17 julio 2026

Un camino inesperado

Como sabe todo tolkieniano, el autor de El señor de los anillos no quiso que su obra se leyera como una alegoría. Diego Blanco Albarova acepta el envite y nos propone nada menos que “desvelar la parábola” latente en la obra: una interpretación en clave cristiana por supuesto, porque eso sí que lo dijo Tolkien, que se trataba de una obra religiosa y católica. La empresa de Frodo y sus socios sería una paráfrasis de la vida del cristiano, de la lucha por la santidad y contra el pecado. Frodo no es un héroe, sino un mortal común a quien en un momento dado se le encomienda una misión que, desde luego, supera ampliamente sus capacidades y sus disposiciones. Todo saldrá bien, sin embargo, mientras sea dócil a Jesucristo (Aragorn) y al Papa (Gandalf). La custodia del anillo no supone sino mantener a raya el fomes peccati (Blanco no utiliza esta expresión, pero se deduce) hasta hacerlo morir llegado el momento, dejando con un palmo de narices al enemigo (Sauron) y a sus secuaces (Saruman, jinetes negros, orcos...). Y así, Blanco hace partícipes de su interpretación alegórica a los principales personajes y elementos de la obra (Gimli, los judíos; elfos, la vieja cristiandad; Galadriel, María; Tom Bombadil, el monje...). Todo sorprende a los que no somos muy devotos de la saga, y en particular me encantó (ya no recordaba bien el final) el modo de acabar con el anillo: no merced a los esfuerzos de Frodo, pues en el momento culminante el hobbit está a punto de sucumbir, sino a través de un fallo de otro ente hostil como es Gollum; lo cual, aparte de darle a la historia una emoción muy hollywoodiana, muestra a la providencia divina actuando a través del mal, convirtiéndolo en bien y cortando de raíz todo posible engreimiento del héroe (o del santo).

El libro sirve, también, para recordar los episodios principales de una historia que algunos leímos a marchas forzadas, como la propia comunidad del anillo.

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