Como sabe todo tolkieniano, el autor de
El señor de los anillos no quiso que su obra se leyera como una
alegoría.
Diego Blanco Albarova acepta
el envite y nos propone nada menos que “desvelar la parábola” latente en la
obra: una interpretación en clave cristiana por supuesto, porque eso sí que lo
dijo
Tolkien, que se trataba de una
obra religiosa y católica. La empresa de Frodo y sus socios sería una paráfrasis
de la vida del cristiano, de la lucha por la santidad y contra el pecado. Frodo
no es un héroe, sino un mortal común a quien en un momento dado se le
encomienda una misión que, desde luego, supera ampliamente sus capacidades y
sus disposiciones. Todo saldrá bien, sin embargo, mientras sea dócil a
Jesucristo (
Aragorn) y al Papa
(
Gandalf). La custodia del anillo no supone sino mantener a raya el
fomes peccati (
Blanco no utiliza esta expresión, pero se deduce) hasta hacerlo
morir llegado el momento, dejando con un palmo de narices al enemigo (
Sauron) y
a sus secuaces (
Saruman,
jinetes negros,
orcos...). Y así,
Blanco hace partícipes de su interpretación alegórica a los
principales personajes y elementos de la obra (
Gimli, los judíos;
elfos, la
vieja cristiandad;
Galadriel,
María;
Tom Bombadil, el monje...). Todo sorprende a los que no somos muy devotos de la
saga, y en particular me encantó (ya no recordaba bien el final) el modo de
acabar con el anillo: no merced a los esfuerzos de Frodo, pues en el momento
culminante el
hobbit está a punto de
sucumbir, sino a través de un fallo de otro ente hostil como es
Gollum; lo
cual, aparte de darle a la historia una emoción muy hollywoodiana, muestra a la
providencia divina actuando a través del mal, convirtiéndolo en bien y cortando
de raíz todo posible engreimiento del héroe (o del santo).
El libro sirve, también, para recordar los episodios
principales de una historia que algunos leímos a marchas forzadas, como la
propia comunidad del anillo.
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