Enésima novela hispanoamericana sobre un gobierno corrupto
(de verdad, ¿para esto se independizaron?). La hace original la técnica
narrativa, solo aparentemente compleja, ya que pronto te haces con ella e
identificas a los interlocutores y los cambios bruscos de tiempo y espacio, que
es lo que más desorienta al principio. Es como una de esas películas actuales
de intriga, que cambian vertiginosamente de escenario y de personajes. Solo que
aquí me pregunto si todo eso tiene algún sentido. Otra cosa que la diferencia
de, por ejemplo,
Yo, el supremo o
El señor presidente es que el jefe
supremo no aparece nunca, sino solo su entorno, que se prolonga hasta lo ínfimo
de la escala social. Un favorito, un colaborador puesto en entredicho, el hijo
de éste, atraído al principio por los partidos de oposición; periodistas,
chóferes, rameras, matones. Según el autor, trataba de hacer ver los efectos
perniciosos de la dictadura hasta en los ambientes alejados de lo político.
Pero no convence: una dictadura de ocho años es incapaz de producir, por sí
sola, semejante caterva de degenerados. Si el Perú de la época era así, habría
que buscar causas más de fondo. Pero no creo que lo fuera ni que lo sea hoy.
Vargas parece complacerse, como es su costumbre, en su mirada sucia, en dirigir
el reflector a la jeripundia.
Y, ya que empleo este localismo, hay que decir que son los
localismos, quizá, lo que hace más atractiva la novela, y en eso salen
perdiendo los peruanos, para quienes no es novedad.
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