Es una de las facultades singulares e intransferibles de la religión cristiana, poder guiar y consolar a quienquiera, en cualquier coyuntura, cualesquiera que sean los términos en que se acuda a ella. Si para lo pasado hay remedio, esta lo prescribe, lo suministra, da luz y fortaleza para ponerlo en obra, cueste lo que cueste; si no lo hay, procura el modo de hacer real y efectivamente, como dice el proverbio, de necesidad virtud. Enseña a proseguir voluntariamente lo que se ha emprendido por ligereza; inclina el ánimo a abrazar con buena disposición lo que se ha impuesto con la violencia, y da a una elección que fue temeraria, pero que es irrevocable, toda la santidad, toda la sabiduría, digámoslo francamente, todos los goces de la vocación. Es un camino tal que, fuera cual fuese el laberinto, el precipicio, desde los que el hombre llega hasta él, y en él da un paso, puede, a partir de entonces, caminar con seguridad y de buena gana, y llegar felizmente a un lugar feliz. Por este medio, Gertrude habría podido ser una monja sana y dichosa, sin importar cómo había llegado a serlo. Pero la infeliz se debatía en cambio bajo el yugo, y así sentía con más fuerza su peso y sus sacudidas. Una nostalgia incesante de la libertad perdida, el aborrecimiento de su estado presente, un vagar fatigoso tras deseos que nunca serían satisfechos, tales eran las principales ocupaciones de su ánimo. Rumiaba aquel amargo pasado, reconstruía en su memoria todas las circunstancias por las que se encontraba allí, y deshacía mil veces inútilmente con el pensamiento lo que había hecho con las obras; se acusaba a sí misma de cortedad, y a otros de tiranía y perfidia; y se reconcomía. Idolatraba y a la vez lloraba su belleza, deploraba una juventud destinada a consumirse en un lento martirio, y envidiaba, en ciertos momentos, a cualquier mujer, de cualquier condición, con cualquier conciencia, que pudiese libremente disfrutar en el mundo de aquellos dones.
Alessandro Manzoni, Los novios, capítulo X
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05 noviembre 2010
28 enero 2012
Espíritu gregario

Se refiere Claudio Magris a una parodia de Los novios, de Manzoni.
Muy a menudo la desacralización es un conformismo enmascarado, porque se dirige no ya a valores dominantes y temidos cuyo rechazo comporta un alto precio que pagar, sino a valores que, por lo menos en la sociedad cultural en la que vive el autor y de la que deriva su sustento y su éxito, ya han sido socavados y constituyen objeto de escarnio.
[...] Un escritor auténticamente libertario -y rebelde a los ídolos del mundo hasta su propia autodestrucción- como fue Joseph Roth proclamó en distintas ocasiones la difícil y creativa originalidad inherente a la fidelidad a una ley vivida y hecha propia con todo el ser de una persona y el desprecio por el espíritu gregario, tan a menudo inherente a la transgresión realizada sin querer pagar las consecuencias y además dándoselas de mártir cuando provoca alguna crítica, como quien tira la basura a la calle y se indigna, sintiéndose perseguido y por lo tanto gratificado, si un guardia urbano le impone una multa.
"Parodia y nostalgia", en Utopía y desencanto
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12 noviembre 2010
Más Manzoni

La desventurada intentó todos los caminos paa eximirse del horrible mandato [de entregar a Lucía, a quien tenía en custodia]; todos, salvo el único que era seguro, y que tenía siempre abierto ante ella. El delito es un amo rígido e inflexible, contra el que sólo se hace fuerte quien se rebela por entero. A esto Gertrude no quería resolverse, y obedeció.
Los novios, claro.
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09 noviembre 2010
Dos observaciones de Manzoni sobre la pasión

En el mismo párrafo de Los noviosLos novios se refiere a:
...esa funesta docilidad de los ánimos apasionados ante el afirmar apasionado de muchos...
y a
...esa cosa demasiado frecuente en el bien, que sus partidarios más ardientes resultan un impedimento [lo cual, dice, gracias al cielo, también sucede a veces en el mal]
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04 noviembre 2010
La cara

