-No seas tonto. Me prometiste no ser impertinente, curioso
ni pesado...
-Eso es lo mismo que prometer no amar...
(En La corte de Carlos IV, de Benito Pérez Galdós)
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Novalis no era de
este mundo, y lo más parecido a una novela escrita por un ser celeste es Enrique de Ofterdingen. A su lado, Bécquer parece sencillamente un buen
prosista empeñado en lograr algo parecido. El mundo en Novalis aparece transfigurado: qué bueno es estar aquí, dices a
medida que lees, y lo más gordo es que, en un momento dado, se permite una
digresión, la historia de Eros y Fábula, que es aún más fascinante que el
resto.
Será involuntario, pero este es uno de los peores libros en
que uno pueda pensar como propaganda de los hombres que hicieron la Segunda
República. Todos se muestran patéticamente afanados en "aver juntamiento
con fembra placentera" y, en tanto lo consiguen, se entretienen con
conspiraciones que, como bien sabemos, no cuajaron hasta que el rey y sus
partidarios les entregaron el mando, comidos por no se sabe qué complejos.