El azar me ha llevado a leer, uno detrás de otro, un libro
que defiende la existencia de la verdad y otro que hace lo propio con el bien.
David Cerdá reivindica la moral como
ciencia, lo que implica que es capaz de llegar a conclusiones ciertas y válidas
universalmente, contra la difundida creencia acerca de lo contrario. Y, a la
vez, defiende la identidad entre ética y moral, contra quienes piensan que
aquella se refiere a lo que es válido para todos y en todo momento, mientras
que ésta tiene como objeto lo que es válido solo para una comunidad humana
determinada: la ética sería, pues, universal, y la moral relativa.
“Cualquier otra ciencia es perjudicial para quien carece de
la ciencia de la bondad”, asegura Montaigne
en cita que encabeza el volumen. Como ciencia, la moral es capaz de progresar,
pero al hombre de cada tiempo le compete asumir ese progreso o por el contrario
rechazarlo y refugiarse en posturas que suponen un subdesarrollo, como son el
amoralismo, el nihilismo y el subjetivismo, que el autor desarrolla en uno de
sus capítulos. Dedica también un espacio interesante a desmontar la importancia
concedida a los “valores”, concepto vaporoso del que con frecuencia se echa
mano para evitar hablar del bien.
__