Uno llega a la conclusión de que la lectura es como el alimento, necesario aunque dosificado con arreglo a la edad, cosa obvia pero no siempre mostrada con tanta sutileza; e inevitablemente piensas en quien se niega a leer como en un malogrado o un raquítico. Pero también te asalta la duda sobre si tus propias lecturas, aunque abundantes, han sido tan bien aprovechadas como sugiere el autor del discurso que deberían haberlo sido.
Leyendo a Mora Fandos me satisface pensar que no perdí el tiempo con mi afición a los tebeos, de chico (ya lo sospechaba, todo hay que decirlo, sobre todo habiendo ido de la mano de un guionista tan culto como Víctor Mora), aunque tal vez retardé demasiado el momento de sustituirlos. También me reafirmo en que hago bien al considerar el libro como parte indispensable del contenido de la maleta, vaya a donde vaya. Y olvido por un rato la nostalgia de una existencia de soldado, deportista o reportero.
__