
Los realistas aparecen aquí como bárbaros, con las connotaciones negativas de esta palabra pero también con las positivas, ya que en el bárbaro subsiste un sentido del bien y del mal mezclado con todas las impurezas que se quiera, y que incluye una muy acendrada idea de la justicia, aplicada con un rigor que hoy nos eriza el pelo. Es lo que sucede con una de las grandes figuras de esta novela, el marqués de Lantenac, capaz de heroísmos y de crueldades, siempre firme en sus creencias, frente a la mayor inseguridad de los revolucionarios, que dista de ser aquí un defecto, claro. No desdeña Víctor Hugo el toque comercial, por así decir, que es como yo veo el personaje del sargento Radoub, una especie de gracioso de Lope.
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