De la abundante correspondencia que mantuvieron
Carmen Laforet y
Ramón J. Sender tenemos aquí más muestras de lo escrito por el
segundo que por la primera. Es un caso raro de amistad por correspondencia:
surgió cuando
Sender escribió a doña
Carmen para felicitarla por
Nada, y el intercambio epistolar no se
detuvo hasta prácticamente el final de la vida de don
Ramón. Para este llegó a tratarse de un auténtico amor platónico,
como lo apreciamos por el tono de sus misivas. Pero en ella había también un
real aprecio personal y literario. Puede haber mucho de cumplido en los elogios
que ambos se tributan, pero estos llegan hasta el punto de estimarse mutuamente
como el mejor novelista español vivo.
Sender
no hace sino aguijar a la autora de
Nada
para que escriba, pues ya sabemos lo difícil que le resultaba a ella culminar
cada obra, mientras que don
Ramón
era toda una factoría de novelas.
Carmen
Laforet llegó a escribirle el prólogo a una (la
Aventura equinoccial…)
De la literatura de otros apenas hablan, y eso es de lo más
frustrante que tiene este libro. Surgen otros temas: Sender trata en varias ocasiones de hacer que ella se declare
políticamente, y ella no deja de insistir en que política, cero. Él aprecia la
fe religiosa de su corresponsal y él, como con cierto complejo, se dice
“religioso a su manera” (esta contradicción no debía de estar entonces tan
vulgarizada, de otro modo dudo que un tipo como él la hubiera utilizado). La
añoranza de España, por otro lado, se hacía en él cada vez más apremiante, y en
contraste no dejan de resultar molestas las apreciaciones negativas de ella
hacia su propio país. En fin, “y si habla mal de España…”
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