lo bastante intensamente como para que su propia experiencia se convierta en un apasionante libro de aventuras, y eso es Anaconda, la obra que me sugiere el presente comentario. El título alude al mote con que algunos de sus amigos designaban al autor, y que es de por sí suficientemente expresivo. A media lectura, no pude evitar que me viniera a la cabeza otra figura similar del panorama literario actual, Arturo Pérez-Reverte. Periodistas aventureros ambos, y convertidos después en novelistas. Hay en ellos el mismo entusiasmo por lo inhóspito y por la búsqueda de emociones fuertes. Hay también esa mezcla de repulsión y de complacencia al dar cuenta de las brutaliddes, los horrores, las condiciones adversas de vida que les ha sido dado contemplar, de cerca o de lejos. El mejor contador de historias es, sí, quien antes ha sido vividor de historias. El nombre de Jack London acude inmediatamente, pero ¿no están ahí también Jünger, D´Annunzio, Saint-Exupéry? Steinbeck o Dickens no fueron intelectuales, sino luchadores por la vida. La existencia de un detective quizá no sea tan apasionante como en las novelas, pero le convirtió a Hammett en el excelente escritor que fue. Las figuras de Jorge Manrique y Garcilaso están ahí y nos hacen ociosa la mención de Byron o Rimbaud. Pero, ¿para qué seguir añadiendo nombres, existiendo Cervantes? lo mejor de don Miguel no procede de sus lecturas, sino del contacto directo con la realidad. Pensemos en la distancia que separa a la Galatea o a sus convencionales poemillas clasicistas, hechos todos de letras puras, de las páginas cruciales del Quijote o del Coloquio de los perros, donde laten ilusiones y desengaños. __