Su aspecto, que podría aparentar veinticinco años, producía a primera vista una impresión de belleza abatida, ajada y, casi diría, descompuesta. Un velo negro, suspendido y extendido horizontalmente sobre la cabeza, caía a ambos lados, un tanto separado de la cara; bajo el velo, una blanquísima venda de lino ceñía, hasta la mitad, una frente de distinta, pero no menor blancura; otra venda plisada rodeaba su rostro, y terminaba bajo la barbilla en un cuello que se extendía algún tanto sobre el pecho cubriendo el escote de un hábito negro. Pero aquella frente se fruncía a menudo, como por una contracción dolorosa; y entonces dos cejas negras se aproximaban, con un rápido movimiento. Los ojos, muy negros también, se clavaban a veces en el rostro de las personas, con inquisitiva soberbia; a veces se bajaban apresuradamente, como buscando un escondite; en ciertos momentos, un observador atento habría argüido que pedían afecto, comprensión, piedad; otras veces habría creído sorprender en ellos la revelación instantánea de un odio inveterado y reprimido, un no sé qué de amenazador y feroz: cuando se quedaban inmóviles y fijos en el vacío, algunos habrían imaginado una displicencia orgullosa, otros habrían podido sospechar la pesadumbre de un pensamiento oculto, de una preocupación familiar al espíritu, y más fuerte en él que los objetos circundantes. Las mejillas palidísimas descendían con un contorno delicado y gracioso, pero alterado y desdibujado por una lenta extenuación. Los labios, aunque apenas coloreados por un rosa desvaído, resaltaban, sin embargo, en aquella palidez. Sus movimientos eran, como los de los ojos, repentinos y vivos, llenos de expresión y de misterio. Las proporciones bien formadas de su alta figura desaparecían en cierto abandono de su porte, o aparecían desfiguradas en ciertos ademanes repentinos, irregulares o demasiado resueltos para una mujer, cuanto más para una monja. Incluso en el vestir había aquí y allá algo estudiado o descuidado, que anunciaba una monja singular: el talle estaba ceñido con cierto esmero mundano, y de la venda sobresalía cayendo sobre una sien un mechoncito de pelo negro; cosa que demostraba olvido o desprecio de la regla que prescribía llevarlo siempre rapado, desde que había sido cortado en la ceremonia solemne de la toma de hábito.
Alessandro Manzoni, Los novios, capítulo IX
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18 noviembre 2006
Los novios
Los novios deja traslucir, por debajo de su estilo no tan arcaicamente romántico como cabría esperar, una personalidad enormemente madura en lo religioso, lo que no deja de suponer un ingrediente grato en la lectura de una buena novela. Los lectores de hoy somos impacientes, y las setecientas páginas de apretado texto nos hacen suspirar por el final, pero no por cansancio, ciertamente, sino por interés en la peripecia de Renzo y Lucía, que es más espiritual que novelesca. Es grato, decía, oír reconocer a un novelista contemporáneo (el siglo XIX es contemporáneo) que no habría simulación de santidad si no existiese la santidad misma: "estas demostraciones [de devoción, de piedad]... la hipocresía no necesita mayor esfuerzo para hacerlas, que la bufonería para ridiculizarlas... Pero, ¿acaso dejan por eso de ser la expresión natural de un sentimiento virtuoso y sabio?"
Una de las mayores lecciones que se pueden extraer de la lectura de esta novela es que las edades anteriores a los Derechos Humanos fueron ciertamente bárbaras: lo que nos relata Manzoni sobre las condenas de brujas o la represión de los supuestos causantes de la peste espeluzna; pero que en ellas existieron los gérmenes de santidad que hicieron posibles los ulteriores progresos en humanidad. Es el cardenal Borromeo, uno de los santos de la novela, quien sufraga la dote de una joven a la que su padre quería meter monja, contra su voluntad, por no tener fortuna. Y es el que se enfrenta valientemente con su propia conciencia, como el innominado, quien es capaz del mayor bien.
Una de las mayores lecciones que se pueden extraer de la lectura de esta novela es que las edades anteriores a los Derechos Humanos fueron ciertamente bárbaras: lo que nos relata Manzoni sobre las condenas de brujas o la represión de los supuestos causantes de la peste espeluzna; pero que en ellas existieron los gérmenes de santidad que hicieron posibles los ulteriores progresos en humanidad. Es el cardenal Borromeo, uno de los santos de la novela, quien sufraga la dote de una joven a la que su padre quería meter monja, contra su voluntad, por no tener fortuna. Y es el que se enfrenta valientemente con su propia conciencia, como el innominado, quien es capaz del mayor bien.
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