“El Señor no nos pide no tener enemigos, sino amarlos”, dice el cardenal Sarah. San Josemaría, sin embargo, nos exhortaba a tener sólo amigos, “de la izquierda y de la derecha”; se refería, claro, a no tener enemigos personales. En ese sentido, amar a los enemigos es lo mismo que no tenerlos. Sarah se refiere a los que son enemigos nuestros por serlo de la Iglesia: esos no podemos ignorarlos, pero
la fortaleza cristiana tiene que infundir en nosotros el coraje para
enfrentarnos sin miedo a las sonrisas desdeñosas de los biempensantes, de los
medios y de las supuestas élites. Debemos recuperar la audacia de hacer frente
a la inquisición secularista que expide certificados de buena conducta y
estigmatiza desde lo alto de la autoridad que se ha conferido a sí misma.
(En Se hace tarde y anochece,
capítulo 17)