
El caso es que en Los
Buddenbrook, como en La montaña mágica,
la enfermedad se asocia a la lucidez, a una extraña lucidez que se impone sobre
una vida superficial que puede arrastrarse durante años, incluso con éxito,
como es el caso del cónsul y luego senador Thomas Buddenbrook. Las expectativas
de este hombre se ven truncadas con la personalidad hipersensible y enfermiza
de su único hijo, tipo del artista romántico, que muere después de una
arrebatadora improvisación musical. Pero previamente el senador había hecho ya
la experiencia del dolor como paso previo a una muerte que se le aparece como
la vida definitiva.
Por cierto, que sólo Thomas
Mann es capaz de narrar la muerte de un personaje dedicando un larguísimo
capítulo a contar un día normal de su vida para en el siguiente describir con
pelos y señales, y con frialdad de enciclopedia, la enfermedad de la que murió
(“El tifus cursa del siguiente modo:”)
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