprensión de los viejos, que no eran carcas desde el
punto de vista político, sino republicanos y masones, como los redactores de El motín, donde hace Cansinos sus primeras armas. Pero esta incomprensión
no los arredraba sino que recogían con gusto esa bandera de rebeldía que se les
ofrecía. Nuestro autor hubiera querido vivir de la pluma pero al final no tuvo
más remedio que acogerse al periodismo, y es en la redacción de La correspondencia española (“La Corres”)
donde transcurren la mayor parte de las peripecias de la novela, junto al salón
de Colombine (Carmen de Burgos), sede de la frivolidad intelectualoide de Madrid,
y otros lugares de dudoso vivir por donde Cansinos
pasea su mirada crítica, mostrándose (para eso es el autor) como lo más sensato
que pasaba por allí.
__