“...mira, Leónides, y no creas que mi hermana es más lista; es más listo su marido... y hay aguas y aguas, Leónides, que yo solamente las veré ya en el río. Y no porque mi hermana sea más lista; es más listo su marido... ya ves, cómo son las cosas. Siempre se decía que yo andaba más rápida a hacer las cosas que mi hermana, pero no esta vez: y es que es más listo su marido... Y no te vayas a dormir para abrir, en la mañana, la tienda. Tampoco te duermas para cerrarla, que tú pareces el revés de un reloj. Naciste en calma y eso no te ha perjudicado solamente a ti, que también a mí. Ya ves, calma o falta de los jugos necesarios para hacer un hijo. Y mi hermana que parecía que hasta no sabía cómo comportarse con un marido, va y se embaraza; yo no sabía mucho pero sí más que ella, que fui yo la que le tuve que decir: `hija, hermana, mujer, que te casas mañana (porque el día que se lo dije era la víspera) y no sabes ni si es legal que él se apropie de tu íntimo´... Supongo que te vas a arreglar mal y eso que te dejo hasta el pan comprado, la cama hecha, la casa ventilada, la ropa planchada, y mires lo que mires, hecho. Que yo cumplo contigo y tú, bueno, no quiero volver a tal falta. Que mi hermana era de las que dudaban en casarse, porque decía que se le antojaba revoltijo lo que tenía que hacer con un hombre (ella era virgen, como yo, no te creas), que era acción que le daba miedo. Y yo le dije: `hija, hermana, mujer, por un hijo, las molestias que sean´. No creas, ella no tenía esta devoción que yo tengo por un hijo, y ya ves..., injusticia. Que ella lo tiene y yo... ¿Qué hora es? Que hablo y hablo, y para lo que voy a arreglar..., me da igual ser muda. Te queda un pollo asado y el pan reciente, y la cama hecha, y la casa ventilada y la ropa planchada. Cuando nazca el niño de mi hermana, ¿a que no sabes qué estaré pensando? A poco listo que fueras, lo sabrías. Pero ni ganas tienes de ser listo conmigo, que parece que te desmejoras y que te paro yo, cuando lo único que quiero es que andes... De novio me dijiste: `Laurita –aunque opinabas que Laura era más elegante–, que yo tengo las fuerzas –y los dos sabíamos a lo que te referías– bien puestas... Y me hablabas de la Biblia, de los pájaros libres y de los enjaulados. Y yo solté los míos, por ti. Y tampoco aquello parecía después necesario. Y cuando hablabas de la Biblia..., Dios, cuánto sabías. Hasta que entendí que lo sabías todo menos la creación, o sea cómo crear un hijo... Y que esto ya es materia vieja, pero que no se me pasa. Y yo, con estas ganas, cómo voy a ser estéril; imposible. Podías meditar, mientras estoy fuera estos dos días, qué te falta para cumplir con el mandato de cualquier matrimonio: creced y multiplicaos, hijo, Leónides, que es un dogma para nosotros desierto. Que no crees en los dogmas, dices a veces. También dices que eras un mentiroso ya de niño. Y un niño mentiroso hace un hombre mentiroso. Mentiroso, pero no seco. Y, ¿qué hora es? Menos mal que yo ya calculo las horas con muchos minutos de más, así llego a todas partes. Y que lo de mi hermana me ha soltado la lengua, ¿no llevo tiempo hablando? Todo es poco. Aquí está mi barriga plana, ¿has visto barriga más plana? Es una triste barriga... Y no te duermas para abrir. Y tampoco para cerrar... Ya ves que te dejo poco tiempo. Podía irme una semana, no sería injusticia. Ya ves cómo vuelvo de rápido a mi puesto. Que sé mi deber. Ya podías tú saber, así de bien, el tuyo. Ah, y casi se me olvida. Que nadie, digo nadie, ni niños ni mayores, suban a la casa, pues, aunque está limpia y ventilada, resulta que no me da la gana. Es, ¿cómo te diría yo?, como si se asomaran a mis interiores... ¡y es que la casa es mucho para mí! Nadie tiene que subir... Y no por limpia y ventilada... ¡Hijo! ¡Me entretienes! ¡Si supieras tus deberes, no tendría que explicarme yo tanto! Sobre mal, mal. O sobre mal, peor. Te dejo ya, ¿quieres algo antes de que desaparezca por esa puerta?
En Elena Santiago, Amor quieto.

